Sueño cumplido
POR MARIA JOSE NAZAR // FOTOS ANA MARIA LOPEZ S.
Una casa en Santo Domingo que desde siempre estuvo en la mente de sus dueños. No solo tenían una idea general, sino también cada detalle arquitectónico, el paisajismo, su decoración e incluso, el estilo de vida que ahí querían llevar.
Esta es una de esas casas que sus dueños sueñan tener por mucho tiempo. En el caso de Valentina García y Felipe Dubernet, la idea venía dando vueltas en sus cabezas desde que nació el primero de sus hijos y no fue hasta varios años después que tuvieron la oportunidad de construirla. Oportunidad que, por las cosas de la vida, se dio mientras vivían en Estados Unidos.
Por el trabajo de Felipe, la familia partió con camas y petacas a vivir por tres años y medio a Cresskill, un pueblo en New Jersey a sólo 15 minutos de Manhattan. “Era la vida soñada”, cuenta Valentina. Un lugar tranquilo, lindo y entretenido que les permitió hacer nuevos amigos y compartir como familia. Estando ahí, Valentina descubrió un terreno en Santo Domingo –donde veraneó desde muy chica– y supo inmediatamente que ése era el lugar indicado para construir su casa en la playa.
Ejecutiva y matea como es, no perdió ni un minuto y rápidamente empezó a trazar los planos aprovechando sus conocimientos de arquitectura. La idea la tenía muy clara: quería una casa que facilitara un estilo de vida bien familiar y achoclonado. Así proyectó dos volúmenes, uno con un área común que une el living, el comedor y la cocina, todo bajo un techo de seis metros de altura. “En el fondo me inspiré interiormente en los graneros norteamericanos. Por eso tiene estas puertas correderas, que a la vez hacen de muro”. En el otro sector están los dormitorios que, según su dueña, siempre fueron pensados como “de campaña”. Que sólo se entre para dormir y así poder concentrar la actividad familiar en un solo lugar.
Para concretar todas sus ideas, contactó a Eugenio Gellona, conocido arquitecto de ese balneario, quien tuvo la misión de aportar todas las ideas estructurales y prácticas. Mientras que para supervisar cada uno de los avances, Valentina confió en su papá, a quien califica de “santo”, ya que iba todos los viernes a sacarle fotos a la obra para después mandárselas a su hija. De esta forma, ella pudo ir haciendo los comentarios y correcciones que fueran necesarias. En total, fue un año de trabajo en conjunto y que terminó justo en enero del año pasado, coincidiendo con la fecha de regreso de la familia.
Junto con ellos, llegó el container con todos los objetos de su casa de Santiago y también los de Santo Domingo. Valentina aprovechó de traer de Estados Unidos todo lo que necesitaba para este nuevo proyecto. Cuando decimos todo, es literalmente todo: desde los sofás, mesas, lámparas y géneros hasta las ollas, servilletas, platos y vasos. Pero fueron objetos que juntó con calma y que recolectó de distintas partes, porque, como ella dice, “es una casa que siempre estuvo en mi mente y desde un principio supe cómo la quería”. Pottery Barn, Ikea y Williams-Sonoma fueron algunas de las tiendas más visitadas, además de decenas de anticuarios y garage sales.
Dos días, sólo eso necesitó para dejar la casa tal cual se ve ahora. Muy práctica, eligió el blanco como base para el interior de la casa y para dar color –un tema al que no le tiene miedo–, eligió géneros listados en rojo, verde, amarillo y azulino para todos los espacios por igual. Pero nada de esto le hubiese resultado tan fácil si no fuera por su ojo de decoradora, en gran parte heredado de su mamá, Chepa Mekis, con quien además trabajó por un buen tiempo. Gracias a su estilo alegre, ecléctico y siempre elegante, Valentina se hizo un nombre por sí sola y ganó una clientela que la estaba esperando con ansias a su regreso.
El negro de la fachada contrasta con el jardín, que al verlo, cuesta creer que está hace sólo un año. Para armarlo, Valentina trabajó con el jardinero de la casa de sus papás y juntos partieron al vivero de la Polilla Vial, teniendo en mente exactamente lo que quería. Crearon un camino de hortensias de distintos colores, además de llenar el terreno de rosas mermaid, rosas iceberg, agapantos, ceanothus rastreros y crocosmias naranjas y amarillas. Pero fue gracias un fertilizante “casi mágico” que le dio su cuñado, el paisajista José Antonio Ramsay, que el jardín alcanzó las proporciones que tiene hoy.
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