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| ED Nº 179, Junio 2010 | ||
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Los últimos estertores de la gloria salitrera
TEXTOS Y FOTO GONZALO DONOSO
El barrio Concha y Toro, hace veinte años –cuando se empezó a tomar conciencia del valor patrimonial de los cascos antiguos de la ciudad– parecía, por los singulares atributos de su arquitectura ecléctica y de su particular trama urbana, destinado a ser la Perla de Santiago Poniente. Hoy, luego de la implementación del Plan de Repoblamiento de Santiago y de la consolidación de las tendencias de reconversión urbana, su futuro parece paradójicamente estancado y presenta algunos preocupantes signos de embotamiento y deterioro. Terrenos baldíos, fachadas mal restauradas y repletas de grafittis y olor a baño.
Los que en algún momento pensaron que en Santiago Antiguo podría darse un proceso de “gentrification” o retorno de sus originarios y aristocráticos habitantes, y revertir así el fatal proceso de deterioro del barrio, han visto frustradas sus esperanzas. Con mucho esfuerzo algunos echaron a andar centros culturales y restaurantes, otros intentaron recontextualizar la casa de Huidobro y el Teatro Carrera como centros de eventos. También en el año 1989 se le declaró Monumento Nacional, quedando toda modificación o alteración sujeta a la aprobación del Consejo de Monumentos Nacionales, lo que en cierta medida lo ha protegido de intervenciones descriteriadas, pero a la vez le ha restado dinamismo. En verdad, el barrio Concha y Toro no puede sustraerse ni desmarcarse del desventurado sino de Santiago Poniente. Creemos que la política urbana de la gestión Ravinet a principios de los 90 fue laxista y demasiado liberal en cuanto a permitir edificaciones en altura en alta densidad y condiciones muy favorables para las inmobiliarias, pero poco integradas a las reales condiciones sociales y espaciales del barrio. Fue más una suma de acciones individuales que una acción urbana con proyecto de ciudad. Esto tuvo el efecto paradójico de hacer desaparecer las mejores casas primero, hipotecando en un afán inmediatista las posibilidades de hacer una reconversión de calidad como sector de vivienda y conformar un barrio heterogéneo en lo social. Las condiciones urbanísticas no favorecieron tampoco espacios públicos de calidad, las veredas siguen estrechas y las pocas áreas verdes siguen con los mismos pelones y mobiliario vetusto.
Lo que en algún aspecto tuvo éxito en algunos sectores del barrio República, con la instalación de las universidades, se ha visto desmerecido por falta de regulación, replicando en su entorno un anillo de decadencia, como los centros financieros de las grandes metrópolis que desarrollan focos de deterioro urbano y delincuencia si es que no se toman las providencias del caso. Abundan los hoteluchos de cuarto de hora, clandestinos y boliches de mala muerte. El afán de permitir los grafittis como espacio para la “contracultura” ha derivado en un tono de desbocado vandalismo y feísmo.
Santiago Poniente, y de ello Concha y Toro no puede sustraerse, viene boqueando con varios terremotos a cuesta desde hace décadas. El terremoto ha revelado de la forma más dramática la pobreza que se oculta detrás de las pintorescas y aristocráticas fachadas de palacetes y antiguas mansiones tugurizadas. No puede haber una recuperación del barrio sólo con subsidio a la pintura de las fachadas. Se requiere de mayor inversión en lo social y esto parte de una gestión moderna de los instrumentos de planificación y de los activos espaciales de la ciudad, institucionalidad que en Chile requiere una urgente modernización.
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