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Acierto / Desacierto


ED Nº 160, Enero / Febrero 2009
 
Acierto: Upstairs, Downstairs


TEXTO Y FOTOS GONZALO DONOSO


PATRICIA STEVENSON

El consumo de la pintura en Chile apareció a mediados del siglo XIX con Monvoisin, que aportó atravesando la cordillera con sus obras –algunas de ellas expuestas en París–, una profusión refrescante de nuevos colores, códigos y léxicos rupturistas nunca antes vistos en nuestro país, en que este lenguaje artístico tímidamente se asomaba de los oratorios con algún retrato galante. Poco después de la Guerra del Pacífico, Pedro Lira y Ramón Subercaseaux, recién llegados de la capital francesa con otros amigos, con mucho empeño y tesón armaron la “Sociedad Anónima Unión de Artistas”, que constituyó el primer espacio cultural organizado de la pintura en Chile, consolidándose más tarde con el “Partenón” de la Quinta Normal, que después de unos años se institucionalizó en la Sociedad de Bellas Artes. Luego fueron surgiendo otros salones, como el “Salón de Profesores", que eran alternativas de vanguardia en un proceso de contrapuntos entre marginalidad e institucionalización sucesiva. En los años 50, los primeros galeristas –Dufour y luego Carmen Waugh–, y más tarde en los 80, Enrico Bucci, especialmente con los jóvenes, abrieron camino comercial para una creciente actividad plástica de vanguardia en Chile. Muchos otros galeristas fueron desapareciendo por poco comerciales o se fueron rigidizando en formatos excluyentes y meramente comerciales.

Haciendo eco a esta dinámica y buscando virtuosamente de apartarse de ella, están apareciendo en Santiago nuevos circuitos que han venido a romper la polarización entre las galerías formales y las “underground” de Bellavista y Lastarria, convirtiendo a Santiago en una ciudad por cierto más diversa y entretenida, con la aparición de una nueva clase de consumidores de arte que busca en estos espacios culturales una forma de sentirse protagonistas al consumir cultura de vanguardia, en un marco en que lo comercial aparece recién –púdicamente quizás– en un segundo plano. Nuevas galerías de garage como Galería Moto, Die Ecke y de Florencia Lowenthal se han consolidado ya con fuerza en Nuñoa, y en particular en el barrio de José Miguel Infante, donde pintores, multimedistas y cineastas encuentran lugares más abiertos y menos sacralizados.

Junto con estas iniciativas, destacamos también desde otro punto de vista y extremo, la apertura de la Galería Patricia Ready. Hablamos de sus estacionamientos en una primera instancia, y ahora de la colectiva de pinturas y esculturas de artistas más jóvenes que se realizó durante diciembre. Más que una venta de garage, puede consolidarse como espacio alternativo en que a través de este “upstairs, downstairs” se abran fértiles diálogos y superposiciones de tribus urbanas en estos circuitos culturales quizás algo intimidantes y cerrados.
 


Desacierto: Efluvios ministeriales
 

La paralización producto de la “crisis” de parte de las obras de Costanera Center, y la postergación de algunos de los proyectos a emplazarse en los antiguos terrenos del Club Deportivo San Carlos, quizás entregarán un lapso de respiro y de reflexión para recalibrar y renegociar las obras asociadas a la mitigación de los impactos viales que estos producirán. En efecto, el principio de que los desarrolladores paguen por los costos de las externalidades que generan está ya bien arraigado a la normativa vigente, debiendo evaluarse con estudios apropiados para cada caso. Lamentablemente, y en una suerte de atavismo del subdesarrollo, los proyectos se analizan por separado, lo que impide verificar el impacto de su interacción de conjunto.

Proactivamente, y en virtud de que los permisos de obra otorgados no están taxativamente condicionados a los estudios de impacto ambientales y de tránsito asociados, es que se ha autorizado la construcción de estos complejos sin tener rematadas las investigaciones correspondientes. Esto disminuye la capacidad negociadora del Estado en la medida que estos trabajos  avanzan.

En el caso de Costanera Center se plantea un túnel soterrado con un costo de 19 millones de dólares, lo que permitiría mitigar el aumento de los automóviles que saldrán y se dirigirán al complejo. Solo una parte de este presupuesto es asumido por el momento por los impulsores, arguyendo, con razón en parte, que otros edificios tienen incidencia también, postergando dichas medidas para cuando se materialice efectivamente el proyecto.

En tanto, siguen las descoordinaciones entre concesionarios, agentes privados y el Ministerio de Obras Públicas, como la reciente apertura del Túnel Tajamar Oriente que ha permitido por fin habilitar –no sabemos si para bien o para mal– el túnel bajo el San Cristóbal con la Costanera. Después de meses con una sola pista habilitada, con el puente se puede usar en ambos sentidos quedando todavía los arreglos propios y necesarios de avenida El Cerro en Pedro de Valdivia Norte.

Se avizora dentro de poco un caos de proporciones en una zona ya fuertemente saturada. Lo que en todo caso es imperdonable es el planteamiento arquitectónico del Puente Tajamar Oriente mismo, que al tener que salvar dos alturas distintas en cada una de las riberas del río, se levanta de su cauce con un diseño muy poco apropiado, presentándose como una verdadera barrera visual hacia el paisaje y geografía de río arriba. De una concepción ingenieril y arquitectónica brutal, arcaica y simplona, implanta en una perspectiva urbana de importancia, un artefacto de una pesadez ciertamente ministerial. Concebido sin el menor desafío, vuelo estético y técnico, impone en un lugar donde el río se encuentra con el canal San Carlos, una solución de manual de carreteras –horrible, por cierto– sin el menor estudio de las especificidades espaciales. Los lamentos de estos efluvios durarán décadas.

 

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