De mundo
POR SOFIA ALDUNATE // FOTOS ANA MARIA LOPEZ S.
La decoradora Maggie Larraín, su marido y dos hijos vivieron muchos años fuera de Chile. Cuando volvieron se instalaron en esta casa, la que no sólo cargaron con su historia y recuerdos, sino también con muebles comprados alrededor de todo el mundo.
Esta casa a los pies del cerro Manquehue, con una extraordinaria vista, fue pensada para instalarse y contemplar esos gloriosos días de invierno sin smog y con la cordillera nevada hasta sus tobillos; el enorme magnolio florecido que resplandece en la primavera; los calurosos días de verano bajo los antiguos árboles y las románticas tardes de otoño con una panorámica vista a todo Santiago. Sus cinco mil metros de precioso jardín, la enorme piscina, terraza, living, salita y comedor dan para todo tipo de contemplaciones y eventos.
La gracia es que aquí son todos bienvenidos. Maggie Larraín, su marido Raúl Rivera y sus hijos Amalia y Matías llegaron a Chile el 2001, antes vivieron en San Francisco, Madrid y Buenos Aires, así que junto con el retorno decidieron abrir las puertas de su casa y reencontrarse aquí con sus familiares y amigos. De California se trajeron la eficiencia y comodidad típica de los estadounidenses; de España, el arte, la buena mesa, la cultura y la historia, y de Buenos Aires, la amistad, encanto y cordialidad propia de los bonaerenses. Todo eso y muchos muebles, sofás, antigüedades, mesas, sillas, libreros, libros y más. En resumen, esta es una casa de mundo, igual que sus dueños.
Cuando todavía vivían afuera, Maggie y Raúl decidieron comprarse esta construcción con la intención de, una vez de vuelta en Chile, arreglarla e instalarse. Pasaron muchos años antes de hacerlo y mientras tanto fueron repasando y estudiando cómo sacarle el mayor partido a todo su potencial. Cuando llegaron unieron fuerzas con el arquitecto Pablo Varela y entre los tres botaron paredes y levantaron otras, subieron los techos y bajaron los pisos. Aprovecharon su valiosa base –de paredes anchas y buenas estructuras– y la hicieron prácticamente de nuevo. Todo con la intención de transformarlo en un lugar lleno de luz, espacios amplios y proporciones armónicas.
Maggie estudió interiorismo en España y desde que volvió a Chile es miembro de la Asociación de Decoradores (AdD), de la que actualmente es directora. Título y cargo le hacen honor a su casa, porque aquí se nota la mano de alguien que sabe y le gusta el tema. Y no sólo porque hay muchas cosas lindas y buenas, sino porque, como ella misma dice, este lugar es sobre todo armónico, rico, vivible, simple, a pesar de las antigüedades, marqueterías y herencias.
La luz y los libros son la debilidad de Maggie y por supuesto todo lo que tenga que ver con ello: grandes ventanales, tonos ad hoc, bibliotecas y buena lectura. Para ella, una pieza sin libros es como un cuerpo sin alma. Ahora está de cabeza en el libro Eat, pray and love, el mismo que inspiró la película homónima con Julia Roberts, sobre una mujer que va a Italia a comer, a la India a rezar y a Indonesia a amar luego de una dolorosa separación. Obviamente también goza con la decoración, tiene cientos de revistas, si está de viaje no se pierde feria y tienen muchos proyectos funcionando, sobre todo de particulares. Y aunque su casa es más bien clásica y de tonos claros, asegura que no le tiene miedo a los colores y las texturas.
Su marido opina bastante y juntos hacen una muy buena dupla. Concordaron en los colores, los pisos claros, los guardapolvos sobredimensionados y las puertas de gran altura. Entre los dos compraron un mueble en Florencia con 500 años de historia, lo envolvieron en una frazada, lo subieron al auto y viajaron por Europa con la reliquia a cuestas. Juntos y con la ayuda de su amigo, el decorador argentino Luis Galliussi, descubrieron una consola –antiguamente dorada– que según ellos marca a fuego el estilo despojado de esta casa.
El jardín es mérito de Raúl y su fiel jardinero. Con la ayuda de María Teresa Chadwick (tía de Maggie), quien los orientó un poco y les sopló un par de consejos, entre los dos han desarrollado un lugar fantástico, lleno de rincones, con una buena mezcla de árboles de flor chilenos, sencillas y agradecidas plantas con otras más sofisticadas. Todo en medio de piedras rescatadas de un antiguo convento, una gran piscina también de piedra reconstituida y una insuperable vista a Santiago.
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