Estética
POR MARIA JESUS CARVALLO // FOTOS ANA MARIA LOPEZ S.
En el jardínJunto a la piscina, reposeras de barco de teca.   El livingCompletamente negro, es el mejor ejemplo de la mano creativa de Teresa. La alfombra la mandó a teñir especialmente a Wiener. El sofá lo diseñó ella y tiene una profundidad mayor que lo habitual. Las sillas de cuero son Director y las encontró arrumbadas en una bodega.
  Teresa rehizo el jardín y sólo dejó dos enormes encinos  En el livingJunto a los libros de arte y fotografía, Teresa puso todo tipo de santitos coloniales que ha ido juntando en el tiempo y varias cajas de colores con discos de música.
  La pieza principal También es negra y los muros los engendró con un algodón tipo lino. Junto a la cama tiene otro escritorio con libros, figuritas y santos. El textil es indígena. Sobre la cama, muñequitas de Chiloé. El cuadro del fondo era de su abuelo y tiene la figura de un Cristo.   En el comedorLa lámpara roja es Ingo Maurer y las sillas son de madera y Teresa las mandó a teñir rojas.   En el livingLas piedras de la chimenea son “supuestamente mapuches”, tal como dice Teresa, le gustan por la gestualidad que tienen.
  La terraza Es uno de los lugares que más se usa en el verano, especialmente el columpio lleno de cojines del fondo, que lo diseñó la misma dueña de casa.   En la cocina Eligió el rojo como protagonista. En los estantes guarda una gran colección de tazas, tacitas, teteras y cafeteras, nuevas y antiguas.  
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Así es la casa de la pintora Teresa Cruz. Blanca por fuera y completamente negra por dentro, es como uno de sus cuadros. Construida por Jaime Sanfuentes en los años 60, llama la atención por lo linda, los mil objetos que hay en todas partes y por el orden-desorden que sólo ella entiende. Sin reglas ni horarios, está siempre abierta para los que quieran llegar.
Hay que conocerla para entender su casa. No cualquiera se arriesga a pintar y alfombrar de negro hasta el último rincón del lugar donde vive. Pero Teresa Cruz se atreve a eso y más. Esteta ante todo, es segura de sí misma, ingeniosa a mil y hasta un poco excéntrica, porque le gusta la diferencia. Con una personalidad fuerte y avasalladora, jamás le ha importado el qué dirán y no tiene problemas con lo políticamente incorrecto.
Lo del arte y la belleza lo lleva en el ADN y también en su apellido. Los Cruz son conocidos en nuestro país: su bisabuelo fundó la mueblería Cruz Montt y junto a su hermano hicieron el Club de la Unión. A ellos se le suman su abuelo, su papá –arquitecto y coleccionista– y dos de sus hermanos, también arquitectos. Incluso ahora acaban de lanzar un libro en homenaje a su abuela con la historia de la familia, las casas que construyeron y donde vivieron. Teresa prefirió las telas y los papeles antes que los planos, y más allá de sus exposiciones y los muchos cuadros que ha ido realizando durante su carrera, tiene un talento especial para lo que hace con las manos y que le sale por los poros.
Esta casa es el mejor ejemplo. Construida por Jaime Sanfuentes en Vitacura, Teresa la transformó y la hizo suya de tal manera, que aunque no tocó la estructura, parece totalmente nueva. “Me carga cuando las casas dan la sensación de un frío gélido donde no se arman ambientes y son cero cómodas. Yo quería que fuera exquisita, una casa asilo, abierta, que invitara a quedarse y a no moverse”.
Como cuenta, llegó hace más de un año y desde el primer día empezó a arreglarla, cambiarla y mejorarla sin parar. Riéndose, reconoce lo obsesa y compulsiva que es, su energía inagotable y constancia. “Tengo una cocinilla adentro mío y cada vez que se prende me sale la creatividad a mil. Antes mis departamentos eran albos y tenía todo blanco, pero me aburrí. Por eso ahora cambié al negro y siento que es mucho más acogedor. Lo veo con mis amigos que llegan a verme, les gusta estar aquí, porque los ambientes están armados y listos, yo no ordeno nada para una ocasión especial. Siempre es igual, relajado, sencillo, sin lujos”.
No soporta lo moderno, prefiere lo noble o al menos la mezcla, en vez de tanto plástico y acrílico. Por lo mismo, jamás ha sido minimalista, muy por el contrario, ella misma se define como “maximalista”. Y ahora lo ha llevado a la práctica más que nunca. En esta casa hay de todo y mucho. Colecciones, objetos raros y otros no tanto, milenarios y nuevos, recogidos en cualquier parte y comprados en anticuarios, tiendas y ferias. “Me fui a vivir sola cuando tenía 20 años y desde ese minuto empecé a juntar cosas. Obvio que me viene por el lado de mi papá, que es coleccionista, pero lo mío es más mezcla, junto todo con todo. No compro por el valor material, sino por lo bonito. La única línea que sigo es la belleza. Esa es mi ley”. Sillas, sillitas, pisos, bicicletas de madera y fierro, piedras con forma de corazón que ha ido encontrando en sus escaladas por los cerros, objetos precolombinos, muñecas, huacos, piedras mapuches, chales de lanas artesanales, estantes llenos de platos, copas, tacitas, botellas de colores, maletas, un piano en miniatura y libros para todos los gustos y estilos, una gran biblioteca con arte, literatura, poesía y filosofía. A esto se le suman cientos de películas, una cineteca con los mejores títulos de cada director, desde Fellini hasta hoy, además de música y mil otras cosas. Todo perfectamente ordenado en estantes, repisas y muebles a la vista, para llegar, sacar y usar. “Fácil y simple, como autoservicio. Esa es la idea”.
Teresa no tiene lugares preferidos, usa y aprovecha al máximo cada espacio. Cuenta que le encanta su pieza por lo grande y porque ahí se instala a ver sus películas. “Al ser negra entera, en la noche se da ese efecto de cámara oscura y es como que el jardín se metiera adentro”. También el living, porque los sofás son cómodos e invitan a sentarse. Además, la chimenea está siempre prendida, con una mecedora al lado y un chal grueso tejido a mano listo para la siesta.
Lo único que le “carga” son los comedores, “son espacios perdidos y obsoletos, aparte no se usan nunca y en muchas casas están hasta cerrados”. En todo caso, igual tiene puesta una gran mesa con sillas, pero que llenó con lápices de colores, tres máquinas de escribir –que efectivamente funcionan porque no usa computador– y hasta un barco de colección de esos armables. “Uso el comedor para trabajar, como una oficina y cuando invito, la gente se sienta en cualquier otra parte, en el living, la terraza o hasta en mi pieza”.
La cocina también tiene su mano. No se declara una chef experta, pero le gusta que sus amigos cocinen. Tiene guardados ingredientes ricos, especies, pastas y vinos listos para descorchar. Y a diferencia del resto, este espacio es rojo y no negro, y desde los muebles, los artefactos y hasta el refrigerador son de ese color. “Esto lo hice por una razón clara, porque el rojo incentiva y abre el apetito, por eso los italianos lo usan mucho y yo quise hacer lo mismo”.
El jardín también fue otro tema. Dice que cuando se cambió, parecía una selva, con plantas enormes, cero orden y no muy bien cuidado. Decidida como es, sacó todo sin cargo de conciencia –menos dos encinos milenarios que están al medio– y lo diseñó completamente de nuevo. Plantó pasto y distintos árboles frutales, como manzanas, mandarinas, duraznos, naranjas y pomelos que se dan durante todo el año. No quería flores, sólo varios tipos de verde. El resto de los colores lo dan las frutas y la flor de la pluma, que ahora está en su mejor momento. Y en la terraza es donde todo pasa cuando hace calor, especialmente en un columpio que está a la salida del comedor.
Sin planes a futuro, Teresa vive el día a día. Tiene clarísimo que le faltan deta-lles por terminar, pero va paso a paso y sin proyectar demasiado. Tal como es ella. “No tengo horarios y mis días son todos distintos. Me gusta mucho disfrutar este lugar al máximo, leyendo, dibujando, escuchando música al lado de la chimenea o en el columpio. Puedo pasar el día entero ahí, comer, dormir y seguir por horas”.