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| ED Nº 174, Enero / Febrero 2010 | ||
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Acierto: Costuras urbanas
TEXTO Y FOTOS GONZALO DONOSO
Bellavista -con sus aciertos y desaciertos a través de las últimas décadas- ha sido mal que mal la única experiencia de reconversión de cascos urbanos que ha tenido relativo éxito, en una ciudad que ha preferido hipotecar gran parte de su patrimonio arquitectónico conforme a la exaltación con que en cada uno de los ciclos económicos picoteamos cavernícolamente la memoria de barrios enteros.
Lo que empezó en nuestro ideario de ciudad como manifiesto de conservación patrimonial, gentrification y contracultura, terminó con los años finalmente lumperizado, con una explosión descontrolada de locales de variopinto pelaje, principalmente por una falta de regulación entre las municipalidades de Providencia y Recoleta –que esquizofrénicamente tienen a Pío Nono como límite comunal– y sobre todo por la falta de canales adecuados para la participación de los vecinos y de los distintos actores inmobiliarios involucrados en su desarrollo. Patio Bellavista ciertamente se desmarca de este contexto con un éxito extraordinario, tanto por el proceso participativo de la comunidad, sus promotores y la Municipalidad de Providencia en la formulación del proyecto desde sus inicios, como también por el logro arquitectónico y comercial que es evidente. El barrio ha mantenido su escala amable, con un desarrollo comercial que es un franco aporte a la trama cultural y de esparcimiento de la que Santiago tanto carece. Entender que para esta localización tan privilegiada –en las puertas del barrio y con tantos atractores y externalidades positivas– la demolición y la construcción de edificios de departamentos, negocio archiconocido, no es la única alternativa, no es por cierto evidente. Esto requiere comprender que el valor del suelo desnudo como insumo de un determinado proyecto no es la única variable para sensibilizar la rentabilidad económica de una determinada localización y que en determinados casos hay que incorporar como variable económica ponderable su valor como “activo patrimonial”. Esto requiere de un cambio de mentalidad y de cultura. La particular formulación de este proyecto nació como alternativa al típico desarrollo inmobiliario de alta densidad producto del dialogo fértil entre una comisión de mejoramiento del barrio integrada por vecinos y la Municipalidad, y la disposición y escucha inteligente del único dueño de los terrenos, Patricio Jadué, quien de paso logró estructurar un negocio de alta rentabilidad basado en las rentas del inmueble, manteniendo la propiedad en vez de matar la gallina de los huevos de oro. El resultado está a la vista: un espacio vibrante, dinámico y vital, con altos estándares de diseño que, sin caer en una formulación propia de un parque temático, nos acerca desde nuestra periferia cultural al barrio de Palermo o al barrio Chueca en Madrid. Desacierto: Los colorados desentendimiento
El desafío arquitectónico de implantar una infraestructura que requiere de grandes volúmenes y de relaciones complejas dentro de un tejido urbano que tiene una escala de baja densidad y además cargada de significados y memoria, no es fácil. Sin embargo la reciente ampliación de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, de Eliash y Moreno, como la construcción de la nueva facultad de Ciencias Jurídicas y el instituto AIEP de la universidad Andrés Bello, son un acierto en ese sentido y constituyen un franco aporte al combinar adecuadamente su escala, proporciones y materiales al barrio. Eso sí, es de lamentar sincera y definitivamente en la esquina de Pío Nono con Bellavista, frente a la Universidad de Chile, la construcción del nuevo edificio del Campus Bellavista de la Universidad San Sebastián, obra de Boza y Asociados, que se implanta en este privilegiado pórtico urbano con el mismo “tacto”, desescalamiento y arrogancia respecto al entorno que la que tuvo en los años 70 el edificio de la Unctad III en la Alameda. Parte de un desarrollo inmobiliario que abarca prácticamente toda la manzana –junto a otros dos edificios elefantiásicos de pequeños departamentos sin gracia– estruja al máximo la rentabilidad del suelo con una propuesta arquitectónica fuera de todo contexto y que reiteradamente se marginó de las observaciones y reparos que formuló la comunidad y los vecinos. La iglesia que enfrenta el parque y Bellavista queda atrapada y completamente fuera de lugar. El edificio mismo de la universidad, un gran cubo de hormigón que trasunta grisalla, se desarrolla en torno a un gran vacío y plaza interior del edificio, único espacio con algo de gracia, en una entelequia ajena al lugar en que se implanta. El volumen portentoso logra eliminar casi por completo la potencia del pórtico urbano hacia el San Cristóbal. Una cubierta de un rojo chillón y de un rupturismo pretencioso intenta vanamente aligerar la composición y no aporta francamente nada. La entrada, en la esquina, no logra conquistar el suelo del espacio público que enfrenta y menos lograr la ecuación formal de llenos y vacíos que se logró en el edificio de la OIT y del Centro de Justicia. A nivel peatonal, intenta consolidar un zócalo macizo y monumental con un enchape de piedra pizarra de grandes proporciones con muy poco encanto y sobre el cual se abalanza sobre la calle la domesticidad de los pisos superiores asomando fondos de escritorios, lámparas y pupitres. El edificio -mediocre- no ha gustado nada al público en general, menos en los cenáculos académicos y, por cierto, ha sido francamente vilipendiado en el barrio mismo que intentó por todos los medios que se acogieran sus reparos sin ser escuchados.
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