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| Martes, 14 de Diciembre de 2010 10:01 | |
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En Nueva York
Modern Life POR SOFIA ALDUNATE // FOTOS WHITNEY MUSEUM
Cuando los artistas americanos se rebelaron contra la academia de arte y el retrato aristocrático que predominaba los primeros años del siglo XX, comenzaron a mirar la vida moderna como tema de inspiración. Una de las principales figuras de este drástico giro fue Edward Hopper (1882 – 1967), cuyas obras más importantes estarán expuestas en la muestra Modern life: Edward Hopper and his time, que estará abierta al público en el Whitney Museum de Nueva York hasta el 10 de abril próximo. Esta exposición –que alberga aproximadamente 80 de sus trabajos– da cuenta del desarrollo del realismo en el arte norteamericano en la primera mitad del siglo XX, con énfasis en las diversas formas en que los artistas representaron los cambios que se produjeron en la vida rural y urbana durante este período. La exhibición destaca la obra de Hopper, cuyo acercamiento a la modernidad a través del retrato y de las experiencias del ser humano universal lo transformaron en el pintor más icónico del arte realista del siglo pasado en Estados Unidos. Hopper entró en 1990 a la New York School of Art. Ahí coincidió con otros futuros protagonistas del arte norteamericano de principios de los años 1950. Sin embargo, el contacto con tres de sus profesores, William Merrit Chase, quien lo animó a estudiar y a copiar lo que veía en los museos; Kenneth H. Miller, quien lo educó en el gusto por la pintura limpia y nítida, y Robert Henri, quien contribuyó a liberar el arte de la época del peso de las normas académicas, marcó para siempre su carrera. La pintura de Hopper se caracteriza por un peculiar y rebuscado juego entre las luces y las sombras, por la descripción de los interiores, que aprendió con Degas y por el tema central de la soledad. Después de varios viajes y ya establecido en Estados Unidos, abandonó las nostalgias europeas y empezó a elaborar temas en relación con la vida cotidiana norteamericana, modelando y adaptando su estilo a ella. Su evocadora vocación artística evolucionó hacia un fuerte realismo: imágenes urbanas o rurales, inmersas en el silencio, en un espacio real y metafísico a la vez, a través de una esmerada composición geométrica, por un sofisticado juego de luces, frías, cortantes e intencionadamente "artificiales", y por una extraordinaria síntesis de los detalles. En sus cuadros casi nunca hay más de una figura humana. En 1933 el Museo de Arte Moderno de Nueva York le consagró la primera retrospectiva y el Whitney Museum la segunda, en 1950. |