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Acierto / Desacierto


ED Nº 162, Abril 2009
 
Acierto: Nuevos léxicos para la memoria


TEXTO Y FOTOS GONZALO DONOSO




A caballo entre la Alameda y el Parque Forestal, el barrio Lastarria se ha consolidado en un verdadero oasis dentro de Santiago. Ha mantenido un aire decimonónico y una escala amigable, con edificios de no más de seis pisos, que recuerda en parte las oblicuidades de las ciudades europeas. Una decidida política de puesta en valor por parte de la Municipalidad de Santiago –que la declaró zona típica y de conservación histórica en 1997– ha evitado que también este barrio sucumba ante la picota cavernícola. Por el contrario, reglas claras y pequeñas intervenciones acertadas como el adoquinado de las calles, el mejoramiento del mobiliario urbano y la iluminación han permitido que el patrimonio arquitectónico se vuelva aquí un activo económico valorado y un imán para nuevos habitantes.
Mas allá de la momificación y de la conservación folclorizante del barrio, resulta alentador y destacable ver salir a la luz un proyecto de departamentos y galería comercial como es Edificios Paseo Barrio Lastarria –proyectado por Max Núñez–, inserto coherentemente en un contexto que requiere de gran tino para no caer en el pastiche ni en ejercicios de pirotecnia estilística. El desafío de insertar un conjunto de edificios de cerca de 160 departamentos y una placa comercial no era en efecto menor, ya que debió ser aprobado por el Consejo de Monumentos Nacionales, además de considerar la conservación de las fachadas de la casa de Larraín Bravo hacia la calle para densificar el gran terreno que había tras ella hacia el interior de la manzana.
Se optó por preservar las fachadas de la casa original y potenciarlas como espolón del proyecto hacia la calle. Una articulación inteligente de su exterior en quiebres individuales, en torno a un gran patio duro, logra sustraer los departamentos superiores del piso zócalo, donde locales comerciales con doble altura y materiales ad-hoc logran conjugar la escala del barrio con los léxicos de sus nuevos habitantes.
Esto demuestra que la ecuación de hacer proyectos inmobiliarios fructuosos, maximizando la renta sobre el suelo e impulsando la memoria de la ciudad hacia el futuro, es soluble. Densificar el centro de la manzana y preservar sus bordes es una alternativa viable para conservar lo que aún  queda de Santiago antiguo.
 


Desacierto: Chile con fondo rojo
 

La remodelación del edificio Diego Portales ya comenzó, planteando el difícil problema de cómo aislar una obra de esta importancia de su entorno, materia que tiene especial relevancia cuando ésta se emplaza en lugares protagónicos de la ciudad. Se presenta en este caso, en la fachada más larga de la Alameda, una ocasión verdaderamente interesante para convertir el cierro en una potente herramienta de comunicación y en el soporte para intervenciones plásticas de la más diversa índole, proyectándola a la ciudad de manera potente y entregándola como espacio participativo. Lamentablemente, el tema ha sido resuelto –por no sabemos qué funcionarios– de una manera ramplona, sin ninguna imaginación, simplista y de franco mal gusto. No le hace ningún favor al régimen que quisiera reflejarse creativo para las celebraciones del Bicentenario que ya están a la puerta.
Un gigantesco velo con impresión digital sobre fondo azul, ya grisáceo por la contaminación, identifica con máximas más o menos asertivas y con estética ministerial fuera de toda escala, los objetivos de la obra y las instituciones comprometidas. El cierro de placas aglomeradas de esta  larguísima cuadra a nivel de vereda se tomó como soporte –vaya qué originalidad– para pintar una gigantesca caricatura que mostrara las distintas realidades sociales y geográficas de nuestro país y  se entregó su realización a distintos “comités creativos” como una forma de resaltar que se dan espacios “participativos al arte urbano”. Con todos los tics semánticos posibles que recuerdan los folletos gubernamentales sobre fondo rojo, el resultado es acartonado, ideológicamente complaciente y carece de toda la frescura y espontaneidad gráfica e intelectual, la que paradójicamente sí se aprecia en los recodos y rincones de una ciudad ciertamente menos represiva.
Hubiera sido más interesante y honesto motivar a la creación espontánea y viva de las tribus urbanas, que buscan desde los márgenes espacios de expresión, para dejarnos sorprender sin remilgos con lo que pueda pasar, o como antítesis, haber planteado el problema del cierro de la obra como un tema arquitectónico y de rigor de diseño en sí mismo. 

 

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