Puertas adentro
POR MAGDALENA BOCK // PRODUCCION IGNACIO PEREZ - COTAPOS // FOTOS VICENTE GARCIA MEKIS
Detrás de un artista siempre tiene que haber un buen empresario. Francisco de la Lastra es ese hombre. Es socio del diseñador Enrique Concha hace más de veinte años, y juntos le han subido el nivel al mundo de la decoración y la arquitectura interior de nuestro país. Su casa es una extensión de su trabajo y de su propia personalidad.
Dicen que uno nunca conoce a una persona hasta que ve el lugar donde vive. Es verdad eso de que las paredes hablan, a veces gritan, pero este no es el caso. Francisco de la Lastra, socio de Enrique Concha y Diseñadores Asociados, es quitado de bulla y su casa también. Aquí todo habla de un hombre tradicional, tranquilo, familiar (tiene cinco hijos de entre 3 y 13 años), que sabe de muebles y de antigüedades, que trabaja en decoración, pero que no sigue modas de ningún tipo. Es bien bajo perfil, como se dice ahora, no va a eventos sociales, ni siquiera a los que tienen que ver con su trabajo, no le entretienen; lleva veinte años en la misma oficina, él se encarga de los números, pero igual recorre el mundo, viaja hasta unas cinco veces al año, junto a Enrique Concha, escogiendo cosas para la tienda y sus clientes, pero así y todo su nombre suena poco. A él no le puede importar menos.
Es una de las pocas personas que hemos llamado para ir a conocer su casa y que ha dicho, “pasen no más, cuando quieran, ni avisen”. Y cuando la fotografiamos ni preguntó cuándo iba a salir publicada. Su sencillez no puede ser más auténtica.
¿Cómo llegó este hombre entonces a trabajar en decoración y a formar una de las tiendas y oficinas de arquitectura interior más conocidas del país? Estudió administración de empresas y recién salido de la universidad, cuando tenía unos 20 años, comenzó a traer alfombras turcas junto a Ignacio Larraín (hoy dueño de la galería de alfombras que lleva su nombre) más que nada para costear los viajes. Las vendía todas.
En ese tiempo, Enrique Concha ya tenía una pequeña oficina de diseño y fabricación de muebles, y estaba totalmente “sobrevendido”. Francisco era amigo de su hermano, por eso se conocían, y decidieron ir juntos a Turquía para traer alfombras, ahora en forma más seria y en mayor cantidad. Las vendieron en la tienda, se dieron cuenta que hacían una buena dupla y se asociaron. Con los años la pequeña oficina fue creciendo hasta llegar a ser la gran empresa que es hoy en día. “Esto se fue transformando en un negocio, a uno se le va afinando el gusto y, además, vas tomándole el pulso al mercado chileno, que es bien tradicional, en general les cuesta innovar y las casas son bien parecidas, aunque eso ya está cambiando. Hay mucha más información, la gente viaja, ve lo que está pasando afuera... Después de tanto tiempo con Enrique pensamos bien parecido, aunque yo soy el menos artista de todos los de este equipo, veo más la parte administrativa. En este momento la idea es poder democratizar el buen gusto, que las cosas que vendamos sean más accesibles, más razonables”.
Su mujer, Rosario Figueroa, trabaja en el showroom que tienen en Huechuraba. Muchas veces viajan juntos a las ferias y anticuarios, así que su casa es un “popurrí” de cosas, como dice Francisco, de viajes, de muebles mandados a hacer, de su propia tienda, del Parque de los Reyes o de San Telmo, en Buenos Aires, que les encanta. Nada lo han comprado para un lugar especial. Eligen porque les gusta y después ven dónde se pone.
“Me gusta mi casa, aunque de repente siento que se fue poniendo muy clásica, hay días en que me dan ganas de modernizar todo. Es divertido, porque trabajo en una oficina de proyectos de diseño y aquí hay bien poco diseño”. Pero igual no podríamos decir que aquí la cosa es "casa de herrero, cuchillo de palo": no habrá mucho diseño, pero hay harta decoración, buen gusto y calidad, algo que siempre lo ha caracterizado.
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