Artistas a bordo
POR SOFIA ALDUNATE // FOTOS ANA MARIA LOPEZ
Esta casa es libre, suelta y espontánea, como sus dueños. El arquitecto Cristián Fernández, su señora y sus cinco hijos lograron ablandar su sólida estructura con mucho arte, música y permanente movimiento.
Es una gran casa. Por eso –y sobre todo por eso– es que sus dueños le pusieron especial empeño en no “apitucarla” por dentro. Relajados, artistas y espontáneos, ablandaron las estructuras de hormigón, las maderas teñidas oscuras, la piedra y los enormes ventanales con pinturas, fotos, instrumentos y mucho, mucho movimiento. La casa del arquitecto Cristián Fernández, su señora Isabel Soublette y sus cinco hijos es de alto flujo, de un desorden organizado que le da mucha vida y auténtico carácter.
Encaramada sobre el cerro Manquehue, este lugar es impactante y muy temperamental, como todos los espacios que ha colonizado esta familia y que no han sido pocos, a la pasadita contaron más de doce (varias de las cuales hemos publicado en la revista). Y es que Cristián tiene un reconocido buen gusto y sencillo refinamiento. La casa en Peñalolén estaba hecha de barro, paja, madera, tierra de color y su diseño era bien moderno; en Zapallar, donde estuvieron seis años, invadieron y restauraron una legendaria construcción del siglo pasado y esta última, fue pensada ante todo, como un espacio para estar y vivir, aunque insisten que todavía es más formal que ellos.
Cuesta encontrarle esa formalidad. Obviamente los materiales son de lujo y el arquitecto también (valga la mención, pese a la humilde petición de su dueño de figurar lo menos posible), pero es tan potente la impronta que esta familia le da a los lugares que los suelta espontáneamente. El living, por ejemplo, un cubo grande con el comedor integrado, en principio muy frío y con eco, terminó convertido en un espacio hasta con escritorio, computador, lápices de colores, guitarra, violonchelo, atril, guitarra y “el Yahoo” (el perro salchicha) incluido. “Parece que nuestro estilo de vida se apoderó de todos los rincones”.
Y es cierto. Aquí no hay decoración, sino que la suma de cosas que han juntado a lo largo de la vida: muchos muebles diseñados por Cristián; pinturas hechas por Isabel y sus hijas y fotografías (Tatán y su hijo menor son grandes fotógrafos). Cristián nos cuenta que mientras construían esta casa se instalaron en una bien chiquitita, donde supuestamente estarían ocho meses (resultaron ser tres años). Ahí fueron inmensamente felices, porque nada les puede gustar más que estar unos arriba de otros, bien achoclonados. Cuando finalmente se cambiaron, todos quedaron descolocados, incluso una de las niñitas lloraba porque no se encontraba con nadie, era tan grande en comparación a la otra que se sintió completamente desamparada.
Se le pasó rápido porque esta casa moderna, de volúmenes limpios y abstracta, es también muy acogedora. Arrinconada contra el cerro y obviando la panorámica vista a Santiago (sólo se ve a través de puntos específicos), de día es muy luminosa gracias a los enormes ventanales, entretenidos juegos de luces y tragaluces que la recorren. Al atardecer queda en penumbras y son mínimos los destellos (todos indirectos) que rompen el misterio. Aquí no hay ningún foco en el techo, están todos escondidos en rincones estratégicos que le dan un aire bien dramático y todos se manejan con dimmer.
Muy vinculada con el exterior, las terrazas son una prolongación natural de ella. Según el dueño, como el terreno era tan empinado hacer un jardín convencional era muy complicado, por lo que la rodearon de lindos patios que estuvieron a cargo de los paisajistas María Luisa Montt y Jorge Prieto. La naturaleza aquí es muy fuerte y se tuvieron que adaptar a ella. Es más, la construcción se hizo en función a un enorme quillay que hay en la entrada y que obligó a su dueño a desplazar el proyecto y apretar la planta con tal de no echarlo abajo. Y el árbol se nota agradecido porque en estos dos años con la familia, está –según ellos– más lindo que nunca.