POR SOFIA ALDUNATE // FOTOS GENTILEZA GROSS ARQUITECTOS // RETRATO JOSE MORAGA
Decidió sumarse a la tendencia mundial, desprenderse de los prejuicios, abrir bien los ojos y comenzar a desarrollar proyectos con mayor eficiencia energética a través de la optimización de los recursos naturales. En resumen, optó por la siempre bien ponderada arquitectura sustentable.
No es doctor, pero según Cristóbal Gross, la clave de su trabajo está en un buen diagnóstico. El resto es jugar, inventar y entretenerse. Así salen cosas como los edificios Ventisquero, Invernadero o Bosque Vertical, colegios como el Galpón de Esquila y detalles como el rincón Anticucho. Lecturas simples y obvias, muchas veces infantiles (aunque muy premiadas y comentadas), que le facilitan el trabajo al arquitecto y al mandante, al primero porque el apellido le da el carácter a la obra y al segundo para entenderla y conceptualizarla.
El menor de cinco hermanos, Cristóbal fue el único que optó por la misma profesión de su padre, Patricio Gross (actual Presidente del Colegio de Arquitectos de Chile), y desde que se tituló se unió a su estudio. Según él una gran escuela –“la mejor”– para un recién egresado. Juntos han hecho de todo: casas, oficinas, restauraciones, remodelaciones, edificios, proyectos institucionales y desde hace un par de años han participado con éxito en importantes concursos públicos y privados en los que la palabra “sustentable” pasó a ser primordial. Se unieron a la tendencia mundial que reinterpreta los medios pasivos tradicionales que apuntan a la optimización de los recursos y a una mayor eficiencia energética de la que normalmente dan cuenta los edificios convencionales. “Creo que la arquitectura debería ser más científica, un oficio con más análisis y diagnóstico que permita dar soluciones sensatas a cuestiones fundamentales. Es cosa de abrir bien los ojos y apropiarse de lo que ya está”, resume Cristóbal.
Y fue justamente lo que hizo con su primer gran proyecto verde: el edificio de oficinas administrativas de la ENAP en Punta Arenas, un desafío no menor, tomando en cuenta el estigma que carga el petróleo. Después de observar y estudiar, junto a su compañero de universidad Alberto Con-tesse, que venía llegando de 7 años trabajando en proyectos de alta calidad ambiental en París, se dieron cuenta que la gran solución estaba en levantar una construcción muy similar a los invernaderos que abundan en la zona, lo que les permitió desarrollar un proyecto bioclimático que ahorra el 68% de energía gracias a sistemas pasivos de captación de energía relativamente sencillos. Con una expresión muy ecológica, enclavaron una gran estructura de hormigón y madera dentro de otra de cristal que les permitió protegerla del viento y el frío. Como una doble piel, el vidrio se transformó en la manera más eficiente de captar y conservar el calor.
Otro gran ejemplo de arquitectura sustentable fue el llamado que recibieron por parte de los sacerdotes dominicos de construir una piscina temperada para el colegio Academia de Humanidades en pleno centro de Santiago y en medio de añosos edificios patrimoniales. Según Cristóbal, el proyecto fue una ecuación con pocas incógnitas y resultado simple: la estructura olímpica se hundió para no perturbar el entorno, con estructura de madera (que resiste bien la humedad) y cristal (para la transparencia) con un entretenido esqueleto de captadores solares que permiten mantener el agua a 28° de temperatura durante seis meses del año. A esto se suma un sistema de ventilación cruzada natural, a través de ventanas alrededor de todo el perímetro, que forman corrientes de aire que se llevan el vapor.
Aunque muchos piensan que este tipo de proyectos son muchísimo más caros, Cristóbal se apura en aclarar que, aunque innegablemente en algunos es así, el beneficio que genera es tan grande, que la inversión se recupera mucho más rápido. “Hay que atreverse, desprenderse de los prejuicios y ya está”. Como lo hicieron con el proyecto inmobiliario apodado El Bosque Vertical, un edificio que en dos de sus fachadas tiene, en cada una de sus plantas y en grandes macetas, plantados Acer japónicos por un lado y cerezos en flor por el otro, árboles caducos que protegen del intenso calor estival pero que en invierno permiten la entrada de los rayos del sol.
Casas, viñas, colegios y más son sometidos al estricto diagnóstico que este joven arquitecto de la Universidad Católica exige antes de comenzar a trazar las primeras líneas. Líneas siempre contemporáneas, desprejuiciadas y con un profundo respeto por el entorno.
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