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Acierto / Desacierto


ED Nº 163, Mayo 2009
 
Acierto: Entendimientos para la memoria 


TEXTO Y FOTOS GONZALO DONOSO




La construcción de los nuevos estacionamientos en la plaza Mekis, en el centro de Santiago, no sólo ha sido un acierto en cuanto a minimizar las dificultades para ir a los espectáculos del Teatro Municipal, sino también ha puesto en relieve positivamente la evolución de la institucionalidad en que este tipo de operaciones se desarrollan.

Hasta hace unos años, una serie de limitaciones jurídicas hacía imposible pensar en ocupar o concesionar el subsuelo de los espacios públicos. Las primeras experiencias, como fueron los estacionamientos de Santa Lucía, avalaron el modelo desde lo técnico y lo financiero, pero sin grandes aportes al lugar en que se insertó, y con estudios de impacto ambiental y arqueológicos apenas suficientes, ya que en el subsuelo de esta parte del centro se encuentra buena parte de los vestigios de nuestra austera, pero no menos digna memoria urbana.

La experiencia destacada en esta ocasión, obra del arquitecto Gastón Figueroa, logró establecerse con intervenciones mínimas, el uso adecuado de materiales nobles y con un concepto de iluminación eficiente, en un espacio de fuerte carga patrimonial, ocupando como accesos las antiguas cocheras de la mansión de la casona de los Subercaseaux. La obra se ubica en el antiguo emplazamiento de la Universidad San Felipe, que funcionó allí desde 1764 a 1842, y afortunadamente, esta vez, contó en la fase de excavaciones con el monitoreo permanente de arqueólogos, permitiendo desvelar, con rigor científico, las distintas capas de la ciudad que se han ido superponiendo desde sus orígenes 1.70 mt más abajo. Han salido a la luz restos de acueductos, pisos de huevillo de la Universidad, huellas del incendio del Teatro en 1870 y muchas otras piezas de cerámica y azulejos. Con estos elementos y experiencia se ha armado una exposición permanente en el subterráneo, cuyo guión y dramatismo no deja de asombrarnos y proyectarnos con identidad hacia nuestro pasado. La empresa ha entendido que el cuidado del patrimonio, impuesto por los estudios de impacto ambiental, más allá de los dolores de cabeza en la obra, puede ser un activo para la imagen de la empresa.

Los protocolos de entendimiento que se lograron en esta obra entre los distintos actores públicos y privados prometen un escenario favorable para la futura recuperación de la plaza de los Tribunales –hasta hoy ocupada con algo de soberbia, por los estacionamientos de los supremos–, donde seguramente veremos aparecer también vestigios de la Iglesia de la Compañía y tantas otras que no sospechamos.
 


Desacierto: Los impúdicos faldeos del progreso
 

Salta a los ojos. El nudo enmarañado de viaductos en el entronque de la radial Nor-Oriente con Américo Vespucio en la Pirámide, ha modificado para siempre el perfil del Parque Metropolitano, destruyendo un pórtico natural entre los llanos de Vitacura y El Salto.

Las soluciones iniciales que planteó la concesionaria y que fueron aceptadas por el Departamento de Concesiones del MOP, eran verdaderamente pantagruélicas al desollar el cerro y prolongar los viaductos hasta la calle Francisco de Aguirre. La presión de un grupo de vecinos con el apoyo de la Municipalidad, logró una solución más transparente y esbelta. Desde un punto de vista de la ingeniería, la estrategia de vigas-puente es bastante elegante, pero el resultado urbanístico es pavoroso. Cada vez más se discute si las autopistas y la integración de territorio que ellas conllevan son el modelo adecuado para el crecimiento de ciudades como Santiago.

En el área chica, la obra también es cuestionable, los viaductos son verdaderas barreras de desintegración urbana, en que el peatón se ve relegado a pasar de un lado a otro enjaulado en pasarelas que más parecen sacadas de alguna planta faenadora avícola. Durante el período de construcción, el paso al Parque Metropolitano y el acceso desde la Pirámide estuvo cerrado; hoy, para la alegría de deportistas y vecinos, se ha abierto de nuevo a público y con ello los paseos del domingo después de almuerzo.

¡Ya era hora! Sin embargo, el mirador de la Pirámide, donde antes se congregaban alegres, ruidosas y no tan civilizadas comparsas, ahora aparece completamente enrejado, negándose opresivamente como espacio cívico. La explanada al lado del Saint-George, que muchos enamorados conocen, está tal cual, salvo por la extensión pobretona, más bien miserable y que se las da de mirador, con maicillo desparramado y flanqueada con polines de madera impregnada. Una pobreza peregrina, física y espiritual, invade ahora este portal urbano, virtualmente techado por la estructura ciclópea del viaducto. Los pilotes se engarzan al cerro en unos faldeos de tierra en que apenas se han plantado algunas dracenas –parecen palmeras– para “amononar” en un tic que se ha repetido demasiadas veces. Realmente no basta con tapar los errores con plantas, aquí hay que abordar el problema con una arquitectura adecuada. Ello no necesariamente significa costos elevados. No se entiende cómo una inversión de tal envergadura, no considera en su estudio de impacto ambiental la mitigación del deterioro urbano que produce en un lugar evidentemente protagónico y que tiene la vocación clara de ser el pórtico de entrada al Parque Metropolitano. 

 

 

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