Gauchesca y romántica
TEXTO Y PRODUCCION MATIAS ERRAZURIZ // FOTOS SERGIO NEGRO
Una mezcla de puras cosas lindas es la casa de la decoradora Marcela Rodriguez Barrena, entre la paz de un campo en Pilar, a 80 km de Buenos Aires, y una atmósfera que recuerda otros tiempos.
Para Marcela Rodríguez Barrena esta casa tiene un significado mucho mas profundo que la simple decoración de los ambientes, “siempre me gustó esta casa”, recuerda, “yo vivía muy cerca de aquí y cuando pasaba pensaba que era ideal, con el correr del tiempo el destino quiso que fuera mía… Si bien la estructura era perfecta, pensé una decoración sobre una estructura moderna, pero que recordara las villas italianas de una sola planta, con una gran galería en el frente y un color ocre muy especial, las aberturas de hierro pintadas de color celeste, lo que le da un aire a campiña muy característico”.
Para los interiores Marcela optó por pintar el hall de entrada y el living en un visón muy claro, que aporta mucha luz junto a los grandes ventanales. Y los muebles siguen estos mismos contrates de lo clásico y moderno: sofá y sillones de gabardina blanca, pisos de baldosas en damero, objetos autóctonos traídos de viajes por el norte de Argentina, Bolivia y Perú.
Es una casa amplia, cómoda, con 3 dormitorios en suite y un gran espacio que no es más que el living con vistas al jardín por ambos lados. Todos los ambientes tienen toques femeninos de Marcela, muchos colores pasteles y telas nobles, como linos, algodones y terciopelos.
Para la cocina-comedor, un carpintero hizo muebles a la medida imitando los antiguos de campo, también en un color celeste pastel, con azulejos blancos y una isla con mesón de granito.
Algo parecido pasa con los baños, son como cuadros de época, con pisos y paredes pintadas y enceradas, además artefactos antiguos de demolición que le dan un look escénico a cada rincón.
El parque es una maravilla, aunque muy sencillo, con laureles, jazmines del cielo, trepadoras y una ampelopsis de hoja grande, que envuelve la casa, le da movimiento y gracia a la construcción de reminiscencias criollas.
La gran galería hace las veces de terraza. Para ella se eligieron camas de hierro repletas de almohadones en estampados toile de jouy combinado con linos rayados en rojo, una mesa de campo decapada y sillones anti-guos, también de hierro, que sirven para almorzar o comer en el verano.
Es una gran casa, de apariencia grandiosa, pero totalmente relajada y pensada para disfrutar al máximo. “Quería una casa cálida, sin tantos pasillos ni recovecos, que fuera funcional y luminosa, que tuviera una identidad criolla pero integrada a la realidad y usos que se le da en la actualidad. La verdad es que la casa es vivida el 100 por ciento, no tiene ambientes ni piezas sin sentido, todo es funcional y práctico. Si alguna vez soñé con un lugar en el que sentirme cómoda y recibir a los seres queridos, definitivamente soñé con esta misma casa”.