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DECORACION


ED Nº 196, Agosto 2011
Otros mundos 
 

POR MARIA JESUS CARVALLO // FOTOS FERNANDO GOMEZ

Vista del living y comedor

Sillas de los años 50 y porcelanas azules son iraníes de la dinastía Qajar, siglo XIX. A la derecha, mesita de apoyo años 50 y, sobre ésta, figuritas de pájaro iraníes.

En el dormitorio principal

Parte de la colección de fotografías de maharajas, la silla con tapiz bordado es de los años 20 y el escritorio de los 50.

En el dormitorio principal

Cuadro español de los años 20, cómoda años 50. Sobre el ropero, figuras llamadas acroceramas. El tapiz de la cama es de Túnez.

En el comedor

Mueble de Jordania y hecho con latas de los tarros de conserva. Tapiz del muro es un chal de cashmere de principios del siglo XX y alfombra persa de Bokhara.

En el comedor

Mesa y sillas años 60 y alfombra irani de Zahedan.


Así es esta casa en Román Díaz. Llena de objetos antiguos, otros encontrados en basurales y curiosidades compradas desde India hasta Grecia. Su dueño es Martín Donoso, un diplomático que le ha impreso a este lugar su amor por la cultura y la estética. 
 

Tiene la maleta lista por si debe partir en cualquier minuto y en su pasaporte ya no cabe un timbre más. Ha recorrido tantas ciudades que ya perdió la cuenta y en su sangre está esa afición por conocer, por vivir puertas adentro las diferentes culturas y por entrar y salir de Chile tan seguido como sea posible.

Martín Donoso es diplomático, lleva 30 años en la Cancillería y ha vivido en Túnez, Grecia, Tailandia, India y Jordania, entre varios otros países. Pero más allá de su profesión y de la pasión que siente por su trabajo, es un diplomático de sangre, un hombre extrovertido y muy conversador, perfeccionista y ejecutivo, que recibe como nadie en su casa y que siempre tiene muchas historias que contar. Le gusta la cultura en todas sus expresiones y se desvive por el patrimonio, el arte y la belleza estética. “El interés por la cultura siempre fue fuerte en mi familia”, dice.

Sobrino del escritor José Donoso y pariente de renombrados literatos, como Alberto Blest Gana, arquitectos y otros eruditos chilenos, Martín creció entre libros, largas sobremesas y reuniones con importantes personalidades internacionales. Su papá, Gonzalo Donoso Yáñez, era doctor y funcionario de la OMS y su mamá, Gabriela Plate, una mujer estupenda, que fue modelo y se hizo conocida por sus desfiles en el Hotel Carrera junto a Marta Montt.

Gracias al trabajo de don Gonzalo, la familia Donoso vivió en Irán y El Líbano, y desde muy chico Martín se influenció con las costumbres y el estilo de vida de diversos pueblos. Ya más grande se fue a vivir con su tío José Donoso a España, quien lo adoptó casi como un hijo y lo hizo parte de su mundo. Tuvo la suerte de conocer a Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Alfredo Bryce Echenique y Jorge Edwards, estar en la casa de Salvador Dalí en Cadaqués y pasar varios veranos en Calaceite en el Bajo Aragón. Durante los 17 años que vivó en Europa, estudió Historia del Arte e hizo el Works of Art Course en Sotheby’s, transformándose en subastador. Durante un tiempo trabajó para esta casa de remates en Zurich y luego decidió volver a Chile para reencontrarse con su familia. Fue así que entró al Ministerio de Relaciones Exteriores y se especializó en asuntos culturales y de patrimonio.

Esta casa la compró el 2001 con la idea de tener un lugar donde llegar después de cada viaje. Fascinado con su arquitectura y también con el barrio donde está ubicada –en Providencia– no le importó que estuviera deteriorada.

Construida en 1938, es una mezcla de estilos entre mediterráneo, barroco y toscano. Amplia y muy cómoda, está dividida en dos pisos, tiene unos 250 metros cuadrados y 350 de terreno. En la entrada, hay un pino enorme donde los pájaros hacen nidos, además de algunos ciruelos, almendros y flores que él mismo Martín plantó, como verónicas, calas y lirios.

Con la ayuda de su hermano Gonzalo, que es arquitecto, rediseñó completamente el espacio y lo renovó. Juntos cambiaron la distribución espacial, le sumaron varios baños –ahora hay cinco en total– y también sacaron la chimenea. Instalaron unas columnas encontradas en anticuarios y reemplazaron el piso por madera boliviana. Sin embargo, se respetó la línea arquitectónica de la casa para no perder su gran valor patrimonial. Martín reconoce tener una excesiva “hambre de luz” y, por lo mismo, decidió botar varios muros y abrir ventanas para disfrutar de la luminosidad natural lo máximo posible. Otro de los arreglos fue el patio trasero, donde se puso una fuente y Baldosas Córdova. Exigente hasta la médula, “era la perfección o nada”, como dice, los trabajos tomaron cerca de 10 meses.

La decoración fue otra de las grandes tareas del dueño de casa. A través del tiempo ha ido juntando miles de objetos y muebles, entre herencias y elementos que ha ido comprando en cada uno de los lugares en los que ha estado. “Me gustan las cosas con alma, las antigüedades, pero no las caras. Las que se encuentran en el Parque de los Reyes o en la zona de Caupolicán. Me identifico con el gusto de Pablo Neruda, algo más poético, que me transmita algo”. Tiene una mesa egipcia de influencia otomana, una consola art decó de los años 30, un mueble beduino de Jordania, un silloncito que encontró en la basura en Túnez y lo restauró, figuras con marquetería y oro de Irán, un espejo de Yemen, una lámpara de mica de los años 20 comprada en Chile, un jarrón art nouveau, una vasija turca de 1910, tapices y alfombras kurdas, afganas e iraníes, además de muchas fotos antiguas –entre ellas una colección del maharajá de Jaipur– y obras de arte de su abuela y otros artistas. “Creo que el buen gusto en una casa no tiene valor si el propietario del lugar no se interesa también por los espacios públicos, por lo colectivo. Creo, por ejemplo, que la Plaza de Armas o la Plaza Italia son igual de importantes que el living de mi casa. Me da mucha desesperanza ver el abandono y olvido de lugares tan maravillosos como el Palacio de la Alhambra en la calle Compañía y los alucinantes edificios de Luciano Kulczewski, que es un poco el 'Gaudí chileno'. Estas construcciones deberían ser objeto de prioritaria preocupación del sector público y de la filantropía privada y transformarse en parte de la 'imagen cultural' de nuestra capital”.

Los sábados y domingos aprovecha de estar con su familia y de desconectarse del estrés de la oficina. Se interna en sus libros y en los mil proyectos que tiene pendientes para seguir arreglando la casa. Sin teléfono fijo ni internet, disfruta de la música y de salir a caminar, porque tampoco tiene auto, ya que le gusta recorrer el barrio y aprovechar de hacer un poco de ejercicio. Como la casa es grande, es perfecta para invitar y a sus amigos los sorprende con típicas comidas chilenas. Es fanático de la marraqueta y la hallulla, también del locro falso y del tomaticán, afición que le vine de la casa de su abuela. Y cuando le queda tiempo se dedica a ordenar, “el decorador Juan Pablo Molyneux dijo alguna vez que el primer requisito para que una casa sea buena es que esté limpia. Y yo soy un poco maniático en ese sentido, me gusta que se vea impecable siempre”.


 

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