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DECORACION


ED Nº 183, Septiembre 2010
La casa del lago   
 

POR MARIA JESUS CARVALLO // PRODUCCION IGNACIO PEREZ-COTAPOS // FOTOS ANA MARIA LOPEZ S

Esta casa es parte del fundo de los Wagner en Villarrica

El bosque es nativo, está lleno de boldos, lingues, olivillos, avellanos y pellines, y esta familia se ha preocupado de cuidarlo y mejorarlo a través del tiempo.

Decoración típica del sur

Este matrimonio quiso decorar su casa rescatando lo que habia en el sur: las maderas, las lanas y los tejidos. Con eso armaron un lugar cómodo, bonito y relajado.  

Corredor de tejuelas de alerce

Recorre parte de la casa y hace las veces de terraza. Tambien sirve para dejar sombreros, escopetas para cazar, cañas y cajas para pescar salmones.  

Decoración autóctona

Este matrimonio quiso decorar su casa rescatando lo que había en el sur: las maderas, las lanas y los tejidos. Con eso armaron un lugar cómodo, bonito y relajado.  

En esta casa todo pasa afuera

Se cocina, se juega, se hace deporte y hasta se duerme al lado del fuego. A su dueña le gusta mucho la cocina y ella prepara los menús de todos los dias.

Vista desde el lago

Se ve el parque donde esta la casa y, un poco mas arriba, el castillo de los Wagner.  


En medio de un precioso parque nativo, los Wagner Calvo construyeron esta casa de veraneo. El arquitecto fue Jorge Figueroa, quien inspirándose en el volcán y en el lago Villarrica armó una construcción de 110 metros cuadrados, cómoda (incluso para 18 personas) y muy bien hecha.


Esta casa está ubicada en el mejor sector del lago Villarrica. En la ladera norte, donde hay menos olas, el sol pega directamente todo el día –hasta las 10 de la noche en el verano– y no hay ruido de lanchas y motos de agua. Sus dueños son Andrés Wagner y la Meche Calvo, quienes por años veranearon muy cerca –en la casa de los papás de él– hasta que un día decidieron hacerse grandes y construir algo propio para estar "juntos pero no revueltos".

Los Wagner son conocidos en la zona, casi fundadores de Villarrica y tres generaciones han vivido en un parque lleno de árboles nativos y manadas de ciervos y jabalíes. A su llegada, hace más de un siglo, levantaron un castillo como los europeos y Andrés, al igual que su papá y su abuelo, creció en esos terrenos. Cuando se casó, sumó a la Meche a su historia. Reservados, no les gusta mucho hablar sobre este pequeño palacio, aunque hay varios cuentos que ya son conocidos entre los pueblerinos, como que siguen al pie de la letra algunas tradiciones austríacas y que todas las noches se sientan a la mesa elegantísimos, como si fueran a la mejor de las fiestas.

Por eso mismo llegó un minuto en que este matrimonio quiso un cambio, independizarse, armar un cuento aparte donde pudieran invitar a sus amigos y tener permiso para no hacer nada y olvidarse de los protocolos.

Su idea era instalarse a un par de kilómetros de este campo y hacer una casita de botes para empezar. Con eso armado y listo, el plan seguía con una construcción más grande y alejada de la playa. Le pidieron al arquitecto Jorge Figueroa que se hiciera cargo del primer proyecto y la única condición impuesta fue que tenía que estar listo y entregado en 4 meses, justo para el verano.

La tarea no fue fácil, el terreno era un desastre, una selva con demasiada vegetación, donde no se sabía si había desniveles, rocas o manantiales. Lo primero fue estudiarlo a fondo y luego, con una gran retroexcavadora, limpiar y aplanar lo necesario para seguir adelante con los planos. Los tiempos se cumplieron exactos y el resultado fue tan perfecto que Andrés y la Meche desecharon la idea de hacer la famosa casa grande y dejaron ésta como la definitiva.

Son cerca de 110 metros cuadrados de alerce, mañío y pino oregón levantados con mucho ingenio. Dos pisos, 4 piezas, 11 camas y un baño, pero siempre queda rincón disponible para alojar a alguien más. Incluso en algunos minutos se juntan hasta 18 personas y todo funciona sin problemas. Eso sí que detrás está la dueña de casa, que con su personalidad espontánea y su simpatía organiza de tal manera que es un agrado llegar hasta allá. "Es difícil mantener el orden cuando la casa es chica, pero me las arreglo bien. Me encantan los canastos y cada vez que paso por San Fernando compro varios. Hay uno especial para las toallas, otro para las botas de agua, para los cubiertos, para los cosas de esquí, las de buceo, y suma y sigue. Al menos así está todo en su lugar y no se ve un desastre".

Los Wagner Calvo son bien aclanados. Tienen 4 niños –que van de los 19 a los 8 años– y desde chicos les enseñaron a ser ayudadores y autosuficientes. Arreglan enchufes, ponen la mesa, atienden a los amigos y lo pasan increíble sin mayores entretenciones. Poleros de toda la vida y muy cercanos a la naturaleza, todo gira en torno a los caballos y los campeonatos. Tienen el calendario organizado desde enero y, por lo mismo, a esta casa van sólo en el verano, específicamente en febrero.

Todos los días hacen mil cosas y en general se levantan temprano. Deportistas, algunos parten a montar y a taquear al campo de los abuelos antes de las 9 de la mañana, otros prefieren jugar tenis, bajar a la playa o ir al pueblo a comprar el diario o al supermercado. Cerca de la hora de almuerzo llegan al quincho que está junto a la casa, donde los está esperando un gran mesón con pan amasado, queso y pebre, para empezar. El fuerte de la Meche es la cocina, le fascina y ella misma se autodenominó la chef oficial de la familia. Su regla es tener prendido el fuego las 24 horas y varias ollas de greda humeando con todo tipo de exquisiteces, como carnes cazadas ahí mismo, papas de distintos tipos, además de un mix enorme de verduras y frutas que compra a las mapuches de la zona.

En la tarde la playa es obligada. Esquían en el lago, andan en kayak, leen, se juntan con sus primos o dan paseos en lancha. Y cuando se pone el sol, salen a cazar (hay hasta pumas). En la noche el plan sigue, pero nada muy organizado y muchas veces los más chicos se quedan dormidos junto al fuego del quincho escuchando el ruido de los árboles o de los animales cercanos. "Hemos ido viviendo y armando este cuento de a poco, pausadamente, de acuerdo a lo que nos ha ido naciendo. No quisimos tener todo listo al principio. Primero, porque es muy difícil y caro comprar de una vez, y también porque quisimos educar a nuestros hijos mostrándoles que las cosas cuestan y nada es tan fácil", cuenta la Meche.

Siguiendo esta idea, cada temporada le suman alguna novedad. Si no es un mueble, son camas, cortinas o algún detalle de la decoración. "Ambientamos la casa como las típicas del sur, con cosas de la zona, madera, telas, lanas, cojines tejidos, alfombras de cuero, tacitas de cerámica y todo lo que se ve por allá. Queríamos algo bien hippie, no tan elegante y tampoco incómodo".

Ahí se instalan todos los veranos, hasta que aparece el 28 de febrero en el calendario. Ese día cierran la puerta y se olvidan hasta el otro año. "La casa está tan bien hecha que no necesita mayor mantención. Eso no quita que todo el tiempo esté pensando en algún nuevo proyecto, como un spa o construir otras casitas para los invitados. Cuando termino algo, me gusta empezar otra cosa y ahora estoy en eso, craneando qué puedo incluirle para hacerla mejor todavía".

 

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