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ED Nº 192, Mayo 2011 |
Amor a primera vista
POR VALENTINA DE AGUIRRE // FOTOS ANA MARIA LOPEZ
Cuando la decoradora Verónica Mekis descubrió esta casa sufrió de un enamoramiento fulminante. Han pasado sólo dos años, pero su estilo e historia ya se respiran en cada uno de los rincones.
Para la última Navidad, la decoradora Verónica Mekis se autoregaló una virgen de yeso casi de su porte. En uno de sus tantos recorridos por el centro de Santiago, se metió por una calle chica para acortar camino, la vio y la subió a su auto sin pensarlo dos veces. Dice que cuando le llega la inspiración, le llega así: fulminante. Llegó a su casa con María –porque a la virgen la mira a los ojos y la trata de tú– y a sus hijos casi les dio ataque, la encontraron demasiado grande. Para ella en cambio no hay nada más natural que tener a una María a la que pueda saludar todas las mañanas. Hasta decidió pintarla.
Desde entonces, la virgen de brazos abiertos está al lado de la puerta de la casa de Verónica, en pleno proceso de acicalamiento, invitando a todo el mundo a entrar. Porque esta casa en Vitacura es un lugar de encuentro para la familia y los amigos, que se reúnen en la gran cocina, bajo el tragaluz. “Este es mi lugar favorito. Aquí se producen las conversaciones entretenidas, el compartir todos juntos con una taza de café”. Verónica heredó el amor por la cocina de su madre.
“La Chepita”, como la llaman todos, era una amante de la cocina y la decoración. “Todo lo hacía bien”, cuenta Verónica. “La mamá cocinaba maravillosamente bien, decoraba maravillosamente bien, era una gran maestra en todo. La máxima de las máximas mujeres chilenas”. Con esta escuela, no es raro que su estilo se respire en cada rincón, nunca tuvo estudios formales de decoración, pero lleva en la sangre el buen gusto de la familia Mekis, que también se puede ver en la tienda que tiene en Vitacura. En este espacio vende cojines, pieceras, cuadros, toallas y lámparas, todo bordado a mano por mujeres de Vichuquén. Este proyecto, que empezó en 1998, partió como una pequeña empresa familiar para ayudar a la comunidad de esa zona en la VI región y fue creciendo como una bola de nieve: ahora exporta sus creaciones a Estados Unidos y Europa.
En su casa, la herencia de la Chepita se nota: Basta poner un pie en esta casa para notar esta herencia: géneros floreados y jarrones se mezclan sin miedo con los cientos de cuadros que llenan las paredes. Acá la decoración sale de la guata y del alma. “Mezclo. Me encanta lo clásico con lo moderno, encuentro que es la meta para llegar a algo entretenido”.
Lleva sólo dos años en esta casa y ya se siente como un lugar vivido, lleno de energía y de historia. “Yo soy así. Soy bien intensa, me gusta el calor de hogar y que los niños conviden gente. Las casas me quedan bien acogedoras, las armo y a los dos días parece como si llevara 10 años”. En todos los rincones hay algo que delata la mano de Verónica: está su “mesa de los muertos”, un pequeño altar con fotos de sus padres, su hermano y otros familiares; está el biombo enorme que se asoma detrás de la cuja francesa que atesora hace 25 años; un pescado gigante de metal colgando en la mitad de la cocina y las miles de revistas apiladas bajo la mesa de centro en el living.
Como ella misma dice, esta es la casa de sus sueños. “Me mata la entrada, porque por fuera no dice nada y adentro es exquisita. También la luz que llega a mi pieza en las mañanas y que inunda el living en las tardes. ¡Hasta los árboles me fascinan!”. |
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