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Actualidad ED


ED Nº 168, Septiembre 2009
Para vivir en la Elegancia 
 
POR ANDRES BENITEZ // ILUSTRACIONES IGNACIO SCHIEFELBEIN

Andar en bicicleta es sinónimo de desarrollo

Parque Bicentenario

Ha sido un aporte de la Municipalidad de Vitacura.

El metro es un orgullo nacional

Londres

Es un buen ejemplo de como solucionan temas de ciudad, como el transporte, seguridad, contaminación, preservación de edificios, cuidado de parques y jardines, entre otras cosas que tenemos que aprender en nuestro país.

Parque Bicentenario

elegancia-ppal

Un privilegio

¨Pocas ciudades tienen el privilegio de poseer como telón de fondo la Cordillera de Los Andes, un escenario maravilloso (cuando el smog permite verlo), que impresiona a diario a quienes vivimos en ella y a todos los extranjeros que la visitan¨.  

Rosita Subercaseaux y Arturo Cousiño

En su casa en Macul, fue publicada en la revista americana House & Garden en 1968, como símbolo del buen gusto y la tradición chilena.

 
En estas líneas el rector de la Universidad Adolfo Ibáñez, Andrés Benítez, le da una vuelta de tuerca al concepto de la elegancia y va más allá de la moda, el vestuario y la decoración. Aquí el foco está puesto en la ciudad de Santiago y su entorno.

¿QUE ES SER ELEGANTE?

Estamos tan acostumbrados a vincular lo elegante con la moda, específicamente con el vestuario y la decoración, que olvidamos que su significado tiene un sentido mucho más profundo y amplio. En estricto rigor, la palabra elegante es la forma bella no sólo de hacer las cosas, sino también de expresar pensamientos. De esa manera, tiene que ver tanto con valores estéticos, como morales. Porque si bien elegante es aquel dotado de gracia y buen gusto, también lo es aquel que actúa con mesura o sobriedad, con sencillez, distinción, armonía y serenidad. Es, en definitiva, la ausencia de vulgaridad y exceso.

¿Cuándo una ciudad es elegante? No es una pregunta fácil, porque una ciudad es por definición la suma de muchas cosas: su entorno, su arquitectura, su infraestructura y, lo más importante, su gente. Dicho esto, y con la complicación de no ser un experto en la materia, sino más bien un observador interesado en el tema, aventuro aquí algunas ideas sobre nuestra capital.

Primero decir que Santiago está ubicado en uno de los entornos más elegantes del planeta. Mucho se discute del smog, pero la verdad es que pocas ciudades tienen el privilegio de poseer como telón de fondo la Cordillera de Los Andes, un escenario maravilloso, que impresiona a diario a quienes vivimos en ella y a todos los extranjeros que la visitan. El mismo río Mapocho también es un gran activo para Santiago, como lo son los ríos para muchas ciudades del mundo. El problema aquí es más que no hemos sabido sacarle partido, aunque en el último tiempo sus alrededores son cada día más bellos.

Si nuestro entorno es elegante, la verdad es que con el tiempo lo hemos ido destruyendo. La contaminación, el mal uso del suelo, la escasa forestación, la ausencia de parques son el gran responsable de que esto suceda. Pero ese no es un problema del entorno, sino de las políticas públicas. Ejemplos recientes como el parque Bicentenario, el Parque Araucano y el Juan Pablo II son muestras concretas del aporte que pueden hacer los parques a la elegancia de las ciudades.

Visto de esta manera, los problemas de Santiago están más que nada por la forma cómo se ha instalado en este terreno maravilloso que la rodea. Y esto tiene directa relación con el vertiginoso crecimiento que ha experimentado en el último tiempo. En otras palabras, la ciudad no ha sabido crecer. En muchos aspectos, en nuestra capital se aplica con demasiada frecuencia el refrán que nos dice que todo tiempo pasado fue mejor. Se han destruido demasiadas cosas valiosas, y la idea de que lo construido agrega menos valor, es generalizada, con notables excepciones.

Basta mirar fotografías del Santiago antiguo para darse cuenta de lo anterior. Esta misma revista muestra un  reportaje de maravillosas casas del barrio El Golf antes de que llegara la modernidad y arrasara con casi todo. El centro de Santiago es otro ejemplo clarísimo. Si uno lo mira con detención, todavía sigue siendo un barrio muy elegante, pero hoy está demasiado contaminado. Y no por el smog. Por el comercio ambulante, los letreros luminosos, por la falta total de sobriedad y buen gusto. Pero ello, nuevamente, no es un problema de la arquitectura, sino de lo que hemos hecho con ella.

Si uno conduce por avenidas como Las Condes o Apoquindo, se da cuenta de que todavía están ahí grandes y elegantes casas, pero hoy tapadas con letreros de preuniversitarios, bancos o compraventas de autos. Estamos imponiendo un mal gusto generalizado a una ciudad que tiene una estructura de buen gusto.

La elegancia de la ciudad también se ha visto afectada por el caos vial en que se encuentra. Aquí hay contradicciones evidentes. Bajo tierra, tenemos uno de los metros de mejor gusto del mundo, pero sobre las calles el sistema de transporte menos elegante que existe. El Transantiago, no sólo funciona mal, sino que también está lejos del buen gusto y de la gracia. Y el transporte público no tiene que ser feo, sino que también puede ser elegante.

Prueba de lo anterior es lo sucedido en Londres. Las autoridades de transporte inglesas organizaron  hace poco un concurso internacional para escoger el futuro diseño del emblemático autobús rojo de dos plantas, uno de los íconos más representativos de la ciudad. El primer puesto se lo llevó el estudio del arquitecto Norman Foster junto a los diseñadores de Aston Martin. Tras un amplio período de consultas a pasajeros y conductores, diseñaron un vehículo extraordinario tanto desde el punto de vista estético como funcional. El nuevo bus es de fácil acceso y permitirá beneficiarse de la gran visibilidad que ofrecerá un techo transparente. El techo incorpora además células solares que  permitirá generar energía y filtrar la luz solar para controlar la temperatura interior.

¿Por qué los gestores del Transantiago no pensaron en algo así? ¿Por falta de recursos? A estas alturas es una explicación absurda, toda vez que la cantidad de recursos que se ha entregado y se seguirá entregando al Transantiago supera cualquier cosa. Por otra parte, ¿si pudimos hacer bajo tierra un Metro de nivel internacional, porque en la superficie diseñamos algo tan deficiente y feo?

Por ende, el problema no son los recursos, sino la negligencia, el hacer las cosas mal y de falta de elegancia. Basta imaginar lo que buses estéticamente atractivos harían por la ciudad y por las personas que los utilizan. Porque una cosa debe tenerse presente: la elegancia no es un privilegio de ricos. Por el contrario, hay muchos ricos que son muy poco elegantes. Y la gente humilde en Chile se ha caracterizado por la sobriedad y sencillez. Haber dotado Santiago de un sistema de transporte elegante era un deber de las autoridades. Porque la elegancia, entendida como un concepto que dice relación no sólo con valores estéticos, sino también morales, es un patrón de conducta exigible a las autoridades públicas.

Si incorporar el patrón de elegancia en nuestras decisiones no es un problema de recursos, entonces es un asunto de voluntad. Los criterios de transporte, arquitectura, obras públicas y privadas pueden seguir rigiéndose por la economía, pero bastaría incorporar una variable fundamental: el si nuestras acciones hacen más elegante la ciudad y su entorno. Si la hacen más sobria y armónica o simplemente más vulgar y fea. El ejemplo es claro: mientras Londres logró convertir el sistema de transporte en un activo para la ciudad, Santiago se encargó de hacerlo una verdadera tortura para sus usuarios y para la estética.

Pero tampoco debemos quedarnos en culpar a las autoridades de este problema. Las ciudades son esencialmente sus habitantes. Y en este sentido tenemos que preguntarnos qué hacemos los que vivimos aquí para hacer un lugar más elegante. La respuesta es simple: poco o nada.

Es cierto, nuestro transporte público es un caos, pero nuestra forma de conducir, de comportarnos en las calles, dista de la elegancia. La prepotencia, la falta de civilidad y el abuso son demasiado frecuentes. Y esto, hay que decirlo, es especialmente notorio en las clases más acomodadas.

Hace poco me llegó un video donde se explicaba el drama de los gobiernos argentinos. Decía que siempre se busca culpables en los presidentes de turno. Pero nunca en los propios argentinos. Pues bien, la elegancia de Santiago pasa por un cambio profundo de las personas.

A nivel individual por hacernos un examen de conciencia para ver en qué medida nosotros somos elegantes, esto es, actuamos con mesura, sobriedad, sencillez, distinción, armonía y serenidad. O más bien nos regimos por la vulgaridad del exceso. Pienso que somos muchos los que fallaríamos en este examen.

Incluso esto debiera incluir el aspecto externo, nuestra apariencia. Porque aunque suene frívolo, un hombre  o una mujer vestidos con gracia y distinción son siempre bienvenidos. Adornan y enaltecen el entorno en el que se mueven, esto es, la ciudad.

Más allá de nuestro aspecto o actitudes personales, hay que recordar también que gran parte del exceso y vulgaridad en que ha caído en muchos aspectos Santiago, se debe a acciones del sector privado. Con algunas excepciones, las empresas privadas aportan poco o nada a la elegancia de la ciudad. Entonces, cuando nos quejamos de la poca sobriedad de la capital, muchas veces nos estamos criticando nosotros mismos.

Y si queremos actuar de forma diferente, una forma legítima de hacerlo es a través de las opciones políticas. A estas alturas, el tema de ciudad es evidentemente el gran desafío de los países en el futuro. Las urbes serán cada día más complejas y grandes y por ello enfrentar este problema con responsabilidad es fundamental para la calidad de vida que queremos tener. Y la calidad de vida debiera ser un punto fundamental de un programa político.

¿Cuál de los candidatos actuales nos ofrece más garantías al respecto? En definitiva, ¿cuál de ellos permitirá hacer la ciudad más eficiente, pero también más elegante, menos vulgar, más serena, más armónica? No es fácil decirlo hoy, puesto que el mismo debate pre eleccionario está siendo muy poco elegante y el tema de la ciudad no está en la agenda de nadie, al menos en forma activa.
Rescatar la elegancia de nuestras ciudades es un tema importante. Santiago tiene todas las condiciones para ello, pero falta voluntad política y, sobre todo, falta voluntad de nosotros mismos, sus habitantes. Cambiar esto es posible, como lo han demostrado otras ciudades, como Bogotá, que hace poco fue elegida como la urbe del futuro. No es necesario compararse con Londres u otra de las grandes ciudades para dar el salto que necesitamos.

¿Si pudo Colombia, con todos sus problemas de violencia, drogas y terrorismo, por qué no puede Chile?
Una forma de inspirarse es aprovechar estas Fiestas Patrias. Mirar con detención todas las tradiciones del rodeo chileno, incluyendo la prolija vestimenta de los huasos, y darse cuenta de que nuestro pasado es esencialmente elegante. Nuestro futuro puede serlo también.  
 

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