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| ED Nº 185, Octubre 2010 | |
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La orilla perdida del mar verde
TEXTOS Y FOTO GONZALO DONOSO
La OMS recomienda que las ciudades cuenten a lo menos con 9 m2 de áreas verdes por habitante, tanto por criterios de sustentabilidad ambiental como por recomendaciones de salud pública. En Santiago, con un promedio de 4 m2 de áreas verdes por habitante –muchas de ellas en realidad áreas cafés– existe una clara correlación entre distribución territorial del ingreso y la distribución de los parques, haciendo evidente las tremendas brechas redistributivas y la segregación espacial de sus tejidos urbanos. Vitacura tiene 18 m2/hab y la comuna de Pedro Aguirre Cerda sólo cuenta con 1,2 m2/hab y más del 50 por ciento de las áreas verdes capitalinas se concentran en la zona Oriente.
Mientras la administración y mantención de las áreas verdes estén entregadas a los municipios y no se generen mecanismos de gestión y financiamiento adecuados (bonos de descontaminación), la situación no debiera marcar cambios significativos. Hoy, frente a esta situación, cobran especial importancia los parques intercomunales de administración Central o Metropolitana, como es el caso del San Cristóbal. Con sus 700 hectáreas, es un verdadero espolón de la cordillera que se adentra en la trama urbana, con una cara verde hacia el Oriente, donde mira la Virgen, y otra muy desmerecida, sin accesos y café hacia las comunas del norte, Recoleta y Huechuraba. Un verdadero despilfarro espacial y urbanístico de un recurso que puede ser aprovechado. Algunos hitos clave jalonan su historia, desde que Vicuña Mackenna pensara en intervenirlo ya en 1870, el observatorio impulsado por la Universidad Católica en 1902, la construcción de la Virgen en 1903 a instancias del Arzobispado, la compra de los terrenos por el Fisco en 1916 para destinarlo oficialmente al parque, el funicular y el zoológico en 1925, bajo Frei la Piscina del Tupahue en 1966, y en 1976 la Antilén. Desde entonces a esta fecha, en que celebramos con grandilocuencia el Bicentenario, no han habido intervenciones de envergadura. Ciertamente se han mantenido e incrementado muy discretamente las superficies plantadas, renovado algún mobiliario urbano, abierto senderos y muy recientemente un circuito de trekking. Todas intervenciones de escala menor y de impacto mas bien discreto. Se anuncia la creación de un nuevo jardín botánico también, pero sinceramente echamos de menos una intervención radical y potente que revele su enorme potencial como equipamiento metropolitano del Cerro San Cristóbal, una decisión comprometida de Gobierno. Por la cara norte del cerro, la vegetación es exigua y raleada. No hay recorridos ni borde urbano claro, frente a barriadas informales se han ido tomando los faldeos recordando más las favelas que Valparaíso. Escondida como verdadero patio trasero, la cara norte del cerro San Cristóbal puede abrirse a la ciudad como otra orilla de un mar de verdura interior con las plusvalías y los beneficios económicos y ambientales implícitos. Santiago tiene también otros cerros emblemáticos dejados a la zaga y con enorme potencial de desarrollo: el cerro Blanco, antiguo cerro ceremonial indígena, y el cerro de Renca, desde cuyas cumbres la ciudad puede vincularse al territorio. Hace falta quizás para Santiago la figura de un alcalde mayor, que pensara como Mazarino, plantar los bosques de Fontainebleau para goce del rey Luis XIII y de su pueblo, pero también ocultamente para tener madera noble para construir las flotas de guerra en los próximos 200 años. |