Los Asistentes
 |
–No es necesario, si es muy sencillo… basta con unas elevaciones y planos para que los maestros no se pierdan. Lo sacamos en un par de horas–. Miro con compasión a la nueva asistente que todavía no sabe cuánto pueden ser un par de horas en el extraño mundo de Sebastián. Lo peor es que él jura a ojos cerrados que no serán más de dos horas. Seguro hasta tiene reuniones fijadas inmediatamente después.
Bobby, el anterior asistente sueco con pinta de actor de cine, ya había invertido tres semanas “tiempo Sebastián” (mes y medio) en desarrollar los planos del cabinet puerco espín en base a unos dibujos y cálculos demenciales que Sebastián había anotado en unas hojas. ¿El encargo? Sencillo, 350 piezas con forma de teclas que se abren y cierran de manera independiente formando una coraza totalmente articulada.
—¡Este mueble es alucinante! ¡Una verdadera obra de ingeniería! Nadie imagina el nivel de cálculo y perfección— vaticinaba Sebastián con un lápiz en mano y un cuarto de sándwich de jamón queso que todavía no encontraba el tiempo para comer en la otra. —Pensado milímetro a milímetro para que todo calce como en una cortapluma suiza—. La pobre asistente sonreía nerviosa y tímida sin sacar la vista de la pantalla.
El Maestro

|
—Está buena tu cortapluma suiza— le dije burlándome mientras tratábamos de hacer calzar las 350 piezas para que se vieran como en el plano. —Supongo que un par de milímetros de error y estas 20 piezas inutilizables es esperable viniendo de un “diseñador/artista” como tú–.
—0,75 milímetros para ser exacto y te recuerdo que es un prototipo. Y si me vas a sacar en cara cada error te recomiendo leer Einstein’s Mistakes: The Human Failings of Genius— me respondió con un tono ridículamente en serio, mientras buscaba entre sus papeles el número de unos maestros mexicanos dispuestos a trabajar de corrido, día y noche, todo el fin de semana.
Los insignificantes 0,75 milímetros significaban volver a hacer 20 piezas y lijar las 330 restantes, una por una, hasta rebajar lo que sumado eran más de 30 centímetros. Luego vendrían cinco capas de pintura, otras cinco de barniz, embalar y embarcar para salir rumbo a la feria Design Miami-Basel. Todo en dos días.
—Ahora entiendo la asociación que se hace entre artistas y artesanos… o por qué le dicen maestros a los artistas— le comento sarcásticamente, sabiendo que me esperan largas horas de trabajo forzado hasta la llegada de los refuerzos mexicanos. Pero Sebastián ya no oía nada más que el ruido de la lijadora que poco a poco comenzaba a cubrirnos en aserrín.
La Manager
Martes 10 am, Miami, 20 reponedores grados más de temperatura y tres horas de sueño en dos días. Mi hermano figura de punta en blanco entre coleccionistas y curiosos presentando con desenvolvimiento lo que aparenta ser un acabado producto de fábrica. Puerco Espín luce despampanante en medio del showroom, extendiendo sus 350 puntas en todas direcciones. Atrás en Nueva York han quedado lijas, brochas, tarros de pintura y los tres mexicanos.
Pero, para desgracia de mi hermano, la fiesta tenía a sus invitados contados y la hora del artista o maestro había pasado. Estos eran ahora los terrenos de la manager.
–Sebastián– susurra la dueña de la galería, mientras con la mano hace un gesto discreto pero imperativo para que deje a sus devotos y se acerque. –Suficiente por hoy– le dice en un tono irrebatible, –es hora de que te vayas, a la playa, a caminar, al hotel, donde sea… pero que desaparezcas–. Sebastián ya conocía las razones. Si el artista perdía su aureola de exclusividad y misterio, el cliente perdía la ilusión romántica del artista trabajando en su taller o disfrutando de la bohemia, y las opciones de venta bajaban.
Lamentablemente para aquellos artistas con “vocación pública”, es el manager el que tiene la última palabra una vez que la obra sale del taller. Felizmente para Sebastián, los meses de diseño y cálculo, y el fin de semana encerrado en el pabellón traerían frutos. Sólo una hora más tarde, en el VIP opening, Puerco Espín era elegido “Best in Show” por los críticos y sería el primer diseño de la feria en partir a la casa de un coleccionista.
SEBASTIAN ERRAZURIZ es un destacado artista y diseñador chileno considerado una de las nuevas promesas del diseño mundial. TOMAS ERRAZURIZ es historiador y doctor en Arquitectura y estudios urbanos. Desarrolla investigaciones y artículos para diferentes medios y a su vez trabaja como asesor de Sebastián. Ambos hermanos viven y trabajan juntos en Nueva York.
|
1 Comentarios