Acentos de color

Playera y relajada, pero elegante. Así define la decoradora Catalina Fernández el espíritu de esta casa. En primera línea frente al mar y con materiales nobles, el uso del color esta en pequeños detalles y en el amor de su dueña por el arte.

e golpe, el mar se viene encima en esta casa en primera línea en Cachagua. La vista es una de sus virtudes, y también lo es su estilo: suelto, pero no por eso menos sofisticado. Así es su dueña, nos cuenta la decoradora Catalina Fernández: relajada pero elegante, con buen gusto y con una admiración especial por el arte. Y se nota. En cada rincón hay una obra diferente; sobre la escalera un trabajo de Jesús Rafael Soto, en la pieza principal un cuadro de Fernando de Szyszlo, en el comedor un trabajo del pintor Ignacio Valdés, uno de los favoritos de la decoradora.

El arte le imprime color a cada espacio. Una escultura amarilla de Cristóbal Guzmán en la sala de estar de los niños, o cuadros con colores fuertes sobre la chimenea, piezas y pasillos resaltan en medio de las paredes que tienen tonos neutros.

No se trata tanto de decorar, sino de darle a cada cosa su lugar. Catalina sabe de eso. Más que una decoradora tradicional, ella se ha propuesto ser una ayuda para sus clientes. No impone su gusto, sino que guía a quienes lo necesitan; y no se deshace de las cosas que ya tienen, sino que los ayuda a ponerlas de tal forma que todo quede en armonía. “No es que entre yo marcando tendencia”, dice entre risas con esa voz dulce que tiene, y agrega: “me fui guiando mucho por lo que la dueña de casa quería”. Así, juntas fueron comprando cosas nuevas y reubicando algunas que ya existían.

Para que el ambiente fuera playero, se eligieron materiales nobles. Catalina intervino los baños poniendo vanitorios de madera con cubiertas de mármol blanco, y espejos con marcos también de madera. En el living y dormitorios usó mucho lino chileno y francés. Compró varias de las alfombras en la zona y las persianas de madera las pintó color cielo.

La arquitectura es de Nöelle Echenique, toda una experta en la luz y clima del lugar. Por eso hizo dos terrazas: una que mira al mar con una chimenea para las frías noches de playa y otra protegida del viento a la sombra de una higuera. En esta última pusieron una escultura-mesa-asiento de Francisco Gazitúa junto a sillas murciélago y una banqueta de durmientes. Acá la familia se reúne en torno a un rico aperitivo los días de viento. En medio del jardín diseñado por Keka Ruiz-Tagle, está la piscina que no tiene reposeras sino colchonetas con tomadores para trasladarlas fácilmente. Al lado, está el quincho para los asados con una mesa para almorzar.

Catalina también participó en las terminaciones de la casa junto a la dueña y la arquitecta. Fue un proceso que disfrutaron, trabajaron codo a codo. El resultado dejó a la decoradora contenta, pudo trabajar como a ella le gusta: con calma, sin estrés, gozando el camino.

“Mi casa no la decoro, así vivo, son mis cosas; y ayudo a que mis clientes hagan lo mismo”. ¿Por qué? “Porque me parece más amable”, dice desde su departamento en Pedro de Valdivia, otro lugar que tiene ese mismo espíritu de relajo y tranquilidad.

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