Justamente por eso buscaron un lugar completamente distinto a la clásica oficina de publicidad. Obsesivo, no le sacó la vista de encima a la antigua casona abandonada hasta que un día amaneció con el cartel de Se Vende colgando en la entrada. Poco después, el lugar era suyo y por un precio bastante módico. “Como que el mundo inmobiliario me bendijo y me devolvió la mano después de todos los servicios ad honorem que les presté”, comenta eternamente agradecido.
Todo lo que ahorró en la compra lo gastó en la restauración, porque por dentro el lugar era un desastre. Con la ayuda de los arquitectos Guillermo Acuña y Juan Andrés Amenábar y de la diseñadora Carolina Delpiano, estuvieron un año trabajando en limpiar y rescatar el grueso de la obra, proyectada el siglo pasado por el prestigioso Luciano Kulczewski. La idea era dejarla con un aspecto bien industrial, que en el exterior respetara el entorno del barrio y que por dentro les permitiera trabajar a su pinta: de manera horizontal, donde las ideas se tiran sobre la mesa y son recogidas por filósofos, directores de arte, sociólogos, artistas y, por supuesto, publicistas. Un lugar abierto y dinámico, sin módulos cerrados, de manera que los equipos puedan desplazarse libremente. “Queríamos que la fachada fuera parecida a la de una casa tomada, algo así como antigua fábrica neoyorquina”, comenta.
Y aunque es bastante más prolijo que una toma, por fuera esta construcción está prácticamente igual. El único detalle que revolucionó un poco el look fue una original puerta metálica negra que se sube y baja con la ayuda de unas poleas.
En tonos blancos y negros, aquí todo se mueve y varía según las circunstancias. Las ventanas del primer piso, que delimitan la sala de reuniones, se levantan fácilmente con un genial sistema de ingeniería que permite cerrar y darle privacidad a las oficinas del segundo piso. Sin duda, el lugar ideal para los creativos de esta oficina, acostumbrados a la diversidad de los encargos, a los permanentes cambios de escenarios y al trabajo en equipo. Aquí se instalan sobre amplios mesones de madera iluminados con lámparas diseñadas especialmente por Carolina Delpiano; las carpetas, papeles, archivadores y demases se guardan en los clásicos lockers metálicos que recorren todo el lugar; los pizarrones para desarrollar las ideas están por todas partes y, en el segundo piso, las oficinas están conectadas por un puente metálico, lo que le da mucha amplitud, luminosidad y altura a la construcción. Según Carcavilla, eligieron a Guillermo Acuña porque practica una arquitectura de autor, llena de detalles y terminaciones muy propias que hacen la diferencia. Y no se equivocaron.
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