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| ED Nº 168, Septiembre 2009 | ||
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Acierto: También techos de barros para Chile
TEXTO Y FOTOS GONZALO DONOSO
El terremoto del año 2005, de una intensidad de 7.9 en la escala de Richter, fue en la región de Tarapacá particularmente devastador en lo social y en lo patrimonial.
En muchos pueblos, como Huara y San Lorenzo –construidos enteros en sillería de adobe con técnicas ancestrales– buena parte de las viviendas y sus iglesias terminaron en el suelo, planteando el desafío de su reconstrucción con técnicas modernas de asismicidad, sin renunciar a los aciertos de la tradición y de la arquitectura vernácula. En efecto, los gruesos muros de adobe, de gran inercia térmica, acumulan el calor durante el día y lo liberan en la noche; las ventanas pequeñas, que casi se niegan al exterior, junto con los muros blanqueados a la cal, protegen contra la radiación refulgente del sol en el altiplano; también los techos de caña y barro, ya que no llueve, se funden en un continuo con los muros de los patios encerrados y también armónicos con el paisaje y su suelo. En esta resonancia centenaria, en que la luz se convierte en silencio en las calles detrás de los patios, la aparición aquí y allá de materiales heteróclitos, como planchas onduladas metálicas, bloques de cemento o ladrillos hechos a máquina, ventanales metálicos y chillonas señaléticas manifiestan una franca insolencia: esta es lamentablemente frecuente en muchas de las estructuras y equipamientos comunitarios, sin poesía ni escucha de lo que la tierra canta, que se han construido como equipamiento en los típicos retenes, consultorios y escuelas que durante décadas mostraron el fenotipo de un Estado centralizante, con soluciones típicas desde Arica a Chiloé. Afortunadamente, pareciera que las cosas van tomando mejor camino. Se destaca en el caso de la reconstrucción de San Lorenzo de Tarapacá, la restauración de la Iglesia que se inserta acertadamente en léxicos y técnicas de conservación patrimonial conocidos. Pero se destaca igualmente la respuesta que se tuvo ante la apremiante necesidad de dar techo digno de forma urgente y coherente a cerca de 81 familias que quedaron en la calle. Premiada por la “Fundación Holcim Awards”, de construcción sustentable, el levantamiento de un programa de viviendas sociales en adobe, en que la comunidad tuvo participación y cuyo proyecto fue confiado a un grupo de arquitectos locales, logró sintonizarse con la imagen urbano patrimonial del asentamiento y lo que es más, con los requerimientos apremiantes del SERVIU y del consejo de monumentos nacionales. Una estructura de paramentos simples prolonga su cumbrera atrapando y sugiriendo el crecimiento de la vivienda usando los muros de cerramiento del patio y de la calle. El resultado es consonante con el entorno y se aprecia una inteligencia en el uso y maximización de los recursos disponibles, logrando una expresión. El techo que Chile necesita quizás tiene que aprender de los pájaros que hacen su nido y también de la poesía que convierte a su gente en habitantes. Desacierto: La farra que dura para siempre
Atendiendo la fuerte presión inmobiliaria por suelos urbanizables, muchos estaban expectantes respecto de cómo y cuándo estos terrenos iban a salir a la venta y que han estado en manos de una de las sucesiones de uno de los alcaldes que forjó la identidad del balneario y que conformó buena parte de sus espacios públicos. Estos, como la rambla costera, se caracterizan por un espíritu de simplicidad, perdurabilidad y funcionalidad en los materiales y una falta de pretensiones por cierto muy “zapallarina” y que se ha mantenido bien hasta nuestros días sin mayores intervenciones. Hoy este tramo de costa está ya loteado conforme a las densidades y al Plan Regulador Comunal del año 1999 que, entre otras cosas, acertadamente indica que las construcciones no deben sobrepasar la rasante del camino para tener vista despejada al mar y el horizonte, asunto de difícil fiscalización en el detalle mismo de la tramitación de los permisos, pero que en algunos casos ya se aprecia vulnerada. Al margen de ello, algunas de las nuevas edificaciones irrumpen, muy a la moda y verdaderas elegías cúbicas brutalistas de hormigón a la vista, como niveles geográficos y con indisimulado afán protagónico. Habrá que esperar que los árboles y la vegetación arreglen el asunto en unos años. Es de lamentar por otra parte, la calidad del mobiliario urbano que acompaña al loteo. De un diseño muy pobre y de una manufactura que ya manifiesta la mala calidad y el óxido; los bancos, los letreros y los postes y faroles de alumbrado público lucen hoy ya trasnochados. Lamentable y en un ámbito que trasciende al desarrollo mismo de este emprendimiento, es la construcción y diseño mismo de la rambla que de acuerdo al Plan Regulador debe configurarse en la línea de las más altas mareas y también dar continuidad a los tramos ya consolidados del típico paseo de la tarde. A pesar de estar construido en mapostería de piedra, el trazado es errático y sin trazos reguladores, en algunos casos los escalones y escaleras son francamente peligrosos como si hubiesen sido ejecutadas por mano de obra barata y no por artesanos calificados. Tristes también son las bajadas desde la carretera a la rambla, que establece el instrumento de planificación, hechas apenas para cumplir con escalones de durmiente, casi deliberadamente efímeras. Todo esto no se condice con los precios de venta cobrados por lo terrenos. Se echa de menos la calidad del tratamiento de la rambla que se construyó en Cachagua y en el Loteo de Punta Pite, que por cierto fueron ejecutadas con más cariño, ingenio, diseño y no por ello necesariamente más caras. El problema es que estas cosas quedan para siempre. |
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