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DECORACION


ED Nº 196, Agosto 2011
Claroscuro británico 
 

DESDE LONDRES, POR JUAN JOSE RICHARDS ECHEVERRIA // FOTOS IGNACIO ACOSTA

Claroscuro británico

Tras las ramas que recolecta y las flores con las que realiza sus ofrendas, se pueden ver los álbumes de fotos de sus viajes.

Claroscuro británico

El contraste entre los volúmenes iluminados y el fondo en penumbra, guiña a la técnica utilizada los pintores flamencos durante el siglo XVI que derivó en el tenebrismo.

Claroscuro británico

El interior de este departamento en Cromwell Road fue pintado completamente de negro.

Claroscuro británico

“Aún en los más mínimos movimientos cotidianos, puedes hacer yoga”, cuenta Narmada, quien realiza su práctica a diario, de madrugada.

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Iluminado únicamente por un juego de velas y la sutil luz natural que entra al interior, este particular departamento evoca los fuertes contrastes pictóricos del cinquecento. El humo del incienso y las imágenes hinduistas en sus murallas remiten a la India, pero lo cierto es que esta ubicado en pleno corazón residencial de Londres. Su dueña es Narmada, una santiaguina que decidió hace años desprenderse de sus posesiones y vivir con lo mínimo, sin transar nunca su sensibilidad por la luz y la belleza.
 

Narmada es uno de los siete ríos sagrados que corren en la India para los hinduistas, y la palabra en sánscrito con la que se denomina a  “quien está dotado de felicidad”. Pero también es el nombre estampado en el pasaporte inglés de Ada Goycoolea Zerbi: “No me preguntes cuándo, porque no sé de números, pero llegando a Inglaterra, después de un largo viaje por la India y otros países, aquí los ingleses me pusieron en policía internacional “Cuatro Equis” (XXXX) , imagínate que coquetería”, cuenta risueña. “Ahora, por gracia de la repetición y tras algunos trámites, mi nombre es Narmada Narmada”. Rodeada de pétalos de flores silvestres que decoran su departamento, velas, imágenes religiosas y humo de incienso, Narmada (hermana de Patricio Gooycolea, el monje zen que entrevistamos en octubre del año pasado) se pasea tranquilamente esparciendo brillantina entre las plantas de interior que aquí crecen, lo que las hace resplandecer levemente.

Las murallas, el techo, la cocina y el baño están pintados completamente, hasta el último rincón, de negro. “El negro es la suma del arcoíris y como fondo para la luz de las velas hace aparecer todos los colores”, dice mientras enciende un gran cirio rojo junto a la imagen de Shiva, se inclina y murmura una oración. Luego se sienta en el suelo en postura de loto, cruzando grácilmente las piernas y sonríe.

Desde fuera, nada en la fachada del edificio de Cromwell Road, en pleno corazón residencial de Kensington, hace imaginar cómo será por dentro el departamento de Narmada. Las fachadas de cuatro pisos de ladrillos se repiten idénticas a lo largo de la cuadra como en una clásica postal londinense, pero aquí dentro la atmósfera es propia de una pintura de Caravaggio, construida, radical. La luz natural que entra por la ventana de la sala y la cocina ilumina sólo algunos elegidos rincones en la penumbra del negro. Hay pequeños altares, una galería de pinturas y retratos hechos por sus amigos en el pasillo principal, imágenes de Buda y Ganesh, pétalos de flores en las murallas y amuletos. Rosas y liliums. Bajo un vitral que ella misma realizó sobre la puerta, hay un Om pintado en dorado junto a una pequeña biblioteca con libros de arte, literatura y filosofía. Ahí, a un lado, se abre un rincón para dejar los zapatos pues el resto del piso se recorre descalzo.

“Hasta aquí llega gente de todas partes del mundo. Artistas, músicos, viajeros, familia, amigos, de todo. Todo el que saluda con un Sita Ram en la puerta, es bienvenido”, dice cálida Narmada, quien practica yoga a diario, se levanta antes del amanecer y vive con lo mínimo. “Aprendí a desprenderme de lo material en la India, donde llegué cargada con cámara, trípode y una mochila enorme llena de cosas, pensando que iba a conquistar el mundo. Pero pronto comprendí que no necesitaba más de lo que traía puesto”, asegura esta hermosa mujer, de ojos verdes dorados, flaquísima, que lleva el pelo cortado a ras de la cabeza por opción desde hace años.

Narmada es acogedora, atenta y buena conversadora. Risueña y sensible: “Me gusta la belleza y he creado aquí un espacio que para mí es bello”, asegura. Al preguntarle qué es exactamente la belleza responde sonriendo que todo: “Todo es bello, Ram, Sita Ram”. Y repite nuevamente este mantra que significa libertad.

En los estantes que rodean la sala hay piedras que ha recogido en Japón, junto a caracolas de la playa de Cachagua. “Cuando voy viajando, voy mirando y voy eligiendo pequeñas cosas que me voy trayendo, en mis cuadernos o en mis bolsillos. Así armo estos rincones sagrados”, cuenta con voz ronca.

Ha viajado incansablemente desde su juventud y evoca sus experiencias con alegría. “El pasado ya ha pasado y el presente todavía no ocurre”, dice contemplativa. Durante la tarde va encendiendo velas de diferentes tamaños a distintas alturas del departamento. Están dispuestas en el suelo, en repisas y sobre los estantes. ¿Por qué? Buscan reproducir el brillo del río Narmada, en el Golfo de Cambay. “Narmada nace de una lágrima de Shiva y el caudal del río es la gracia de Shiva bailando”, cuenta mientras afuera lentamente atardece sobre Londres y la luz en el interior se vuelve cada vez más irreal y envolvente, y Narmada continúa muy serena, sonriendo.


 

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1 Comentarios 

jacqueline Koch
Publicado Martes 6 de Septiembre, 2011 - 21:09 hrs.
Lo que comenta el articulo no es muy diferente, tendria que verlo, podria ser interesante.

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