El otro negro
POR MARIA JESUS CARVALLO // CENTRE POMPIDOU
Con cuchillos, espátulas, rodillos y hasta las suelas de los zapatos, el francés Pierre Soulages pinta los más espectaculares cuadros con distintas texturas. A sus 90 años de vida, el Centre Pompidou le quiso rendir un homenaje e inauguró una retrospectiva con lo mejor de lo mejor de su trabajo, todo con el negro como único protagonista.
A este francés siempre se le va a ver vestido de negro y aunque dice que no le molestan otros colores, tiene la regla de oro de la oscuridad. Casi por religión o simplemente por principios, Pierre Soulages ha dedicado su vida a este tono, homenajeándolo a través de su arte y de sus miles de creaciones: pinturas monumentales llenas de texturas, luces y sombras, todas con el sello del negro como único protagonista.
Algunos le dicen el señor de la abstracción, otros el maestro del tachismo, pero lo cierto es que a este escultor y también grabador le cargan los apodos. Quizás por eso mismo inventó su propia corriente –la outrenoir o “más allá del negro”–, transformándose en el mayor pintor de la escena francesa de estos días y marcando un hito en la historia, entre muchas otras cosas, gracias a que una de sus obras se remató en Sotheby’s en un millón doscientos mil euros.
Con 90 años recién cumplidos y seis décadas de trayectoria, nació el 24 de diciembre de 1919 en Rodez, un pueblito en el sur de Francia. Por años vivió aislado del mundo y de las maravillas de las grandes ciudades hasta que a los 19 años decidió hacerse grande y conocer París. A su llegada, quedó fascinado con las luces, la arquitectura, las mujeres elegantísimas y especialmente el arte, sobre todo con las piezas de Picasso y Cézanne. Sin pensarlo demasiado tomó la decisión de su vida y dejó todo, a sus amigos, su familia y su casa, para dedicarse cien por ciento a la pasión que había encontrado: la pintura.
Sin embargo este sueño se vio interrumpido por un tiempo: la Segunda Guerra Mundial había llegado a Europa y este bohemio y seguidor de Rembrandt tuvo que enlistarse en el servicio militar y vivir en un regimiento en Montpellier. Apenas pudo se inscribió en la Escuela de Bellas Artes de ese lugar y entre fusiles y camuflajes dedicó cada minuto libre a sus telas. En esa misma época conoció a Sonia Delaunay, una pintora y diseñadora francesa de origen ruso, quien le enseñó muchos de sus secretos. Terminada la guerra, y con más ganas que nunca de trabajar en lo suyo, armó un taller cerca de París. De a poco empezó a crear en grandes cantidades, a exponer en lugares importantes, a hacerse conocido y a que la gente viera sus creaciones. Fue así como en 1947 inauguró una muestra en el Salón de los Independientes y desde ese minuto no paró más. Colectivas y muestras individuales en museos y galerías de arte marcaron el principio de una carrera meteórica, donde además de pinturas sumó otras técnicas, como dibujos en carboncillo, aguadas, esculturas, bronces, tapices e incluso algunos vitraux. También aceptó hacer escenografías para diferentes obras de teatro, lo que le sirvió para aprovechar muchos de los experimentos que hacía a puertas cerradas en su taller. Sin darse cuenta juntó una mini fortuna y con ella decidió recorrer el mundo buscando nuevas inspiraciones en algunas culturas milenarias.
Conocer Japón le abrió los ojos y le ayudó a renovar su manera de hacer arte. Entre los cambios, incluyó herramientas poco comunes como ayuda a sus pinceles, y además de las típicas brochas gruesas y espátulas, incorporó rodillos, cuchillos y hasta las suelas de los zapatos para aplicar los óleos y acrílicos en las telas. Como él mismo cuenta, un día cualquiera su carrera cambió para siempre al descubrir lo que sería su inspiración por el resto de sus días: el color negro. “Una tarde de enero en 1979 seguí trabajando en un cuadro a pesar de que no era bueno. En ese momento me di cuenta que estaba haciendo ‘otra’ pintura en la que el negro ya no era negro, sino que una luz venida de él, y el hecho de que una luz pudiese venir del color, que es la gran ausencia de luz, fue muy lejos de mí”. Fue así como creó su propia corriente, la outrenoir y con ella comenzó a evocar en sus cuadros a otros países, otras formas, otros espacios y especialmente otro espacio mental, como dice. “Amo este color violento que incita a la interioridad”.
Desde ese minuto en adelante sólo trabajó con este color y dedicó sus lienzos a explorar mejor la transparencia y profundidad que había encontrado con él. Gracias a este hallazgo ha sido ganador de importantes premios, invitado a innumerables exposiciones por los rincones más recónditos del planeta y ha sido homenajeado con varias retrospectivas. Precisamente, el Centre Pompidou de París decidió volver a honrarlo –ya lo hizo una vez en 1979– con una muestra exclusiva y la más grande que se le haya hecho a un artista francés vivo.
El gran objetivo de esta exposición es dar a conocer más de cien obras creadas desde 1946 hasta estos días. Una de las salas de este centro está dedicada a esta otra manera de entender y representar la oscuridad, con tres creaciones de los 90. En otro sector hay parte de sus primeras pinturas sobre papel, alquitranes sobre vidrio y también una serie de polípticos monumentales que cuelgan de los techos, que no habían sido exhibidos nunca antes y que datan de los últimos diez años. En algunos, el negro aparece mezclado con otros colores, también oscuros, o empastado gruesamente en un lienzo donde ha dejado unos pocos espacios sin pintar. “Al mismo tiempo el negro es un color y un no-color. Cuando la luz se refleja en él lo transforma y transmuta. Abre un campo mental propio”.
Hasta el 8 de marzo en el Centre Pompidou,
Place Georges Pompidou 75004, París. Teléfono 33 (0)1 44 78 12 33.
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