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Columnas de Opinión


ED Nº 209, Julio 2012
POR TOMAS ERRAZURIZ





Silla gallina

 


SILLA GALLINA.

Quien crea que conoce Williamsburg porque alguna vez estuvo allí, lamento decirle que ya no lo conoce. Pasó de barrio industrial y polaco, a barrio de artistas y hipsters, y durante los últimos años ha sido bombardeado por restoranes, cafés, tiendas de ropa exclusiva, objetos inútiles, y más recientemente, por turistas orgullosos que no hacen esfuerzo alguno por pasar por locales. Aunque con tanto cambio todos los días las calles parecen distintas, el destino de nuestros almuerzos no varía: el restorán de comida thai de la calle Bedford con la Norte 6. Como si en nuestras manos estuviese el último reducto de estabilidad del barrio, no sólo somos fieles clientes, sino además pedimos siempre y sin excepción el mismo plato.
—¿Two Chicken Basel?— nos pregunta la mesera con fuerte acento oriental en cuanto nos ve entrar.
Mientras asentimos con la cabeza, ella no puede disimular su sonrisa de intriga de quien espera con ansias el día en que pidamos algo diferente. Buscando espacio de hoja en blanco para un nuevo dibujo y con los ojos más chinos que de costumbre, Sebastián se sienta a la mesa probablemente sin noción alguna de dónde está.
—Tengo el proyecto perfecto para venderle al Guggenheim— me adelanto, mientras unto mi arrollado primavera en la salsa agridulce de siempre. Pero mis palabras lo atraviesan sin ninguna resonancia. Intento de nuevo. —¡Aló! ¡¡Llamando al planeta Tierra!!
Sin saber si de pronto había vuelto en sí por mi llamado o por el plato de comida que recién llegaba, hizo a un lado cubiertos y vasos y colocó unas hojas repletas de dibujos con los nuevos proyectos.
—Coloquémosle nota del 1 al 7— me dijo expectante y sin siquiera sospechar que le había hablado hace dos segundos.
Entonces caí en la cuenta. Era uno de esos días en que Sebastián anda en modalidad zombi creativo. Seguramente se le abren los chacras o algo parecido y durante unas pocas horas pierde conexión con la realidad. Su inconsciente disfrazado de instinto lo bombardea de imágenes, de situaciones y objetos inexistentes que podrían llegar a ser. Con mucha hambre como para hacer malabares y cambiar su foco de atención, olvidé por un rato el Guggenheim y me concentré en mi plato de comida.
Luego de varias rondas y discusiones, la evaluación estaba zanjada. Sebastián leía las calificaciones de cada uno de los proyectos con tono inflexible.
—La funeraria con el helicóptero sobre la parrilla, 6,5; arrojar un auto por una quebrada, 5,8; el globo gigante con helio que se lleva un ataúd al cielo, 5,9; el globo terráqueo que diga “Why?”, 5,0; un hombrecito que da vueltas sobre un tocadiscos, 5,8; la Estatua de la Libertad atacada por aviones, 6,4; la silla que es a la vez jaula para una gallina, 5,9; el batidor con la figura de un gorila adentro, 5,8...
La lista seguía interminable y con varios rojos y morados entre medio. Después de la evaluación, como si fuesen botellas de vino, todos los proyectos se envían a madurar al muro de proyectos en el estudio. Allí se inicia un proceso que puede durar días o años e implica vinculaciones con otros proyectos, reformulaciones, presentaciones en sociedad y, en algunos casos, el olvido. Para salir del muro al mundo real existen dos posibilidades. Para los proyectos más costosos, la ecuación necesaria es de alta complejidad y supone no sólo recursos y voluntades diversas, sino que poder de convencimiento y hábiles estrategias de persuasión. En cambio, para aquellas obras cuyo costo de producción es relativamente bajo, basta el convencimiento.
—Le voy a pedir altiro a José María de Jesús que me construya la silla con una jaula abajo— dijo Sebastián al salir del restorán. Mientras, recorría las tiendas como tratando de encontrar alguna que seguro había desaparecido. —Maldición, ¿y la gallina?
—Lo siento, sólo huevos orgánicos en Williamsburg— le dije con una sonrisa aguafiestas —pero seguro la encuentras fácilmente donde los chinos de Queens.
Lo difícil vendría después: la articulación de argumentos racionales que expliquen el proceso creativo y su resultado: LA SILLA ¿¿¿GALLINA??? Desafortunadamente esta tarea es ineludible en un entorno en donde la justificación lógica es la única posibilidad de validación de lo nuevo o sin referentes. El que no crea que esto es así que pruebe vender una idea diciendo que tiene que existir porque es inquietante, atractiva y tiene algo que conmueve, pero no se puede explicar.  


SEBASTIAN ERRAZURIZ es un destacado artista y diseñador chileno considerado una de las nuevas promesas del diseño mundial. TOMAS ERRAZURIZ es historiador y doctor en Arquitectura y estudios urbanos. Desarrolla investigaciones y artículos para diferentes medios y a su vez trabaja como asesor de Sebastián. Ambos hermanos viven y trabajan juntos en Nueva York.

 
 

 

 
 
 
 

 
 

 

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