Encantadora
POR MAGDALENA BOCK // PRODUCCION IGNACIO PEREZ-COTAPOS // FOTOS VICENTE GARCIA MEKIS
Fotografiamos la casa de campo de Manene Larraín y Herman Chadwick en Catapilco, un lugar precioso, con toda la gracia de sus dueños y las comodidades de un petit hotel.
"Ya pues, dejen de sacar fotos y almorcemos mejor”, dice Manene Larraín a la media hora de haber llegado a su precioso campo en Catapilco, mientras comíamos un aperitivo exquisito y muy abundante (después nos ofrecía las piezas para la siesta). Aquí todo es en abundancia la verdad, la comida, las flores, la luz, las chimeneas, la generosidad de sus dueños, las risas…
La Manene es famosa por recibir bien, una dueña de casa de lujo y productora innata. “A ella le sale todo fantástico, aunque en el fondo es sencilla, bien al lote”, dice su amiga Luz María Edwards, que la conoce de toda la vida y está más dispuesta a hablar de sus talentos. “Ah no preciosa, a mi no me pregunten nada, qué voy a decir, si esta casa no es nada especial”, dice Manene con sus anteojos grandes mientras se para bien rápido para ofrecer un cuanto hay, “es que no me gusta la farsantería”, nos aclara.
Estas páginas estarían en blanco si no fuera porque la conocemos de siempre y porque ya hemos publicado todas sus otras casas. La de Santiago, en Alcántara, donde ha vivido desde los 9 años, una casa ícono de El Golf, que compró su marido, el abogado Herman Chadwick al poco tiempo de casarse, y donde sus cuatro hijos crecieron y crearon los más lindos recuerdos de un lugar abierto para todos los amigos del colegio, que aunque ya son grandes y tienen sus propias familias no se olvidan de los té con que los recibían. “Mi casa es el centro de todo, la garita, como le puso mi marido, nos gusta la cosa aglutinada, a veces entro a la cocina y me encuentro con que mis nietos salieron del colegio y se fueron a comer cosas ricas a la despensa”.
Hace unos años también fotografiamos las dos casas de Zapallar, construidas en el mismo terreno, pero separadas por completo por la piscina y un gran jardín, para poder veranear con todos los hijos, nietos, amigos, con comodidad e independencia.
Además de sociable, este matrimonio es muy estético, él sabe de muebles antiguos, ella compra en cualquier parte, tiene buen ojo y mucha gracia, juntos han viajado harto (aunque a la Manene le dan susto los aviones), lo que indudablemente afina el ojo y llena los espacios de recuerdos y cosas con historia traidas de afuera.
Desde chica pasaba largas temporadas en el campo de su papá, así que siempre tuvo ganas de tener una casa de campo. Después de mucho buscar, y de no encontrar lo que quería, decidió arreglar esta sencilla casa de campo en Catapilco. “Una amiga que murió, la Purrita Correa, me trajo a este lugar. Yo le decía no me puedes dejar sola aquí porque le tengo miedo a las arañas, los bichos…”.
Lo primero que hizo fue abrirle ventanas, pintar todos los muros por dentro y por fuera en color topo –“color mugre”, dice ella, “estoy cansada de estar pintando todo el tiempo la casa blanca de la playa”–, cambió los pisos, los baños y la cocina y la amplió con un largo corredor, que tiene una gran chimenea en cada extremo, y que hace las veces de un winter garden. Manene ha construido un winter garden en cada una de sus casas, “porque me gusta esa cosa suelta y casual, menos arreglado que un living”.
Casi toda la decoración es en tonos blancos y beiges, bien fresca, luminosa, con varios muebles de la tienda de Enrique Concha, otros mandados a hacer con “Josesito Silva” de Catapilco, de los anticuarios de Mapocho, objetos de viajes y uno que otro de algún remate.
Perfeccionista como ella sola, aunque no vienen muy seguido a esta casa –“nos quedó chica, la pensé para venir más sola con Herman y finalmente me di cuenta que la cosa sin niños es triste”–, todo funciona tiqui taca. Sus nanas ya saben que si abren las cortinas tienen que quedar al mismo nivel, que todo tiene que estar impecable y que las lámparas se prenden día y noche, aunque haya sol radiante –“encuentro que le da una cosa lo más europea que hay”– y que la buena comida es parte fundamental para recibir a los invitados. “No soy de las que cocina mucho, pero dirijo harto y me ayudo con gente que me ayuda”.
Pensando justamente en lo buenos que son para convidar, hicieron un gran quincho, con dos mesas de comedor, un gran mesón, chimenea, y una de las vistas al jardín más lindas. Este lo diseñó la paisajista Margarita Alamos con muchas especies de la zona, como olivos, espinos, rosas, agapantos. Ella tiene casa muy cerquita de ésta, así que conoce el terreno al revés y al derecho. La Manene lo mantiene eso sí, es lo que más le gusta hacer cuando está en el campo, “porque ya no estoy para la piscina”, dice con su risa característica; también plantó un huerto precioso y bien surtido y ahí, debajo de un árbol, una virgen que durante el Mes de María tiene toneladas de flores a sus pies.
Después de almuerzo salimos en auto a recorrer el campo, 175 hectáreas de árboles y naturaleza. “La casa ya está lista”, dice la Manene en el trayecto, “así que ahora ya tengo ganas de cambiarme. Por mí decoraría las casas y me iría… Será porque vivo desde chica en el mismo lugar, pero siempre tengo ganas de cambiar”. Nosotros no hubiéramos cambiado este panorama por nada.
1 Comentarios
Desde ya, muchisimas gracias,
ATTE,
Claudia Reyes H.