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Acierto / Desacierto


ED Nº 170, Octubre 2009
Acierto: Una hacienda bien merecida

TEXTO Y FOTOS GONZALO DONOSO


Los arquitectos Smith Solar y Smith Miller, padre e hijo respectivamente, implementaron bajo el gobierno de Ibáñez el proyecto de Barrio Cívico para la capital; el que se quería reactivador y portador de las esperanzas de un país que se precipitaba a la crisis del 29. Uno de los primeros edificios, el actual Ministerio de Hacienda en la Plaza de la Constitución, con sus doce plantas, era considerado en esa época como un verdadero rascacielos y debía marcar la pauta de altura que regularía el resto de las construcciones y su relación de escala con el palacio de Toesca. En su diseño de reminiscencias decó, se emplearon los nuevos criterios de la arquitectura moderna de planta libre y el uso, muy precario por entonces en Chile, del hormigón armado, todo esto sin renunciar a elementos decorativos y simbólicos propios de estos grandes arquitectos, como es la figura que simboliza la abundancia en la esquina con la calle Moneda. El edificio, a pesar de conjugar estos elementos distintos, encarna con gran dignidad un Estado sólido que se quería moderno y progresista en una época por cierto convulsionada.

Desde hace un tiempo a la fecha, se han hecho esfuerzos para “limpiar” las azoteas de los edificios de muchos de los edificios del barrio cívico, de todo tipo de excrecencias, ampliaciones y antenas de muchas reparticiones y ministerios que durante años se fueron acumulando. Hoy con la Plaza de la Ciudadanía, el conjunto del barrio Cívico cobra una renovada coherencia que es destacada por urbanistas y arquitectos como de los aciertos más relevantes de la arquitectura de nuestra capital, aspecto del que desde nuestro atávico achicamiento no estuviéramos necesariamente conscientes.

Dentro de este contexto se ha implementado un plan global de renovación y recontextualización del edificio solamente para el Ministerio de Hacienda, ya que en éste funcionaban compartiendo instalaciones algo vetustas otras reparticiones que serán relocalizadas. Mas allá de un hecho que pudiera parecer cosmético, se resalta aquí la puesta en valor de un activo patrimonial como acción de Estado, la que viniendo de una repartición que se quiere austera, refleja una postura de refrescante autoestima respecto de nuestra identidad, actitud que nos viene muy bien en un bicentenario y en un contexto también teñido de crisis. La belleza es también una necesidad de Estado.



Desacierto: ¿La posibilidad de una publicidad verde?



Más que un río, el Mapocho es un torrente andino de sequías estacionales y de crecidas aviesas, que vincula desde su fundación nuestra ciudad a su geografía, en una neurótica relación de atracción y reniego. Mientras en el período colonial los tajamares constituían el paseo citadino por excelencia, un poco más abajo de la Chimba se ubicaban los basurales y el cementerio de los coléricos. Hoy la situación parece mantenerse, y la ribera sur del Mapocho mantiene un grado de indefinición y abandono notables, lo que se hace patente en su tramo desde la Estación Mapocho hacia el aeropuerto. En este recorrido –ineluctablemente raudo, ya que es imposible detenerse para acceder al borde del río en prácticamente toda su extensión– el borde sur del cauce extiende en grandes taludes como ropa sucia, y sin pudor alguno, los signos inequívocos del subdesarrollo que contrastan con la imagen de país emergente que quisiéramos proyectar al mundo.

Una sucesión de campamentos –como se les dice hoy más piadosamente a las poblaciones callampas– muestra que en este país el problema de la extrema pobreza y de la inequidad persiste escandalosamente tras dos décadas de cifras de sostenido crecimiento. El contraste de las desalmadas autopistas, los elefantiásicos letreros comerciales de grandes corporaciones, con la miseria, los humeantes basurales y los botaderos clandestinos habla de una sociedad autocomplaciente que no se detiene a pensar su ámbito. No se trata de esconder la miseria detrás de una pandereta como en una república bananera, pero sí de pensar que el desarrollo puede considerar que entre los derechos humanos, como dijo Jack Lang cuando visitó Santiago, también debería figurar el derecho a la belleza. Es importante que el proyecto de la Costanera Sur que está en desarrollo considere la relación virtuosa de la ciudad con el río y su cauce en toda su extensión, y a través de él con la geografía. Desde Vitacura con el Parque Bicentenario, hasta Renca con la prolongación del Parque de los Reyes.

En tanto, no sería mala idea concesionar los taludes del borde del río a publicitarias –como se hace en Lima– para que en vez de letreros se construyan áreas verdes, donde figura explícita y protagónicamente el patrocinio de las empresas comprometidas con el desarrollo sustentable, a través de la “publicidad verde”.

 

 

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1 Comentarios 

Publicado Lunes 31 de Mayo, 2010 - 14:44 hrs.
Me da verguenza ver el basural en que se ha transformado la riviera Sur del Mapocho. Es como si el río dividiera dos realidades en una misma ciudad. Uno va por la Costanera Norte, mirando la basura a lo largo del rio hasta llegar a otro país a la altura de Providencia. Antes era el tercer mundo.

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