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Columnas de Opinión


Martes, 14 de Diciembre de 2010 15:11
POR TOMAS ERRAZURIZ





Chilean miners





–¡Aló Bro!,
–Aló… Respondo instintivamente mientras me incorporo todavía atontado por el sueño. –¿Qué pasa? ¿¡¡está todo bien!!?
–Acabo de comprar pasajes, parto mañana a Chile. Adelantaron la fecha para sacar a los mineros y si llego el miércoles todavía me quedan 48 horas para armar el proyecto.
Unos días más tarde de que Sebastián Piñera mostrara al mundo el milagroso papel que confirmaba que los 33 mineros seguían vivos, su tocayo (mi hermano), dotado de los mismos poderes de cálculo y operatividad, ordenaba en su cabeza su próxima instalación de arte público. Una acalorada e irrelevante discusión sobre cuál había sido el edificio más alto en Santiago en los 80 entregaba la pieza clave. La torre Santa María (mi opción) se llevaba la medalla con 33 pisos de altura.
–33 pisos y 33 mineros– Me dijo con los ojos prendidos como en una revelación. –Una gigantesca cruz de luz formada por la iluminación de una línea vertical de oficinas que recorre los 33 pisos de la torre Santa María y otra horizontal que la cruza. Todas las noches la cruz se prenderá recordando que hay 33 mineros bajo tierra todavía esperando a ser rescatados.
–Entiendo– Le comento con mi mejor tono de comprensión, –significa que con tal de beneficiarte del fenómeno mediático abandonas tu carrera de artista y te dedicas a los monumentos y obras conmemorativas– y concluyo la premonición con voz ceremonial –¡El mundo te recordará como el artista de los mineros!–
Sus ojos de asombro, seguidos de un rápido movimiento de cabeza de lado a lado me indican que el golpe fue efectivo.
–No es tan simple como 33 pisos y 33 mineros–, me dice con esa actitud de profesor universitario que le recuerda a sus estudiantes que ya no están en el colegio. –Es el homenaje de una tragedia bajo tierra por un edificio que carga con otra tragedia a varios pisos de altura. Hoy todo el país sigue expectante las noticias sobre los mineros. Hace casi treinta años, Chile era sacudido por las imágenes en directo de personas lanzándose al vacío para escapar al incendio que consumía a la torre–, hace una pausa y sonríe confiado en que tiene la razón, –si a esto sumamos que el proyecto original de la torre contemplaba un segundo edificio, inspirado en las Torres Gemelas en NY, la carga simbólica se multiplica–.
Había tiempo suficiente para hacer el proyecto y comparado a plantar un árbol en medio del Estadio Nacional, o subir una vaca a un edificio, ésta parecía tarea sencilla. Pero como dice mi padre, “se complicó”. El adelanto de la fecha del rescate desbarató los planes. Además de no contar con auspiciadores, Sebastián tenía ahora 2 días en vez de dos semanas para convencer a cerca de 40 propietarios de oficinas de apoyar el proyecto, y sólo unas horas para comprar e instalar más de 300 tubos fluorescentes.
–¡Suerte!– alcancé a decir antes de que me colgara el teléfono para partir  a Chile.
Dos días más tarde me llegaron las primeras fotografías de la torre iluminada. Sabía que mi hermano podía ser persuasivo, pero aquí había gato encerrado.
–Así que golpeando puertas con biblia en mano para hablar de la importancia de prender una cruz como mensaje de esperanza a los mineros–, le comenté aguantándome la risa.
Luego de delatarse en una carcajada, me dijo levantando los hombros:
–Que cada uno vea lo que quiere ver. Si para la abuela la cruz es un signo de salvación, para mi es signo de muerte… Una gran lápida que indica que debajo en alguna parte hay una tumba con 33 mineros enterrados vivos–.
El inesperado éxito televisivo que alcanzaría el final de temporada del secuestro minero prometía catapultar a Sebastián definitivamente al estrellato. Sin embargo, con más de 350 medios de comunicación y más de 1000 millones de espectadores, su opción por el anonimato era una sorpresa. En una astuta movida de último minuto, Sebastián salvaba de ser triturado por la maquinaria mediática, renunciando a su amado público en beneficio de la coherencia de su obra.
Este año La Halloween Parade en Manhattan se llenó de gringos disfrazados de “Chilean miners”, con banderas, cascos y cápsulas. Edison Peña corría la maratón de NY y cantaba Elvis, y los mineros eran nominados junto a Obama y Lady Gaga como personas del año por la revista Time. Chile conquistaba el mundo y Sebastián regresaba a su estudio sin pena ni gloria, pero con un buen set de imágenes para incluir en su portafolio.   

 
 

 

 

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1 Comentarios 

Publicado Jueves 16 de Diciembre, 2010 - 05:39 hrs.
Alguna moraleja?????, aparte del significado de la obra

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