|
Premio y comentario: INEVITABLE
Y se entregó el Premio Nacional de Literatura 2010, sin sorpresas. Los nombres sonaban fuerte: Diamela Eltit, Germán Marín, Poli Délano, Enrique Lafourcade, Jorge Guzmán, Antonio Skármeta, Marta Blanco; oficial y extraoficialmente, se citaban listas y argumentos de todo tipo para apoyar a unos y a otros. Sin embargo, las probabilidades de que lo recibiera Isabel Allende eran prácticamente absolutas, por varias razones: existía conciencia de que el Premio había sido más que esquivo con las escritoras; hacía años que su nombre venía sonando entre las posibles candidatas; su condición de escritora leída masivamente en Chile y resto del mundo, y el volumen de su prolífica obra, entre otros factores, eran elementos ineludibles. Además, en el año del Bicentenario, el premio debía sonar fuerte dentro y fuera del país.
Entre los expertos existen diversas posiciones frente al mérito de la obra de Isabel Allende. Al menos desde un punto de vista estrictamente literario, resultan discutibles su originalidad y aporte concreto a la creación de un imaginario propiamente chileno. El exceso de lobby, el peso que haya podido tener en la decisión la fuerza del mercado, el ser una escritora de masas y sin mayor pretensión intelectual que la de entretener a sus lectores, y textos mediocres como Eva Luna, El plan infinito o Hija de la fortuna, le juegan en contra a la famosa escritora.
Pero al César lo que es del César. No soy un admirador de la narrativa de Isabel Allende, salvo por La casa de los espíritus, De amor y de sombra y la reciente Inés del alma mía, en los que ha mostrado que también es capaz de articular relatos consistentes y seductores. Paula, por su parte, es un texto íntimo e intocable. El resto, más ruido que nueces, ha sido producto de la facilidad y el ingenio –que no implican falta de trabajo ni genio–, textos no exentos de un buen olfato comercial para seguir la tendencia de lo que se vende fácil y rápido. Libros para la playa o el avión, escritos bajo el aliento del éxito de alguna tendencia de moda. Adicionalmente, para bien o para mal, Isabel Allende, con sus artes y habilidades es, lejos, nuestra gran escritora best seller, quizás la única, porque las ventas de Luis Sepúlveda, Marcela Serrano (en su momento de gloria), Carla Guelfenbein, Roberto Ampuero, Pablo Simonetti o Rivera Letelier son, todavía, pálido reflejo de las suyas. Incluso el fenómeno Bolaño, que si bien está en una liga distinta, se queda corto en este fenómeno de ventas y lectura que ha generado por años la premiada escritora.
¿Debió darse el Premio Nacional a Isabel Allende? Los puristas dirán que no, que su obra no tiene la estatura necesaria, que sería como dar el Cervantes a Pérez-Reverte o el Nobel a Dan Brown, que es literatura fácil y de consumo masivo. Sin embargo, en contra de esa argumentación, que no deja de ser válida, hay que responder que la falla no está en la decisión, ni en la escritora, ni en su obra, sino en la forma en que las propias bases que regulan el premio lo definen. Por ahora, corresponde dar las felicitaciones a Isabel Allende y esperar que el próximo premio o nuevos premios destaquen las obras de tantos otros en una lista larga y poderosa.
*Abogado y crítico literario, desde los años 80’ ha colaborado en los diarios La Epoca y El Mercurio (Chile), El Observador (Barcelona) y las Revistas Reseña (Chile) y Quimera (España). Actualmente también dirige la página web Ojo Literario.
|
1 Comentarios