Contemporáneo hasta la médula
POR ANA CARDINALE // FOTOS RICARDO LABOUGLE
En lo que fue una antigua fabrica de bolsos al sur de Londres se encuentra la galería y la casa de David Gill, un importante galerista de arte contemporáneo. Su estilo de vida y forma de decorar es consecuente con lo que hace: experimentar sin limites ni prejuicios.
David Gill es uno de los galeristas de arte contemporáneo más hot de Londres. Un oriundo de Zaragoza que en los años 70 se fue a estudiar Historia del Arte a la capital británica y se quedó para siempre. Primero trabajó en los departamentos de Arte Moderno y Old Masters de la sala de subastas Christie’s y abrió su galería en 1987, especializándose en el diseño francés del siglo XX. En 1989 fue el primer galerista londinense que produjo obras en edición limitada.
Su casa, en la que expone una gran colección de nombres sagrados, es una prolongación de su galería. Se encuentra en el barrio de Vauxhall, un suburbio marginal en el sur de la ciudad, en una construcción de ladrillos a la vista de tipo industrial del siglo XIX que en el pasado fue una fábrica de bolsos, luego un estudio fotográfico y también taller del famoso diseñador Tom Dixon. Curioso contraste con el vecindario, donde se ven aparecer grandes limusinas de las que bajan personajes como Elton John, Jerry Hall o Madonna. “Me trasladé aquí en 1998, por entonces la apuesta era muy arriesgada, pero pensé que finalmente lo que importaba era estar a diez minutos en taxi del Claridge’s, el hotel donde se alojan mis clientes cuando vienen a Londres”.
En el espacio, de casi 3.000 metros cuadrados, se encuentra la galería, las oficinas y un departamento de 4 metros de altura. “Como todo, es muy simple, esencial, básico. En mi primer opening, Ron Arad se ofreció para hacerme el proyecto de rehabilitación. Yo le contesté que nunca podría permitirme contratarle como arquitecto, aunque insistió en que no me preocupara. Quise hacer algo que conservara el encanto del edificio, que no se convirtiese en una pieza de autor en sí misma”. En lo más alto está su casa, que sigue los mismos patrones de la galería: paredes blancas, grandes ventanales, focos de luz, vigas de hierro vistas y pisos de cemento. Tiene un gran ambiente central al que se accede a través de recodos desde las distintas piezas, sólo hay puertas en los baños y la cocina. El conjunto es de una extraña armonía en base a piezas completamente diferentes entre sí, sin un hilo conductor. En el living, por ejemplo, se mezclan obras de arte de mucha personalidad, como una mesa de vidrio y hojas de oro de Yves Klein, una pieza de silicona de Paul McCarthy y un sillón de terciopelo violeta, diseñado por Eugène Printz en 1935. “Mi casa es un verdadero laboratorio, cuando encuentro algo que me seduce, lo traigo a la casa y lo observo unos días”.
David Gill ha realizado también proyectos con diseñadores y artistas a los que motiva a cambiar de medio, a experimentar y a hacer incursiones en nuevos territorios, como Mattia Bonetti, Grayson Perry, Jaime Hayón, Martin Creed, Fredrikson Stallard o Zaha Hadid.
Es de esos raros galeristas que trabaja en relación directa con sus artistas, y que además financia y produce las piezas que exhibe.