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Acierto / Desacierto


ED Nº 165, Junio 2009
 
Acierto: A un metro de Grecia


TEXTO Y FOTOS GONZALO DONOSO


GENTILEZA METRO S.A.

Para la gran mayoría de los chilenos que no han viajado a Grecia o a Europa y visitado sus museos, los referentes palpables  de  la cultura clásica  –a través de la arquitectura y la escultura helenística–  se limitan a las reinterpretaciones más o menos atinadas del renacimiento y del neoclásico que se aprecian en lo que va quedando del patrimonio de Santiago antiguo, y también a lo kitsch de tantos ejemplos lamentables, como el pórtico jónico que se levantaba hasta unos años atrás oficialmente en la Rotonda Atenas.

Destacamos esta vez, en la Estación Grecia del Metro, donde pasan diariamente 22 mil personas, principalmente provenientes de las comunas de Peñalolén y Macul, la instalación de fieles réplicas –uno a uno, en hormigón blanco y de gran calidad–  de 15 fragmentos de los frisos laterales del Partenón obsequiados y autentificados por el gobierno griego.

Estas piezas, que originalmente eran pintadas con vivos colores y adornadas con incrustaciones de metales, se ubicaban en una franja sobre el Estilobato, a 12 mts de altura en la columnata interior del templo, formando parte de la representación de las fiestas Panatenéicas en una franja continua de figuras en movimiento, toda una innovación en un templo dórico. Un conjunto de 350 personajes y 250 animales, la mayoría caballos, en bajo relieve representadas en movimientos extremados y en procesión para entregarle el velo sagrado a la diosa. Cincuenta escultores, liderados por Fidias, plasmaron lo eterno en lo tangible en la piedra, lo permanente en la incesante transformación de la vida que fluye. Estas creaciones expuestas manifiestan el amor a la vitalidad, al cuerpo y la belleza propios de Grecia, que sólo se pueden apreciar en la proximidad de los originales. Algo de ello se proyecta, esperamos como refrescante metáfora, al tránsito cotidiano de miles de pasajeros y acompaña con coherencia las otras acciones de Metroarte que buscan darle algo de palaciego a nuestro principal sistema de transporte urbano.

Además, una maqueta de la Acrópolis y unas pantallas donadas por la Fundación Mustakis divulgan en guiones adaptados a niños y adultos en cada caso, las singularidades del país y de su cultura. Desde ese ángulo, la iniciativa pone también en relieve la voluntad de un pueblo de recuperar y valorar su patrimonio y su historia; en efecto, la gran mayoría de las piezas escultóricas del Partenón robadas por Lord Elguin en 1801, que se exponen en el British Museum, son objeto de una justa reclamación por parte de Grecia. Chile ha suscrito esas reivindicaciones y  protocolos internacionales y consecuentemente ha restituido en el 2008 al Perú una gran parte de los libros saqueados desde Lima.
 



Desacierto: Nunca se llega a puerto  
 

A seis años de que la Unesco declarara a Valparaíso Patrimonio de la Humanidad, la niña bonita y perla del Pacífico, luce más desdentada y trasnochada que nunca. Se han implementado políticas más bien cosméticas y la cacareada “gentrification” del cerro Alegre y del cerro Concepción no pueden enmascarar la miseria, desempleo y la decrepitud esperpéntica que se esconden detrás de una imagen de postal.

Mucho se ha pregonado respecto del valor singular de Valparaíso, con sendos proyectos de renovación urbana, remodelaciones del borde costero, restauración de los ascensores, reciclaje de cárceles en centros culturales, recuperación de sus mercados, y tantas otras medidas que no llegan a puerto y se adelantan como el exordio de los  muchos discursos que acompañarán los fuegos artificiales del Bicentenario.

Pesimista, ciertamente, la idea de un mall y una mega ferretería que asoma ya su patio de descarga al borde costero en el sector Barón; edificios de altura que empiezan a levantarse en los cerros tapando la vista, y tantos trabajos a medias, hablan de una planificación del territorio resuelta entre muchos asesores en oscuras camarillas. La irrupción de tiendas de departamento y de cadenas de supermercados ha introducido en Valparaíso una competencia despiadada y fatal para el comercio vecinal, que es la base de su vida pausada y de barrio. En Europa, se relega la instalación de las grandes tiendas a las periferias de las ciudades para no matar pequeños negocios.

Deploramos la irrupción de una cadena de supermercados en una antigua manzana en pleno Barrio Puerto, ocupando la esquina entre la Plaza Echaurren y el atrio de la Iglesia de La Matriz y que ha implicado la bajada de cortina de una gran parte del comercio vecinal. Su resolución arquitectónica es simplona, pintoresca y monona; no sabemos cómo fue aprobada por el Consejo de Monumentos Nacionales. Con un caricaturesco historicismo y muy poca gracia, pretende imitar la volumetría, cornisas y expresión de la arquitectura de inspiración neoclásica de principios del siglo XX y de la casona que se emplazaba originalmente en el sitio. Es una aberración, desde un punto de vista histórico arquitectónico, y una falta de proyección poética tremenda –y que tanto necesitan los pueblos para su proyección al futuro– no construir de acuerdo al período cronológico y conformarse con un pastiche cuya resolución, en los materiales y resultado, es más propia de algún centro comercial de Miami que de una ciudad que quiere proyectar su especificidad cultural post colonial. No se puede plantear la recuperación de Valparaíso transformándola en una postal para turismo de 5 estrellas dando la espalda a sus habitantes. 

 

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