Buena mano
POR MARIA JESUS CARVALLO // FOTOS ANA MARIA LOPEZ
Cocina exquisito, le encanta la decoración y corre todas las maratones que puede. La holandesa Caroline Cable sabe cómo gozar cada minuto del día y su departamento en Jardín del Este, en Vitacura, es el mejor reflejo de su espíritu.
Sus amigas le dicen Martha Stewart, porque todo lo que hace le resulta perfecto, pero Caroline Cable no se lo toma tan en serio. Holandesa, llegó a Chile hace 35 años junto a su marido –un inglés muy simpático que venía con la misión de abrir una oficina de exportaciones de harina de pescado–, y sin imaginarse se instalaron aquí de por vida.
Simpática, entretenida y con mucho mundo –ha vivido en diferentes países, desde Sudáfrica hasta Angola–, Caroline es de esas mujeres gozadoras y que disfrutan hasta con lo más simple. Práctica y muy europea para sus cosas, está acostumbrada a hacer todo sola. No tiene nana y es ella misma la que ordena la casa, prepara los platos más exquisitos, da clases de cocina de vez en cuando y, además, tiene tiempo para practicar todos los deportes que uno se pueda imaginar. “Siempre cuento que mientras me lavo el pelo, paso con el pie el pañito con Cif en la tina. Así me multiplico”.
Sus mañanas son sagradas. Se levanta al alba y al menos una vez a la semana parte junto a su marido Anthony, su hija Valesca y los perros de ésta, a correr por el Parque Araucano donde un entrenador “les saca la mugre”. Caroline ha participado en las maratones de Santiago, Nueva York y París, prefiere mil veces andar en bicicleta antes que en auto y le encanta el tenis y la natación.
Llegó a Santiago en 1976 y se instaló en una casa en la calle Holanda. Más tarde se cambió a San Damián y luego a una preciosa parcela en Peñalolén Alto. Pero, a pesar del aire puro y del envidiable jardín, se dio cuenta que estaba demasiado lejos y que ir a cualquier parte se había transformado en una complicación. “No se puede tener todo en la vida. Tuve que optar y elegí la seguridad y lo fácil. Después de mirar muchísimos edificios y torres enormes encontré este departamento en Vitacura que me gustó por su ubicación, su baja altura y porque da la sensación de estar en una casa. Y como lo quería tanto, a mi marido sólo le mostré dos alternativas: uno horrible y éste, y obviamente eligió el mejor”.
Diseñado por Jorge Figueroa, son 200 metros cuadrados divididos en dos pisos. Arriba están los dormitorios y abajo, el living, comedor, la cocina, un escritorio y la pieza de servicio que transformó en su oficina. Una de las cosas que más le gustó fueron los detalles que tenía la construcción, como los marcos de madera de las puertas, las ventanas tipo lucarnas en los dormitorios, la triple altura en la entrada y las terrazas.
Decoradora innata, estudió diseño de modas en Amsterdam y cuando llegó a Chile, siempre cuenta que fue con una sola maleta, pero con su máquina de coser a cuestas. En este tiempo ha tenido varios negocios, una tienda de géneros en Alonso de Córdova, ha vendido ropa –se hizo famosa por ser la primera en traer la tela de polar a Chile–, hizo los primeros pilotos de los departamentos del hotel W y ahora trabaja junto a dos de sus hijas en proyectos de decoración. Tiene ojo, sabe y durante los 15 años que ha vivido en este lugar lo ha remodelado y arreglado varias veces. Entre los cambios, reemplazó la alfombra original por parquet, empapeló los dormitorios y trasladó el comedor al sector donde antes estaba el living. “En un viaje a Holanda vi una enorme mesa de 4 metros de largo y me encantó el concepto. Se transformó casi en una obsesión y quise hacer lo mismo en mi casa. Una vez en Chile, mandé a hacer una mesa para 16 personas con maderas de demolición. Como no cabía en el comedor, di vuelta los muebles y la puse donde antiguamente estaba el living. Me gusta porque uno se queda conversando ahí por horas”.
La cocina fue otro de sus proyectos. La cambió completamente a partir de un libro, renovó los muebles, los pintó de negro, reemplazó las cubiertas por unas de mármol, puso un comedor de diario, instaló una repisa para guardar aliños y barras para colgar los accesorios en los muros.
Inspirándose en revistas y también siguiéndole la mano a diseñadores como el egipcio John Stefanidis y la belga Isabelle de Borchgrave, Caroline armó este departamento con una mezcla de objetos. Muebles heredados de sus papás, algunos del Parque de los Reyes, otros mandados a hacer con maestros, piezas de Chimbarongo, varias obras de arte, además de fotos familiares en cada rincón. “Más que un estilo inglés, aquí se ve el mío propio y personal. He viajado y vivido en varios países y tengo mucho de todo. Aunque sigo el concepto de ‘menos es más’ y me resulta bien a la hora de vestirme, en mi casa no tanto, porque me gusta tener las cosas a la vista, si las guardo mejor las vendo”.
Otro de sus grandes placeres es la cocina, tanto que sus amigas se ríen de ella y de sus hijas, porque el gran tema de conversación siempre gira en torno a lo gourmet. Aprendió sola a partir de libros –tiene más de 300–, también en viajes, recopilando recetas heredadas y probando y echando a perder mil veces. “No me quedó otra, tenía que cocinar tanto que terminó gustándome”. Y se nota. Para el día de la entrevista nos hizo una crema de porotos negros exquisita con una salsa de tomates en cuadritos, ensalada y focaccia, un pan italiano que se ha transformado en su última gran innovación. “Una amiga me dijo un día que por qué no le hacía clases. Lo pensé y le pregunté a una de mis hijas y ella me contestó: ‘¿Si tú no puedes, quién?’, y me decidí”. Durante varios años hizo cursos tres veces a la semana, pero ahora los reemplazó por sus trabajos de decoración.
Además de la comida, también le encanta arreglar la casa para las visitas, “disfrazarla”, como dice, con velas, individuales lindos y accesorios originales que todo el tiempo está renovando en cada viaje que hace. “Antes llenaba la maleta de arroz basmati, lentejas rosadas y jengibre, pero como ahora todo eso lo venden en Chile, compro individuales, servilletas y esas cosas, que acá son todos muy parecidos”. Como buena holandesa, las flores son una obligación y nunca faltan, va al terminal todas las semanas e incluso tiene floreros especiales, como unos bien originales para los tulipanes. “Uno come por los ojos, por eso es importante tener un lugar atractivo que acompañe, porque un buen plato no es todo. Pero no hay que esclavizarse, es mejor producir cosas que ‘lookeen’ bien pero que sean fáciles. Me gusta todo lo que se pueda preparar antes y sólo calentar en el último minuto, para no estresarme y además estar elegante y con los tacos altos cuando lleguen las visitas”. Eso sí que cada vez que tiene tiempo, hace recetas más trabajosas y las guarda para comidas futuras, como rollitos de masa philo, wantanes, salsa de tomates y pesto. “Con eso matas a cualquiera”.
Proyectos tiene muchos y cuando baja el trabajo en su oficina se enfoca en su casa y empieza a cambiar telas y mover muebles. “El otro día se me ocurrió que podíamos poner la cocina donde está ahora el living, pero mi marido me miró con cara de espanto y entendí que era demasiado”.