La casa de la quebrada

Con una pareja tan potente detrás de este proyecto, era imposible que el resultado no fuera realmente increíble. Max Cummins y Patricia Hurtado apostaron por crear una casa hecha con materiales nobles, donde el cuidado por las terminaciones es un lujo. Un espacio perfecto para descansar junto a sus dos hijas.

«Queríamos una casa que fuera de descanso, sin vecinos. Nosotros prendemos la música en la mañana y funciona hasta la noche. Hay una sensación de libertad bien única”, cuenta Max Cummins. Metida en medio de una quebrada en Zapallar, lo primero que llama la atención al llegar a esta casa es el terreno. Fueron los primeros en comprar en ese lugar, hace ya 15 años. “Siempre quisimos hacernos la casa en la quebrada misma, porque es uno de los lugares más particulares en Zapallar gracias a sus bosques nativos. Lo que buscamos con su emplazamiento fue escondernos un poco para poder ver todo lo verde y poder negarse al viento”, cuenta el dueño de casa, quien además fue el arquitecto a cargo del proyecto.

La vista era un tema tan importante, que cuando estaban trazando la casa decidieron subirla un metro, para poder mirar al cerro La Cruz sin obstáculos. Y aunque es una construcción imponente, para Max y Patricia era muy importante el respeto por el entorno. Para su construcción tuvieron que crear caminos que les permitieran llegar hasta la cota más alta donde podían construir, pero siempre tuvieron como prioridad el cuidado de la flora nativa. Conservaron lo más posible, y después plantaron cipreses y otros árboles para reforestar parte de la quebrada. Otra forma de hacerse parte del lugar fue la elección de los materiales: en la construcción usaron una piedra propia de los cerros de la zona, para que durante los meses en que el verde desaparece, la casa se mimetizara con los tonos anaranjados que entrega el lugar. Acá nada fue hecho al azar, y todo se pensó para lograr una experiencia única, donde se aprovecha la vista, el clima y la calma que sólo se puede encontrar en un lugar como éste.

Además de la piedra de la zona, pilar fundamental de esta construcción, decidieron trabajar sólo con materiales nobles, de esos que con el tiempo agarran personalidad, como las palmetas de mármol escobillado a mano para los pisos, las vigas de ciprés de las Guaitecas para el techo y las puertas de buenas maderas… Y es que incluso antes de empezar a construir esta casa, tenían una cosa bien clara: calidad antes que cantidad. Querían un lugar que no fuera demasiado grande, un espacio manejable con terminaciones de lujo, de esas que pocas veces se ven, pero que para ellos son intransables.

Otro tema importante fue la tecnología. Aunque parece una casa muy clásica, la tecnología se mete hasta entre las piedras: la construcción entera está inyectada en poliuretano y todas las ventanas son de un termopanel de última generación, perfecto para hacerla lo más eficiente posible, y así poder disfrutarla invierno y verano, sin tener que preocuparse por el frío.

Igual que en la arquitectura, en la decoración la idea era lograr un espacio completamente atemporal, que combinara las cosas que a esta pareja le han ido gustando a lo largo de la vida. Sin temores, mezclaron grabados del siglo XVIII con lámparas Tizio; un sofá de terciopelo color frutilla con un espejo antiguo español que remataron en un viaje; unas columnas que compraron donde Gabriel Carvajal con un cuadro amarillo tallado a mano de Juan Carlos Correa… Y lograron que todo funcionara perfecto.

Una de las joyas de este lugar son los reclinatorios que flanquean la chimenea. Son una réplica exacta de unos que todavía están en la casa de la mamá de Patricia en Zapallar y que a Max siempre le habían gustado. Rafael Hurtado, hermano de la dueña de casa, fue el encargado de fabricarlos, y el resultado fue, por supuesto, un lujo. Con la madera torneada y el cuero trabajado para que se viera tan antiguo como el original, estos silloncitos son perfectos para disfrutar de la chimenea. “La casa tiene mucha artesanía. Hay un nivel de detalles, de oficio, que no siempre se puede hacer en otras casas”, cuenta Patricia.

“Nosotros en Santiago vivimos completamente metidos en la urbe”, dice Max. Por eso, cuando llegan a su refugio, aprovechan el contacto con la naturaleza al máximo, con caminatas por la Quebrada del Tigre –que colinda con la casa y que es un atractivo turístico gracias a sus bosques nativos– y con paseos ocasionales a la playa. “Estas casas son finalmente un sueño. El día a día te lleva a tierra, pero esto para uno es estar tranquilo. Es como estar en otra dimensión”, dicen.

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