Hecho a mano
POR MARIA JESUS CARVALLO // PRODUCCION IGNACIO PEREZ COTAPOS // FOTOS ANA MARIA LOPEZ S.
No perdona su vaso de leche con Milo al pie de la vaca o las 80 vueltas diarias que da a la piscina en el verano. Hace casi dos décadas que María Olivia Guzmán es la dueña de este campo en Pucón, su ama y señora, que gracias a su mano rigurosa y perfeccionista ha ido construyendo a pulso, con muy buen gusto, sencillez y refinamiento.
Podría ser portada de cualquier revista y por más que se preocupe de decir que está absolutamente en otra, esta mujer de carácter fuerte y decidido se las trae. Estupenda, de piernas flacas y pelo oscuro siempre tomado, es bohemia –como muy bien la define su amiga Elsa Faúndez–, con un look muy propio y aunque ande con unos pantalones anchos gastados, una camisa extra grande y alpargatas, o el más elegante vestido de noche, siempre se ve bien, chic y con un carisma especial.
Es que María Olivia Guzmán llama la atención, por su regia facha, por todo… Es de armas tomar, sabe muy bien lo que quiere y lo hace sin susto. Es aguda, metódica –nada en su piscina todos los días de verano y siempre se levanta antes de que salga el sol– y tiene el “gen empresario” bien metido en su cuerpo. Le gustan los negocios y le va bien en lo que haga. En los 70, por ejemplo, abrió una tienda de cueros que causó sensación y hasta el ex presidente Allende le mandaba a hacer sus chaquetas, luego se instaló en Buenos Aires por un par de años y desde Chile le pedían algunos modelos.
Gracias a que ha tenido la suerte de viajar por los rincones más espectaculares del planeta, tiene mundo y un ojo adiestradísimo para la decoración. No por nada la elegimos como parte del primer número de ED, donde nos mostró su departamento de entonces en Américo Vespucio y dos años después fuimos a su refugio en La Parva. Ahora, una década más tarde, conocimos su campo en el sur, muy cerca de Pucón camino a la cordillera, un lugar precioso, bien hecho, donde todo es diseñado por ella y es comentado en la zona por lo lindo y por las mil cosas que ahí hay.
En el fundo Los Mellizos hay historia y mucho cuento construido a pulso, muy simple, pero refinado a la vez. Son hectáreas y hectáreas de arrayanes, robles, mañíos, chilcos y los más espectaculares árboles frutales, rodeados por cerros, senderos de tierra y un río lleno de miradores con chaise longues de madera para quedarse a contemplar el agua.
Lo más notable es que todo se hace ahí mismo y bajo el estricto control de la dueña de casa. Desde las más exquisitas cosas para comer y que hacen olvidarse de cualquier dieta –como pan con distintas semillas, conservas con frutas sacadas de los mismo árboles, helados, el yogurt para el desayuno, vinagre de manzana, quesos y quesillos– hasta muchos de los muebles, reposeras de la piscina, quitasoles, marcos de los cuadros y espejos, así como un sector para almorzar al aire libre, junto a unas hamacas, alfombras, cojines repartidos por el suelo y una cocina a leña que sirve de apoyo para calentar empanadas, pan o las verduras recién cosechadas de la huerta.
Todo partió hace unos 17 años cuando María Olivia buscaba un campo para pasar algunos meses del año. Un lugar que fuera mucho más que una casa de veraneo, un espacio para instalarse, para pasar los inviernos y los días con lluvia, así como las más ricas tardes de calor junto al río. Después de mirar y asesorarse encontró este fundo y se fascinó. Empeñosa como es, al día siguiente fue a ver al dueño y se quedó ahí hasta que se lo vendió. Al poco tiempo estaba de maletas, analizando los planos de la casa y en los dos meses que siguieron tuvo lista la primera etapa, la que después fue ampliando, le sumó una cabañita para los invitados y año a año le ha ido agregando algún detalle, como un invernadero, huerto, piscina, sauna o un sector para los asados.
En un principio todo funcionaba a la luz de las velas y el agua se calentaba a leña. Era como trasladarse a otra época, en la que no hacía falta la televisión o la radio, porque la música permanente la daba el agua del río y los queltehues que llegaban en masa a las explanadas. Con el tiempo María Olivia ha ido adoptando algunas comodidades extras, como electricidad y conexión a Internet a través de su celular, pero sin perder la esencia con la que partió ese primer día.
Aquí no tiene tiempo para aburrirse. Si no está en la lechería preparando sus ya famosos quesillos y quesos –a sus amigos no les importa irse con sobrepeso en las maletas, con tal de llevarse algunos de vuelta–, los que aprendió a hacer con un experto danés que le enseñó hasta el último secreto, está cosechando las verduras de la huerta, analizando qué nuevo se puede plantar en el jardín, haciendo mermeladas, jarabes y jugos con las frutas de los árboles o simplemente leyendo un libro en una hamaca. Como dice, no necesita estar con gente para llenar el día. Hay minutos en que Charles Aznavour puede ser su mejor amigo –especialmente cuando baja al pueblo en el auto a hacer algunas compras y se va escuchando sus mejores canciones–, en otros, un Buda que puso en uno de los miradores cerca del río y que según ella la acompaña y le da buenas vibras, o la inseparable Giovanna, su nana de toda la vida que hace ya varios años se ha convertido en su compañera absoluta.
“Aquí todos disponen, no hay nada establecido. Si algunos quieren comer lechuga con berros pueden ir a la huerta y preparárselos ellos mismos. Que no digan que la dueña de casa es mañosa. Trato que la gente se sienta agradada, que hagan lo que quieran. La idea es estar cómodos y que el tiempo pase sin darse cuenta”.
|