Refugio esencial

La casa del arquitecto Mathias Klotz para su mujer, la artista Francisca Benedetti, en una pequeña isla que casi remata el archipiélago de Chiloé, se proyecta al cielo como lugar de recogimiento en medio de la naturaleza, pero a la vez como antesala para la exploración de las tierras que se extienden mas allá del golfo del Corcovado.

Fue una “demanda familiar”. Tras años de navegar por el sur de Chile, con frío y con viento, la familia del arquitecto Mathias Klotz empezó a exigir “una orilla”. “Es entretenido para los acompañantes del que navega, porque los lugares son increíbles, pero es sacrificado también, el clima lo hace difícil… Claro, si hiciera calor estaría lleno de botes. Lo adverso de todo define la experiencia de navegar en el sur como algo único y maravilloso, pero a la vez muy exigente”, cuenta.

En principio la idea era encontrar un pedazo de tierra en la Isla Grande de Chiloé, pero el riesgo de que llegara un vecino que desnaturalizara el lugar estaría siempre latente. Tras dos años de búsqueda, el arquitecto –que en su faceta más desconocida es un eximio navegante, campeón el año pasado de la Regata Chiloé– se decidió por un campo de 160 hectáreas en la isla Coldita, a media hora de navegación de Quellón, entre el parque Tantauco y la isla Laitec.

Varios kilómetros de costa, dos playas, muchas rocas, bosque nativo maduro y renovales, y mareas que oscilan varios metros verticales cada día, hacían de la islita un lugar único.

El predio, atravesado por el río Tuquetui que le da su nombre, había sido alguna vez aprovechado para ganado, pero el nuevo propietario decidió conservarlo en estado natural, como reserva. De hecho, actualmente andan caballos sueltos, pueden encontrarse pudúes nativos, y tal vez en el futuro se introduzcan ciervos, siempre y cuando no vayan a generar algún daño al ecosistema.

Pero lo que más interesó a Klotz, fue esto de que la isla se asomara al Golfo del Corcovado. “Es como estar frente a un agujero negro, el que una vez que traspasas, te lleva a canales y paisajes realmente vírgenes, donde no hay intervención humana; incontables fiordos e islas en las que puedes pasar años navegando sin repetirte ni una. Navegar del Corcovado al sur es literalmente visitar otra dimensión del paisaje. Para mí este lugar es la antesala de un viaje a la naturaleza profunda”, reflexiona.

Cuando recién compraron el terreno, construyó una pequeña casa en la orilla de la playa, que al final se convirtió en la maqueta de la que proyectó para su mujer, la artista Francisca Benedetti, cien metros más hacia el bosque. “La proyección de esta casa fue muy fácil”, cuenta el arquitecto. “Mi mujer sabía lo que quería y yo, más que inventar qué hacer, me dediqué a sacar todo lo que está de más en una casa convencional, y poner dentro de este galpón sólo lo esencial”. La idea siempre fue hacer algo sencillo, discreto, acogedor y generoso, donde también fueran bienvenidos todos los amigos que se animaran a navegar hasta este recóndito lugar. Otro punto importante de la construcción, era que se confundiera con la arquitectura rural de los campos de la zona, y cuya técnica constructiva fuera local. Para eso, trabajaron sólo con carpinteros locales, al mando de Patricio Bustamante, empresario de la construcción de Quellón. La madera, el transporte de los materiales y la instalación de la red de agua estuvieron a cargo de Pablo Navarrete, mecánico de la zona y, como dice Mathias, “a contar de esta obra, navegante y transportista experto en cargas complejas a destinos con desembarcos críticos”. Para el arquitecto, Patricio y Pablo se transformaron en sus “mejores y más leales” amigos allá. “Siguen siendo piezas fundamentales que hacen que este lugar funcione y todo parezca fácil”, dice.

Los materiales que usaron para construir esta casa, que llama la atención por su gran altura, fueron muy sencillos, y todos se compraron entre Castro y Quellón. Los pilotes se prefabricaron, el forro se hizo de zinc ondulado prepintado y las carpinterías, de PVC blanco. El piso y las paredes las pintaron blancas, para que tuviera mejor luz. Y proyectaron una lucarna que recorre toda la casa a lo largo, y también la terraza techada, que forraron con policarbonato ondulado, siguiendo la misma técnica que usan los invernaderos de la zona.

¿Cómo son los días en isla Coldita?
Por ahora nos dedicamos bastante a terminar cosas de la casa o del entorno. Aparte de eso y de las actividades cotidianas como cocinar, que es un tema importante, vamos a la playa, nos bañamos, caminamos mucho, visitamos amigos que tenemos de vecinos, recibimos amigos que vienen y navegamos en la zona. Todo lo que ofrece el lugar y el mundo paralelo al otro lado del golfo, nos tiene panorama para rato.

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