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Hace 15 años se asoció con Francisco de La Lastra, luego con su hermana, Carolina Concha, y se instalaron en Isidora Goyenechea, cuando no había árboles ni edificios.
Desde un comienzo decidieron que el corazón de la oficina serían las personas y no los proyectos, y por lo mismo todos los espacios están a la vista, cerrados por vidrios –“una locura hace diez años, la gente entraba y lo encontraba como una pecera”–, hasta las puertas son de vidrio. Todo el lugar –incluido el taller, donde se desarrollan varios de los encargos–, y la sala de reuniones, también transparente, tiene piso de madera, hecho con tablones de diferentes tonos, y muros blancos. La oficina de Enrique es más privada, con un pequeño living, muy de su estilo, en tonos beige, con muebles de mimbre y una alfombra de sisal, que ha mantenido igual desde hace una década.
No faltan las obras de arte: en el hall de entrada, sobre el muro de doble altura que continúa hacia la tienda y que está revestido con el mismo latón que se usa en las casas de Un Techo para Chile, hay un gran cuadro rojo de Fernando Cifuentes-Soro que le da color al lugar.
Con o sin crisis, el trabajo aquí no disminuye. Le resultó esto de hacer una sola cosa y bien, y gracias a eso y ha que ya han hecho 53 hoteles y tienen muchísimos en carpeta (en La Dehesa, Vitacura, Santiago Centro, Valparaíso, Puerto Natales y Máncora, Perú), el año pasado se asociaron a la prestigiosa cadena hotelera The Singular Hotels.
Como proyecto interno, también está contemplado remodelar estas oficinas, “botar todas las paredes y hacer un gran taller que se transforme en el alma de todo”.
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