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ED Nº 182, Agosto 2010 |
Maestro
POR MARIA JESUS CARVALLO // FOTOS VICENTE GARCIA MEKIS Y CCU
En otro rincón de su taller Atrás, derecha, Autorretrato doble y, a la izquierda, La Comida, óleo sobre tela, 145 x 160 cm, 2010.
  Al fondoOtra vista del cuadro Autorretrato doble.   Guillermo en su taller La luz que entra por las ventanas es la misma que logra retratar en sus cuadros. Al fondo, Autorretrato doble, Oleo sobre tela, 300 x 150 cm, 2010.   La gigante 1Oleo sobre tela, 305 x 255, 2010.   Pie de frambuesaOleo sobre tela, 100 x 125, 2010.  
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Retratos realistas y tremendamente expresivos son los que hace Guillermo Lorca, un artista de sólo 26 años, pero con una larga trayectoria. Autodidacta, dejó todo por la pintura y ahora acaba de inaugurar su segunda muestra individual en la Sala Arte CCU.
Podría pasar por el vocalista de un grupo de rock. Tiene el estilo, la energía y el look, le gustan las chaquetas de cuero, las cruces y las zapatillas, pero Guillermo Lorca no canta y jamás se subiría a un escenario. Solitario y hasta un poco tímido, lo suyo es la pintura, los retratos realistas tan expresivos que casi hablan.
El 2007 lo entrevistamos porque acababa de presentar su primera exposición individual en la galería Matthei. Estaba arrasando. Tenía sólo 23 años pero una madurez artística que imponía respeto y una carrera profesional que presagiaba el éxito. El día de esa inauguración vendió hasta la última pieza. A esto le sumó luego una beca que le entregó la Forum Gallery de Nueva York, para estudiar con el artista Odd Nerdrum, transformándose en el primer y único sudamericano que ha logrado ser discípulo de este nórdico.
Ahora acaba de cumplir los 26 y siente que le ha pasado una vida por encima. Mal que mal ya lleva casi una década pintando y durante este tiempo ha dimensionado lo que significa, de verdad, ser artista. Ha aprendido, madurado, crecido, vivido y también ha sufrido. Y sus óleos así lo demuestran.
Guillermo va contra la corriente. Mientras todos sus contemporáneos están explorando el mundo de lo digital, él no tranza la pintura. Es fiel a los óleos, a su querido Rembrandt –uno de sus mentores– y por más cable, música o imagen en movimiento que se le ponga por delante, prefiere no perder ni un minuto y dedicarse por entero y a la antigua a sus monumentales cuadros de más de tres metros de altura. Son pinturas clásicas pero modernas al mismo tiempo, con un gran dominio de la luz –la misma que entra por los grandes ventanales de su estudio–, con trazos sueltos y que no caen en lo siútico del hiperrealismo. El mismo confiesa que su fuerte no es el dibujo, de hecho le cuesta un poco, y que se siente muchísimo más cómodo sólo con los pinceles.
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