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| ED Nº 175, Marzo 2010 | |
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Nueva gente, nuevos códigos
TEXTOS Y FOTOS GONZALO DONOSO
A finales de los 70 un camino de tierra harto calamitoso abría desde la Panamericana Norte y Catapilco el singular territorio costero de Zapallar y Cachagua. En estos –hasta entonces verdaderamente exclusivos– balnearios se desarrollaba una vida de veraneo, tranquila y endogámica, de una sociedad patricia poco abierta a las novedades de neologismos como “marketing” y “resort”. Apenas eran destacables por sus alardes y pretensiones entre la arquitectura sencilla y vernácula, alguna casona de influencias y fantasmas extranjeros como lo afrancesado del “palacio Casanova”, la modernosa de Mario Matta, la germanizada de los Erlwein; en Cachagua, Duhart cubría también una arquitectura amable, moderna y de amplios ventanales con coirón.
La pavimentación del camino a Catapilco y del camino a Viña acercó este territorio a Santiago. No era de extrañar que en un contexto ahora liberal de un país que se estaba recién abriendo al mundo, aparecieran otras declinaciones en el mercado inmobiliario. “Marbella Resort”, provocó entonces no pocos respingos e irrumpió en el incipiente mercado como todo un hito en la industria de la segunda vivienda. En un esquema de condominio en torno a una cancha de golf, y a una serie de equipamientos comunitarios compartidos y con una arquitectura “temática” –andaluza para estos efectos–, se instauró como referente aspiracional y modelo de negocios para un sinnúmero de experiencias que con mayor o menor acierto se han ido replicando (todas con evocadores nombres compuestos) a lo largo del litoral central. En el contexto altamente competitivo de esta industria, la imagen arquitectónica, más que por su fondo, actúa como atractor para un público cuyos referentes están cada vez más globalizados. Busca incluir al habitante, ahora consumidor, en un esquema en el que éste se sienta cómodamente parte, resolviéndole una suerte de identidad en un medio del que podría haberse sentido ajeno. La imagen de marca y su presentación al público es tan esencial como lo puede ser para otro producto industrial. En general, la arquitectura de estos sistemas se resuelve como entelequias más o menos armoniosas en su interior, gracias a rígidos reglamentos de copropiedad. Sin embargo, siguiendo una lógica comercial, la marca tiene que proyectarse también hacia el exterior, en este caso el espacio nacional de uso público y el paisaje del que somos todos copropietarios con cierto tino y respeto. Hasta el momento las entradas de los condominios han tenido aciertos diversos, algunos discretos se asoman gradualmente con un paisajismo y materiales apropiados, otros caen en caricaturas baratas con torreones y banderolas. El acceso principal y portería de Marbella Resort, en su propuesta de relanzamiento, es ahora ciertamente disruptiva, grandilocuente y pretenciosa. Un gigantesco murallón irrumpe con un blanco refulgente en el camino y en el paisaje con la lógica de los letreros camineros. Cortaron todos los pinos antiguos que daban a la calle haciendo un muro verde natural, un crimen. Desde una casa de venta con teja, como un gran nivel a escala geográfica, una desproporcionada viga-pórtico-acueducto remata con una cascada hacia una serie de fuentecillas cuyo sentido no logramos adivinar. Sin ninguna transición, respeto, retiro, ni tratamiento de escala o materiales, la imagen corporativa de mercadeo de este emprendimiento se abalanza al espacio público proyectando la imagen aspiracional del producto ofrecido con cierta arrogancia y muy poco tino. Creemos que al igual que en los condominios se deben respetar los códigos establecidos por el reglamento de copropiedad, debieran existir disposiciones para regular su contacto con el espacio público y el paisaje.
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