Para dos

Después de varios años juntos y de conocer a la perfección sus gustos e intereses, este matrimonio decidió construir su segunda casa pensada solo para ellos. En medio de rocas y con el mar de vecino, aquí se respira tranquilidad, se disfruta de buena lectura, de entretenidas conversaciones y excelente comida.

Ya había pasado la etapa de pensar en grandes grupos familiares y de acarrearlos a todos de un lado para otro durante las vacaciones. Con los hijos grandes y después de varios años de matrimonio, esta pareja decidió que por fin era tiempo para ellos y, por lo mismo, cuando se presentó la oportunidad de construir una casa fuera de Santiago, decidieron que la harían de acuerdo a sus gustos y necesidades. Un lugar en el que pudieran pasar largas estadías, con la tranquilidad suficiente para disfrutar de la música clásica que tanto les gusta y gozar en silencio con cada uno de sus libros, acompañados sólo de una vista impresionante y del constante sonido del mar.

Optaron por un terreno muy cerca de Zapallar, que ellos conocían muy bien y desde hace un buen tiempo, ya que a ese mismo lugar iban a ver las puestas de sol mientras pololeaban. Antonia Lehmann fue la encargada de concretar el proyecto, ya que la pareja conocía muy bien su trayectoria. “Lo que hizo la Antonia fue excepcional. Trabajar con ella fue como un postgrado en estética”, cuenta la dueña de esta casa. Los requisitos estaban muy claros: debía ser una casa para dos, sólo con una pieza de invitados y con una piscina y quincho donde se pudieran juntar con la familia y amigos. Con respecto al diseño, fueron enfáticos en que lo querían lo más sobrio posible. Necesidades que Antonia supo interpretar a la perfección. Proyectó una casa de dos pisos, bien protegida del viento de la zona. En el primer nivel dejó el living, comedor, cocina y pieza de invitados, mientras que en el segundo, el dormitorio principal con su baño y una acogedora terraza, además de un escritorio y un baño extra. Como la idea era mimetizarse con el entorno, eligió materiales nobles como piedra de la zona para revestirla y madera para el piso y las ventanas, además de estucar los muros y dejar el hormigón al descubierto en el techo.

Según cuenta la dueña de casa, otro punto importante era cómo dar forma al jardín sin romper con el entorno. La misión la pusieron en manos de Tere Moller, quien ya había diseñado varios jardines del sector. Manteniendo su estilo natural, la paisajista se preocupó de rescatar lo que ya existía y de dejar que las especies autóctonas dominen el lugar. Sólo agregó algunos olivos, agapantos y una bugambilia que corona la terraza. Como es una casa de sibaritas, dejó espacio suficiente para un huerto bien variado, que los abastece de lechugas, frutillas, cebollas, albahaca, tomillo, ciboulette y romero. Así y después de dos años de visitas semanales, la casa por fin estaba lista para ser disfrutada por la pareja.

Cuando pensaron en la decoración, tenían muy claro que la querían simple y de buen diseño contemporáneo. Que no tomara protagonismo. Quisieron tener lo justo y necesario, y en tonos bien neutros. Los encargos los hicieron de a poco y de acuerdo a lo que iban necesitando. Así, en la primera etapa los ayudó Fernanda Eyzaguirre, quien se encargó de lo básico; después vino el turno de Enrique Concha, quien eligió muebles de su tienda que se adaptaran al concepto; mientras que la última etapa estuvo a cargo de Paula Gutiérrez, quien dio los toques finales con un par de sofás ingleses y otros objetos en el mismo estilo. Todo bien sencillo para que nada distraiga del increíble paisaje que se disfruta desde los distintos rincones de esta casa.

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