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DECORACION


ED Nº 175, Marzo 2010

El living

Está lleno de objetos antiguos, así como materiales y detalles encontrados en demoliciones, como las puertas que fueron hechas por el dueño de casa. El muro es de piedra de la zona de Alhué, el licorero francés y las sillas del fondo son iguales a unas que hay en la casa de Pablo Neruda.

Esta casa fue hecha hace sólo 16 años

Aunque parece como si hubiese estado enclavada ahí hace más de 100. Tiene "olor a antiguo" –como dicen sus dueños– y desde la arquitectura hasta la decoración siguen esa idea.   

Sobre el sillón

Cuadros del pintor español Martin, el reloj es suizo comprado en un campo y la mesa de centro fue hecha con restos de algunos mobiliarios de la mamá de Guillermo que se destruyeron en el terremoto del 85.

Sobre la chimenea

Casitas de música inglesas y cuadro pintado por su mamá y en el que se lee un poema de Neruda.  

No se botó ninguno de los árboles del sector

En el comedor

El cuadro, pintado por un norteamericano, fue regalo de un amigo.

El bar

Fue hecho con un mesón antiguo de la Botica Huérfanos.

Cocina

Es uno de los lugares más lindos de esta casa. Los muros y los pisos son de Baldosas Córdova y muchos de los objetos fueron comprados en demoliciones y farmacias antiguas.

El lavatorio es parte del baño principal

La cómoda es parte del baño principal

Silla

Es parte de un juego de muebles que eran de la mamá de Guillermo.  


Hasta que en 1941 don Ladislao Errázuriz y su señora Blanca Pereira decidieron empezar una nueva historia. Compraron estos terrenos para instalarse y hacer crecer la familia. Fue así que en medio de estos parques preciosos nacieron sus hijos, se casaron, de a poco se fueron construyendo sus propias casas. Hoy no hay feriado, fin de semana o día del verano que no se junten a aprovechar al máximo este proyecto.

Entre ellos está el nieto Guillermo o Willie, como todo el mundo lo conoce, quien desde muy chico tuvo claro que El Peumo sería donde “echaría sus huesos”. Incluso cuando se puso a pololear con la que hoy es su señora planearon juntos esta casa y eligieron levantarla justo donde antiguamente estaba ese pequeño refugio de los primeros fundadores en el que, como dicen algunos, además de guardar los trineos para bajar a la playa, se dormía la siesta luego de las largas caminatas a caballo.

Después de viajar por varios rincones del mundo, de conocer culturas antiquísimas y de ver algunas de las playas más lindas, este matrimonio se decidió y eligió este campo para levantar la casa de sus sueños. Inspirándose en el estilo de las construcciones francesas de Normandía, Guillermo le encargó al arquitecto Patricio Díaz y al constructor Orlando Mesa que le ayudaran con el diseño, quienes, con harto ingenio y buen gusto, siguieron al pie de la letra cada “locura” –él mismo dice– que se le fue ocurriendo en el camino. “Soy un enamorado de este campo y quería que mi casa tuviera mucho sentido. Más que pensar en lo práctico y en que todo fuera tan funcional, privilegié los ambientes acogedores y con recuerdos, sin descuidar la sencillez y olvidando las estridencias y las pretensiones. Creo que lo logré, y lo que más me gusta es que quedó como si hubiese estado ahí de siempre, hasta con ese olor a antiguo”.

Entrar a este lugar es como transportarse al siglo pasado, a otro mundo, a un espacio oscuro pero acogedor, donde todo lo que se ve fue elegido especialmente por el dueño de casa. Con el porte justo y llena de rincones con historia, aquí no hay nada country y todo es bien sencillo. Se nota el buen gusto, y desde que uno llega hasta que se va, el olor a madera antigua no deja de estar nunca presente.

Coleccionista y amante de la decoración desde mucho antes de casarse, Guillermo tiene mundo y un ojo entrenado para armar espacios. Buscando entre demoliciones encontró varios de los objetos y materiales que hoy están en este lugar, y confiesa que un poema de Pablo Neruda es lo que mejor ejemplifica la forma como le fue dando vida a esta casa. “Yo construí la casa, la hice primero de aire, y luego colgué del aire la bandera... Después me dirigí a las puertas, esas que habían muerto y les dije vengan puertas, que les daré nuevamente mano que golpee…”

Ya han pasado dieciséis años desde que partieron las construcciones y en este tiempo no hay día que no hayan gozado, descansado y se hayan muerto de la risa junto a sus niños y todos sus amigos. Famoso por lo buen anfitrión, Willie siempre se encarga de que no falten los panoramas, organizando desde paseos en coche, caminatas a caballo, asados en el quincho, hasta exquisitos aperitivos en el living con la chimenea de piedra prendida y buena música de fondo.

Entre sus muchas entretenciones está leer un buen libro o instalarse a conversar por largo rato. También le gusta la cocina y tal como su hermano Pancho –que es su vecino en este fundo–, le gusta estar permanentemente buscando recetas, investigando ingredientes y pensando qué platos nuevos les va a tener a sus próximos invitados. Eso sí, reconoce que no sería nadie sin la ayuda de la Ana, su nana de toda la vida, quien le lee el pensamiento y tiene una mano increíble. 

“Siempre quise una casa que evocara las imágenes y hasta los olores de mi infancia. Me gusta que sea un lugar abierto, donde mis hijos tengan la libertad de convidar a los que quieran y el panorama sea sólo pasarlo bien. Mi sueño es que el día de mañana ellos puedan construirse sus casas al lado de la mía, y así seguir con esta tradición que ya es tan propia de esta familia”. 






 

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