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DECORACION


ED Nº 194, Junio 2011
Embajadores de la amistad 
 

POR CONSTANZA LOPEZ G. VICERRECTORA DE COMUNICACIONES DE LA UNIVERSIDAD FINIS TERRAE // PRODUCCION IGNACIO PEREZ-COTAPOS // FOTOS ANA MARIA LOPEZ

Ubicada en Jardin del Este

La residencia de la Embajada de Perú tiene un espectacular jardín de 5 mil metros cuadrados.

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En la biblioteca

Pinturas contemporáneas y virreinales traídas por este matrimonio. Sofá Matta, lámpara de lágrimas francesa de 8 luces y mesa de centro laqueada.

En el salón principal

Cómodas con marquetería, lámpara de lágrimas francesa de 14 luces con cristales de prisma y biombo holandés de cuero pintado.

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En otro sector de la biblioteca

Sofá estilo Matta y óleo Las Palabras, de Ramiro Llona.

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Desde el hall de entrada

Se ve la terraza y parte del jardín. En el muro, apliqué art nouveau. Al fondo, candelabros y anfora de bronce.

Vista del salón principal

Cómoda de la izquierda es italiana. Sobre ella, imagen de la Virgen del Rosario. Cómoda de la derecha es francesa del siglo XVIII.

En el jardín

Y sobre el gran hacer japónico, Explosión, escultura de Sergio Castillo.

En la sala de estar

Butacas de estilo francés, mesas laterales de vidrio con borde de bronce y caja de madera con plata labrada.

En el salón principal

Consuelo Salinas y Carlos Pareja.

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La residencia de la embajada de Perú es una maravillosa casa proyectada por Jaime Sanfuentes. En esos espacios majestuosos, Carlos Pareja y Consuelo Salinas han impreso su sello personal y el de su país. Amistosos y grandes anfitriones, reciben frecuentemente con la mejor gastronomía peruana sobre la mesa.
 
 

Dos veces antes habían vivido en Chile. A fines de la década del 70, recién casados, y entre 1993 y 1997. Pero esta es la primera ocasión en que vienen como embajadores. Y, más allá de la responsabilidad que les cabe en las relaciones entre Chile y Perú, el rango los dejó instalados en una magnífica casa ubicada en Jardín del Este.  

Esta es una de las veintitantas casas que Jaime Sanfuentes proyectó durante los 60 en Jardín del Este, urbanización que Emile Duhart había realizado en 1957. El gobierno peruano la adquirió a Agustín Edwards Eastman en 1972 y desde entonces es la residencia oficial de los embajadores.

“Les voy a mostrar algo”–dice Carlos y toma un grueso libro de una biblioteca–. “Este texto dedicado a la obra de Jaime Sanfuentes me lo regaló Enrique Browne”.

Mientras lo ojea, en la terraza, bajo los añosos árboles ya teñidos de amarillo, Consuelo Salinas de Pareja posa para la foto. Alta, rubia y buenamoza, conversa relajadamente. Comenta la novela de Alonso Cueto que está leyendo; las consecuencias políticas que tendrá para Francia el escándalo de Dominique Strauss-Kahn y los desafíos que el desarrollo acelerado impone a sociedades como la chilena y la peruana.

Al oírla a ella y a Carlos, sueltos, de conversación fácil y cálidos, resulta simple entender por qué esta pareja ha hecho tantos amigos en Chile. Prueba de ello es que conocen el país de norte a sur y buena parte de esos recorridos los han hecho convidados por distintas amistades: campos en la zona central, Atacama, Punta Arenas, Puerto Williams, Todos los Santos.
“Uno de los aspectos que me impresiona de los chilenos es lo mucho que disfrutan su país”, comenta el embajador. “Todo lo que recorren, lo mucho que esperan el cambio de estaciones…”. “En general son muy acogedores”, añade Consuelo mientras pide café y reparte galletas La Fête. “Pero tengo la sensación de que lo son aún más en el campo o en la playa; parece que de alguna manera están más cómodos y relajados”.

MEZCLA INSOSPECHADA

“¿Qué tiene de ustedes esta casa?”, les pregunto cuando comenzamos a recorrer esos salones enormes de techos altos y grandes ventanales, en los que el espacio exterior se une visualmente con el interior, quizá una de las características más marcadas de la arquitectura de Sanfuentes. “Nuestros objetos personales, pinturas contemporáneas y virreinales, que le dan un sello más peruano", dice Consuelo. Pero se queda corta.

Llegaron en 2009, y trajeron con ellos no sólo sus cuadros y alfombras, sino también muchos adornos, a los que se encargaron de buscarles lugar. Además cambiaron varios muebles de ubicación y otros fueron retapizados. No era fácil, porque la casa es muy dominante en términos arquitectónicos y porque además de su propio gusto, debía conservarse la presencia de Perú en la decoración.

Cuenta el embajador: “Al principio no sabíamos qué hacer con esta casa tan grande y tan especial. Y en una comida conocimos a un artista y decorador canadiense. Le solicitamos ayuda. Él nos pidió que tuviéramos las paredes completamente despejadas y todos los cuadros en el suelo, apoyados contra los muros. Trabajó 12 horas sin parar. Combinó lo virreinal con lo moderno y lo europeo. Me costó creerle que iba a quedar bien”.


 

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