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Columnas de Opinión


ED Nº 191, Abril 2011
POR TOMAS ERRAZURIZ





Diseño exclusivo

 
El mundo se divide entre dos grupos de personas. Los que arrugan la nariz ante la idea de adquirir algo que ha sido usado por desconocidos, y los que han descubierto que lo usado puede ser sinónimo de historia, carácter y exclusividad. Entrenados por nuestro padre, desde niños, a recorrer religiosamente cada sábado cualquier feria que oliera a antiguo, con Sebastián pertenecemos con orgullo al segundo grupo.

Ahora bien “NO CONFUNDIR”. En este grupo hay dos sub-grupos. El del coleccionista o amante de los objetos con historia, donde me incluyo, y el de Sebastián.

“¡Ese pato embalsamado está increíble!”, lo escuché decir hace un tiempo en un anticuario, y por cerca de cuatro segundos estuvimos completamente de acuerdo. Y claro, esperó a que yo tocara el suave y bien conservado plumaje para dejar caer la implacable sentencia. “Está perfecto para cortarle la cabeza y transformarlo en una lámpara”. Nunca olvidaré la cara de horror del dueño.

Recuerdo que en otra oportunidad me encontré en el estudio, de un día para otro, con el piano de pared que por muchos años había soñado. Iluso, pasé toda una mañana ensayando unas melodías que había aprendido en el colegio. Al día siguiente, a la misma hora, figuraba con sierra eléctrica en mano cortando el piano en dos bajo indicaciones de Sebastián. La surrealista operación consistía en abrir, extraer cuerdas, cabezales, bastidor, caja acústica y luego cerrarlo nuevamente. El objetivo, absolutamente lógico: disminuir el peso del piano para poder colgarlo del techo.

“Ando en búsqueda de un aparador antiguo, ojalá de madera enchapada, con cubierta de mármol, varios cajones y un compartimento central, entre 160 a 170 cm de alto y entre 60 y 70 cm de ancho”, me dijo varios meses más tarde mientras seguíamos los pasadizos que quedaban entre muebles apilados que amenazaban con tomarse el aire de un galpón de antigüedades en Brooklyn.

–¿Ya, y lo que en verdad andas buscando es?– le respondí preparándome psicológicamente para la siguiente cirugía.

Me miro con cara de ¿qué es lo que no entendiste? y luego repitió como si lo hiciera por décima y última vez, “tal como te dije antes, un aparador antiguo, ojalá de madera…”, y uno por uno nombró todos los requerimientos exagerando las pausas.

“Te prometo que esta vez no toco el mueble”, me dijo al final riéndose, pero con un tono inusual que sonaba más bien como si dijese lo contrario.

Luego de varias vueltas, encontré un aparador que en mi opinión calzaba perfectamente con lo que Sebastián traía en mente. “¡Está increíble! Perfecta la madera, el color, el mármol es precioso, tiene el alto y ancho justo…”, y luego de una pausa, sin razón aparente dio media vuelta y me dijo decepcionado que no era lo que andaba buscando, pues necesitaba que tuviese un pelo más de profundidad.

Atónito me quedé mirándolo –Toda la mañana buscando el perfecto aparador ¿para qué?–, respiré profundo y descargando todo el aire retenido de una vez le dije –para que una vez encontrado, el muy perla lo rechace, porque aunque está perfecto, no le gustó… ¿¡le quito la sal!?– me tomo unos segundos y ya con el almuerzo en vista le pregunto en tono ejecutivo e impaciente –ya, entonces ¿qué profundidad debe tener el aparador?–.

Me queda mirando como quien finalmente recibe el pase-gol y duda por unos segundos si definir arrolladoramente dejando en vergüenza al rival o con un toque elegante y certero.

“Mmm… como así”, me responde serio mientras con sus manos mide la distancia entre mi nuca y mi nariz. Luego, levanta la vista y me mira esbozando esa típica sonrisa imperceptible que espera mi reacción para estallar en carcajada.

–No puede ser– pienso para mí con cierto nervio, mientras mi mente funciona a mil por hora en busca de otras alternativas que me ayuden a eludir la escalofriante realidad. En tanto, Sebastián transmite como música de fondo algo acerca de la idea de jugar con la consciencia de la muerte como funcionalidad y el fin que siempre está cerca…
Finalmente me doy por vencido. Mi mente no puede rehuir la imagen de ese objeto “usado”, el más exclusivo y simbólico que podría usar mi hermano para poner a prueba los límites del coleccionista de arte y de la pieza de arte en sí y que, además, tiene el tamaño de una cabeza.



SEBASTIAN ERRAZURIZ es un destacado artista y diseñador chileno considerado una de las nuevas promesas del diseño mundial. TOMAS ERRAZURIZ es historiador y doctor en Arquitectura y estudios urbanos. Desarrolla investigaciones y artículos para diferentes medios y a su vez trabaja como asesor de Sebastián. Ambos hermanos viven y trabajan juntos en Nueva York.

 
 

 

 

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