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DECORACION


ED Nº 162, Abril 2009
La Nave de Matías       
 

POR SOFIA ALDUNATE // FOTOS ANA MARIA LOPEZ


Mampara serigrafiada

Con una fotografía de Alexandra Edwards y Carolina Delpiano.

Mampara serigrafiada

Con una fotografía de Alexandra Edwards y Carolina Delpiano.

Baño principal

Tina hecha en obra de placas de piedra pizarra.  

Baño principal

Baño de visitas

Enchapado en cedro boliviano y con puertas y ventanas de cristal esmerilado y empalillado en la misma madera. Lámpara Falkland con tela roja.

Vista casa desde estacionamientos

Se aprecian los muros de piedra, los juegos de luces, las ventanas del zócalo donde está el taller, la escalera de acceso y el gran litre.

El living, lugar de reunión por excelencia.

En la cocina

Mesa del Parque de los Reyes, lámparas italianas de acero inoxidable y muebles laqueados hechos por George Stone.

Lavamanos baño principal

Escalinata plantada de flores silvestres

Escritorio de la pieza principal

De cedro, el poncho es de San Pedro de Atacama.

Cornisario

Escultura hecha por su hijo León de 9 años y, al fondo, “el patio rojo suspendido” rodeado de abedules de troncos blancos.  

Matías González

Junto a sus hijos Josefa, Dominga, León y su perro Poncho. 

Gran librero del living

Vista general del living

Mesa de cedro boliviano. La escultura de madera que cuelga desde el techo es de Ana María Hurtado. Mesa de centro diseñada por Matías y sillones Valdés.

En el living

Alfombra de pelo de cabra.

En el dormitorio principal

Gran cuadro de Tere Cruz sobre muro enchapado en madera negra. La silla roja es de Himalaya y la lámpara del taller Maíz y diseñada por Matías.  

Sillas compradas por su abuelo en Dinamarca en 1969

Terraza del dormitorio principal

Terraza de durmientes

Terraza dormitorio principal

En la terraza

Los sofá son de El Candelero y la mesa de centro de durmientes. El toldo y la estructura es diseño de Matías, y la mesa tiene cubierta de piedra pizarra.  

Vista desde afuera

Vista desde el living al comedor

Del corazón de esta casa baja una escalera muy similar a la de la nave que Han Solo utilizó para rescatar a la princesa Leia en La Guerra de las Galaxias. En este caso, el capitán es el arquitecto Matías González, quien proyectó este “refugio” para emprender el viaje de sus sueños.

Son de esas imágenes que quedan grabadas para siempre en la memoria. La cara de decepción de la princesa Leia en La Guerra de las Galaxias, cuando vio la nave que finalmente la iba a rescatar no se le olvidó jamás a Matías González. “¿Y en esto me vas a subir?”, le preguntó con incredulidad a un esforzado Han Solo, quien la miró sorprendido. Lo mismo dice este arquitecto con su casa: “El que se quiera subir, bienvenido a este viaje”. Bastante arriesgada su invitación porque la verdad es que el lugar es tan increíble que la lista de pasajeros podría ser interminable.

Mientras dormía, se duchaba o trotaba jugaba a diseñarla, calculaba volúmenes, elegía materiales y se imaginaba un lugar alucinante donde emplazarla. Todo se concretó cuando le hicieron un encargo en un sector a los pies del Manquehue. Reconoce que fue la primera vez que sintió envidia de un cliente. “La fuerza de la presencia del cerro, la naturaleza, los quillayes, litres y espinos, me conmovieron profundamente; las rocas y las nubes encima mío me produjeron algo muy potente”. Tanto, que se puso de cabeza a buscar un sitio en el mismo sector. Y lo encontró.

Lo primero que hizo fue darle la espalda a Santiago. A pesar de la vista panorámica (se ve prácticamente la ciudad completa), Matías decidió ignorarla y abrirse completamente hacia la naturaleza. “Nadie podía creer lo que estaba haciendo”, recuerda, incluido su socio Alfredo Fernández. Sin importarle la opinión del resto, comenzó el lento proceso de construirla. Se planteó como un refugio en la montaña, aislado de la ciudad, sin embargo a pocos minutos de ella. Realizó importantes movimientos de terreno y fue formando varias plataformas con muros enchapados en piedra. Sobre ellas montó una caja de hormigón revestida con pintura orgánica color arena para mimetizarse con el entorno. El resto fue ir despedazando el prisma, quitándole espacios por aquí y por allá hasta formar una planta con increíbles volúmenes, pliegues, vacíos, espacios de diferentes alturas, utilizando materiales nobles como hormigón, madera y piedra y acertados juegos de luces. Esta es una casa con vida propia, un prisma abstracto que atrapa la luz que se cuela por los ventanales, por los tragaluces (unos rojos, otros amarillos y otros neutros) y la transforman durante el día. Es un juego eterno que dura 24 horas.

Un enorme litre nativo y Cornisario, una escultura hecha por León, el menor de sus hijos, están en la entrada; luego la escalera y un patio elevado de un rojo furioso que late con fuerza son la antesala. “La idea es provocar, someterse a la potencia del color para luego dejarse atrapar por la paz del interior”, explica Matías. Adentro un refugio cargado de serenidad, líneas rectas y rigurosas, todo blanco, con música de Jami Sieber y Craig Amstrong sonando fuerte. Aquí la naturaleza se apropia de todos los rincones y es tan potente que si no fuera por el gran tajo horizontal en el living, por el que se asoma Santiago, sería fácil olvidarse que estamos en la ciudad. Y ese era justamente el objetivo de este arquitecto, crear un lugar de retiro en la montaña que sólo a ratos tuviera tintes urbanos.

Con ejes transparentes y todo muy conectado, esta casa se ocupa entera, aunque el living es el lugar de encuentro por excelencia. Rodeado por una larga pileta de agua y completamente abierto a la cumbre del Manquehue a través de ventanas de varios metros de altura, aquí está el fuego, la música y un escritorio donde sus tres hijos trabajan y estudian. La pieza principal es la cabina de esta nave. Aquí Matías controla y dirige el viaje. Ubicada en el segundo piso, además de una sorprendente vista sólo a la montaña, tiene un clóset de cedro a medida y un baño completamente revestido de piedra pizarra negra y madera teñida oscura. Incondicional del amanecer y del sol, lo proyectó de tal manera que mientras se baña, la ducha se inunda de su calor y energía. La complementa una segunda ducha afuera, entre piedras y boldos.

Meticuloso y extremadamente ordenado, aquí nada está fuera de lugar. Incluso en el taller, donde los niños pintan, hacen cerámica, León le hace el intento al teclado y donde proyectan conciertos de jazz, suena desde Pearl Jam a Richard Wagner, caos y orden. Su dueño no habla de decoración sino más bien de objetos con historia y que lo han acompañado a lo largo de su vida. Recicló y reacomodó algunas cosas y el resto lo ubicó tal y como lo tenía pensado desde que comenzó a imaginarse esta casa. Tanto así, que no ha movido ni una sola pluma (hay varias) desde el día que se cambió hace más de seis meses. Los cuadros son todos de amigos suyos, cada uno es una historia, hay fotos por todos lados y es obvio que es un fanático de los libros y de las piedras (hay puestas en varias partes en grupos de a tres: sus tres hijos).

El jardín estuvo a cargo de la paisajista Maleca Schade, quien respetó y aprovechó muy bien lo que el cerro le entregaba, un jardín silvestre. Además de poner un par de quillayes y boldos, rodearon el jardín con abedules de troncos blancos y fueron muy estrictos con la iluminación, dando toques bien dramáticos. Varias terrazas, desniveles y especies muy aromáticas lo complementan. La huerta es el orgullo de esta familia. Los fines de semana son los niños los encargados de cosechar los tomates, las lechugas y la albahaca para el almuerzo y entre todos hacen esfuerzos sobrehumanos para defenderlo de los conejos y de uno que otro caballo que se cuela cuando a alguien se le olvida cerrar la puerta. 

 

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