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Este tercer edificio contempla una gran sala de espectáculos para dos mil personas, una sala de ensayo para la Orquesta Sinfónica de Chile, una tienda y 150 estacionamientos subterráneos más. Considerará una superficie de 23 mil metros cuadrados adicionales, requerirá una nueva inyección de recursos y confiará su edificación a aquella empresa que logre adjudicarse el próximo llamado a licitación que, según el cronograma original del proyecto, debía realizar el gobierno una vez inaugurada la primera etapa, es decir, septiembre de este año. Según Cristián Fernández, la segunda etapa de construcción demoraría dos años a partir de la fecha en que ésta comience, la cual estaba estipulada, también de acuerdo al cronograma inicial, para principios de 2011. De esta manera, y de no ser por la reciente decisión del Gobierno de privilegiar la construcción del nuevo Teatro Teletón por sobre el tecer edificio del Centro Cultural, la edificación total del Gabriela Mistral habría finalizado en algún momento de 2013.
A la hora de definir el espíritu del proyecto, Fernández explica que al ser Santiago una ciudad “saturada de imágenes, letreros, cambio en el uso de materiales, baldosas y colores”, la idea era poder generar, a través de este espacio, “un remanso, un descanso, un oasis visual” que lograra convertirse en un “equilibrio en términos arquitectónicos” y una contraparte a la saturación exterior. El objetivo era trabajar con poca diversidad de materiales, “por eso hay mucho blanco (que es un color conceptualmente puro), acero cortén anaranjado (que corresponde a una unión de cobre con acero oxidado), pisos neutros y múltiples perforaciones que permiten el paso de la luz solar”. ¿El resultado? Un sencillo –pero noble– repertorio de materiales que convierten en protagonista, más que a la propia obra, al conjunto de actividades que se realizarán al interior.
El edificio fue proyectado en tres bloques –de manera de disminuir la sensación de antipatía y peso que transmitía el Diego Portales– y generar mayor apertura a partir de plazas intermedias en que las personas pudieran transitar. “Un elemento importante al diseñar el plano tuvo que ver con la transparencia que se pretendía alcanzar”. Revistieron al edificio en una estructura de acero cortén con múltiples perforaciones que aportó transparencia y luminosidad. “También se utilizaron cristales y grandes ventanales para que los transeúntes pudieran ver, en el interior del edificio, a personas bailando ballet, actores ensayando una obra de teatro, a los que se estén tomando un café... Y viceversa”.
La propuesta arquitectónica contempla, además, la restauración de las cerca de 50 piezas de arte (que permanecían guardadas en el Diego Portales), las que se reinstalarán en el nuevo centro. Entre muchas otras está El torso de la Victoria de Sergio Mallol, Tercer Mundo de Sergio Castillo, el Árbol de la vida de Marta Colvin, los tiradores de puerta de Ricardo Mesa, las lámparas de Francisco Brugnoli (que ya adornan la futura cafetería) y la célebre puerta de Juan Egenau, que dará entrada al MAPA.
Más allá de constituir un centro cultural inédito en el mundo, lo que más valora Cristián Fernández del proyecto –que lidera junto a un selecto grupo de profesionales– tiene que ver con la heterogeneidad de audiencias y actividades que se albergarán. “Al mismo tiempo en que se esté presentando una ópera ante dos mil espectadores, las otras salas del recinto estarán exhibiendo obras de teatro de compañías locales o conciertos de orquestas juveniles provenientes del sur, centro o norte de Chile. Sumándole las tiendas, cafés, restaurants y espacios públicos que podrán ser utilizados no sólo por los visitantes, sino también por los vecinos del barrio”. Todo esto, acota, gracias a la eventual posibilidad de eliminar las rejas que rodean el Centro Cultural, así como a la idea de habilitar una salida –ya construida– que conecte el Metro Universidad Católica con el interior del Gabriela Mistral.
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