Una isla para pintar

El artista Francisco Bustamante se las ingenio para tener un sitio en una de las islas menos conocidas de Croacia. Proyectada por el arquitecto chileno Antonio Zaninovic, esta casa es un refugio para el descanso y una vida mas tranquila alejada del ritmo de la ciudad donde vive el pintor, nueva york.

 

Todo lo intensa que puede resultar la vida del pintor Francisco Bustamante en Nueva York se apacigua en Lopud, una isla de menos de cinco kilómetros cuadrados en Croacia. Acá no hay autos, se puede recorrer caminando, y en invierno la población no supera los 400 habitantes. A 40 minutos en ferry de la ciudad de Dubrovnik, tiene una de las mejores playas del país –Sunj, de arena blanca– y más de 30 iglesias o capillas además de dos monasterios que, después de años de desuso, están volviendo a ser restaurados.

Fue hace poco más de tres años que el artista se sumó al entusiasmo de un grupo de amigos que ya habían construido sus casas en este lugar. Compró un terreno sin saber qué había en él; estaba cubierto de malezas y arbustos de hasta tres metros de altura. Sólo cuando fue limpiado apareció su impactante vista a las aguas turquesas del mar Adriático, un camino y jardín de olivos de cientos de años y la huella de lo que alguna vez, supone su dueño, fue una casa de piedra. La isla era activa comercialmente antes de que un terremoto en 1667 devastara la zona y dejara en el suelo casi todas sus edificaciones.

Francisco le pidió al arquitecto chileno, de origen croata y radicado en Sudáfrica, Antonio Zaninovic –quien ya había hecho en esta isla una casa para el arquitecto neoyorquino Steven Harris y otra para el tío de Bustamante, Jaime Gubbins– que diseñara la casa. El proyecto inicial varió bastante. Lo que partió siendo una construcción de dos pisos terminó en una de uno. Se hicieron sólo dos piezas: una de invitados, que tiene su propio baño y una entrada independiente; y la principal, que mira al jardín de olivos, lo que más le gusta a Francisco de la casa. Los espacios comunes –cocina, comedor y living– se hicieron integrados. Todo se trabajó con constructores locales y piedras de la misma isla. Lo que más cuidaron, cuenta el dueño, fue que la casa estuviera lo más inmersa posible en el paisaje para que así “no molestara a las otras construcciones de piedra”.

Si en Santiago la casa de Francisco Bustamante está repleta de muebles heredados que delatan sus antepasados (su abuelo fue presidente de Perú) acá en Croacia lo caracteriza la simpleza. De líneas puras y colores neutros, junto a su tío el banquero Jaime Gubbins, armaron espacios sencillos. “La idea era mantener todo lo menos intervenido posible, ya que los colores los pondré yo con la pintura”, dice Francisco. Así, cada vez que va, generalmente dos veces al año, sus atriles y pinturas transforman el living en un taller. “Ocupo esta cabaña como residencia para mi trabajo. Trabajo en Nueva York en mi taller y en paralelo tengo mis atriles y telas en Croacia. El lugar es precioso y tremendamente inspirador”, cuenta el pintor.

Aunque dice que se enamoró del lugar porque a cualquiera le pasaría, no fue un flechazo a primera vista sino simplemente “un lugar de vacaciones maravilloso” que visitó una y otra vez hasta que se vio capturado por él. Su meta para este año es pasar un par de meses ahí. Ya ha hecho amigos en la isla, recolecta olivas de su jardín con las que hace su propio aceite, sale a caminar y nadar. Este es su lugar de escape, de silencio y tranquilidad. Su isla.

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