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Actualidad ED


ED Nº 190, Marzo 2011

 

Addio del passato
 

POR JOSE MIGUEL DE LA CERDA DESDE NY



Fiesta en casa de Flora, Acto II

Antigua produccion de F. Zeffirelli. Foto de Marty Sohl, proporcionada por el Metropolitan Opera House.

La soprano rusa Marina Poplavskaya

Violeta, junto al reloj que muestra el poco tiempo que le queda de vida/ produccion de W. Decker/ foto de Ken Howard proporcionada por el Metropolitan Opera House.  

Fiesta en casa de Violeta, Acto I

Producción de W. Decker. Foto de Klaus Lefebvre/Nederlandse Opera.

Escena final

Violeta un momento antes de morir, Acto III/ produccion de W. Decker.

Nueva Traviata en el Metropolitan Opera House.
 
 

Como bien dice Violeta unos momentos antes de morir, “adiós al pasado” pero, en este caso, adiós a la antigua Traviata del Metropolitan Opera House, responsabilidad de Franco Zeffirelli, y bienvenida la moderna apuesta del director alemán Willy Decker, estrenada el 2005 en el festival de Salzburgo y llevada al MET para iniciar la temporada 2011 en la gala de Año Nuevo.

Por más de una década, la antigua producción de Zeffirelli fue aclamada por el público sin competidor posible. Ambientada en el siglo XIX, durante el primer acto mostraba el lujo parisino en una combinación de alegres colores, muebles franceses y llamativos trajes y joyas de la época. En la casa de campo, con más soltura, las maderas blancas y un cielo celeste dibujado a través de las ventanas, eran los elementos que destacaban sobre el escenario. La fiesta en casa de Flora, sin importar si los cantantes eran buenos o mediocres, motivaba los aplausos espontáneos del público. Cómo no, si al abrirse el telón aparecía una gran escalera cubierta por unas impresionantes cortinas de encaje rojo. Poco a poco, éstas se iban recogiendo para exhibir así, los fastuosos vestidos de los convidados al gran baile. En el techo, lámparas redondas, en principio de colores, se volvían blancas y frías en la medida que el dolor y la angustia se apoderaba de los concurrentes. En el acto final, durante el clímax mismo de la ópera, el dormitorio de Violeta desaparecía repentinamente al ser levantado por el salón del primer acto que, esta vez, era mostrado en un estado de decadencia en clara señal de contraste entre el pasado esplendoroso y el moribundo presente de la "traviata".

Fastuosa, sobrecargada, de buen o mal gusto, la puesta en escena de Zeffirelli era un personaje más dentro de la ópera, con vida y carácter propio. Tal vez, el rol principal.

Difícil desafiar una producción tan llena de recursos y, además, tan querida por el público en general. Más aún, cuando en la temporada recién pasada la entonces nueva propuesta de Luc Bondy para reemplazar a la antigua Tosca de Zeffirelli, fue pifiada por los espectadores y criticada negativamente por los medios. Sin perjuicio de lo anterior y muy acertadamente, el MET dijo adiós al pasado y dio la bienvenida a esta nueva propuesta que, con aires minimalistas y muy buena iluminación, logra emocionar y dar nueva vida a esta favorita del público operático.

La escenografía está expuesta desde un comienzo, no hay telón que esconda nada. Tan pronto uno ingresa a la sala es posible percibir el gran efecto de perspectiva dado por un muro elíptico de color gris casi blanco que, hacia el centro, permite la inserción de un óvalo negro dando perspectiva, profundidad y dramatismo al escenario.

En un costado se apoya el gran reloj que, como un cronómetro implacable, va midiendo el tiempo de vida que le queda a la protagonista: poco, muy poco. Sin dar tregua, no se esconde y, por ende, no se detiene. Junto a éste espera un hombre (tal vez es la muerte o el destino), que impertérrito observa durante toda la obra cómo se desenvuelve la fatal historia de los amantes. Irónicamente, él mismo interpreta al doctor Grenvil quién, en la escena final, declara la inminente muerte de la traviata.

Junto con los primeros acordes del preludio, Violeta aparece con un vestido muy sensual, simple y moderno. La tela es de un rojo intenso, rojos también son los zapatos de altísimos y finos tacones. En contraste, la soprano muestra su fragilidad con la palidez de su piel y un pelo largo y rubio. Ella inmediatamente y como sin saber, encara al destino vestido de negro, el hombre junto al reloj.

Cuando la música marca el inicio de la historia, los personajes aparecen. Esta vez, no como elegantes miembros de una antigua corte, sino como seres casi andróginos quienes, en la uniformidad de un negro riguroso, pierden toda identidad visual. Son parte de una escenografía que dramatiza la falta de colores en la vida de Violeta y, por momentos, ellos son espectadores que miran desde lo alto, el deterioro de una historia de amor que sólo logra realizarse en la muerte.

El famoso brindis se despliega con la soprano suspendida en un sofá rojo de líneas rectas y que es levantado por el propio coro. Violeta desde lo alto, incita a Alfredo con sensualidad para que dé inicio al brindis y, con una mirada desafiante, mantiene la tensión hasta el final de ese dúo. Blanco, rojo y negro, luces pálidas y azulinas se entremezclan en el escenario exaltando la psicología de los personajes y potenciando el sentido de la trama y los sentimientos expresados por los personajes.


 

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