Hecha para dos

En el Valle de Colchagua, los galeristas Josefina Urzúa y Tomás Andreu tienen su proyecto de vida. Por eso, construyeron este lugar de 98 metros cuadrados, para cuando sus tres hijos se independicen y tengan que vivir los dos solos.

 

En plena cosecha de cerezas, Tomás Andreu sale a trabajar a las siete de la mañana. La jornada es larga en esta época del año en Santa Cruz, pero eso no impide que por las tardes la brisa bajo los sauces y los colores del campo construyan el ambiente perfecto para el descanso. Mientras en Santiago, Josefina Urzúa, su señora, dirige la galería de arte que abrieron juntos hace más de 30 años. “Antes de casarnos me pidió que trabajara un mes con él para armar la Galería Animal y sigo ahí”, se ríe Josefina. Esta es la dinámica de enero, porque en febrero ella se instala en el campo con él.

Animal es una máquina que funciona sola, cuenta Josefina; por eso, ahora sus ojos están puestos en el horizonte. Cuando la menor de sus tres hijos –Luna de 15 años– se independice, se irán a vivir allá a esta casa que terminaron de construir en febrero del año pasado y que está pensada exclusivamente para dos.

Santa Cruz siempre ha sido el punto de reunión de los Urzúa. Este lugar, camino a Isla de Yáquil, vio crecer a Josefina y sus hermanos, Jorge y Macarena. Tenían una antigua casona patronal chilena que quedó en el suelo con el terremoto del 2010 y de la que sólo lograron rescatar las tejas para construir un galpón. De todas formas, Tomás y Josefina ya tenían su propia casa para ir con sus niños. Una diseñada por el arquitecto Mauricio Léniz en 2006 y que publicamos en ED el 2013. “Pero la soledad de una casa grande, cuando está vacía, es un poco dura”, cuenta Josefina. Por eso decidieron hacer esta a la que se llega cruzando un puente desde la “casa grande”.
Tenían el esquema bien dibujado en sus cabezas. Un espacio abierto y sin divisiones, con características estéticas muy parecidas a las de su casa en Santiago. El arquitecto Rodrigo Tonda los ayudó con la parte técnica y la construcción la hizo un grupo de trabajadores del campo liderados por Iván Leiva, un maestro “excepcional”, dice la dueña.

Así, proyectaron un espacio de 98 metros cuadrados dividido únicamente por una estructura de hormigón que por el lado del living tiene una bosca y por el lado del dormitorio es el “muro” para la televisión. La revistieron con abeto canadiense por fuera y con pino –que también usaron para el cielo– por dentro. Para el piso eligieron porcelanato. “Lo bonito que tiene esta casa es que por dentro es un cubo de madera. No hay mucho cambio de los materiales”, explica Josefina. Eso es el grueso, porque el lugar está lleno de detalles estéticos –de los cuales Josefina y Tomás son maniáticos– y que no se ven a simple vista. Por ejemplo, “nada se junta con nada”, dice Josefina. Entre los muros y el cielo hay aire, también entre los muros y el piso; y lo mismo por fuera.

El jardín también lo armaron ellos. En él quisieron formar diferentes espacios para poder disfrutar de las vistas, sombras de los árboles y en la noche mirar las estrellas desde un muelle que da hacia el campo. Bajo un sauce pusieron una terraza circular y frente a la piscina construyeron un quincho en el que corre una brisa que hace agradable los calurosos almuerzos de verano. Eligieron tuliperos para aprovechar la sombra del poniente, y en círculos cercados con postes impregnados pusieron árboles rodeados de lavandas, hortensias y agapantos. Día a día, Josefina y Tomás han ido arreglándolo con más plantas y flores. La vegeteación, recién en cuatro años más, mostrará todo su esplendor. Una de las cosas más lindas es que la casa mira al campo. “Uno siente ese ambiente tranquilo. Estamos allá todo lo que podemos… Estamos muy agradecidos de haber podido hacer este lugar”.

En cuanto a la decoración, como el espacio es reducido, y hay pocos muros, no pusieron tantas obras de arte. En el sector de la cocina, unas fotos de Patrick Hamilton; en el living, una escultura de Gonzalo Cienfuegos; y en la entrada, un trabajo de Osvaldo Peña son los únicos guiños a su trayectoria de galeristas de Santiago. Acá en Santa Cruz, los caracteriza más la simpleza.

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