Tradición de familia
POR MARIA JOSE NAZAR // PRODUCCION CAROLINA LAGOS // FOTOS ANA MARIA LOPEZ
A pesar de que está en la costa de la V Región, al ver la casa de Josefina Passalacqua es fácil trasportarse a la Provence, no sólo por su decoración, sino también por su maravilloso jardín que se proyecta sin límites.
Después de veranear durante toda su vida en la misma playa, el paso lógico de la paisajista Josefina Passalacqua era tener su propia casa y continuar esta tradición junto a su marido y sus cuatro niños. Como es natural, su primera opción era la vista al mar, una idea que pasó a segundo plano cuando hace cuatro años se encontró con este terreno con gran potencial: una cancha de golf que le aseguraba una visión y amplitud sin límites.
La casa se encontraba en mal estado, pero sin dudarlo se embarcó en la misión de hacerla prácticamente de nuevo y rescatar el jardín. Sólo mantuvo la fachada de la antigua construcción, porque de su interior no quedó casi nada, la amplió y remodeló por completo con la ayuda de su primo, el arquitecto Camilo Ariztía, y de un maestro con el que la fue levantando a pulso. Para empezar, cambió las deterioradas cerámicas de batuco por pino –menos en la entrada, cocina, terraza y baños, que están revestidos de Baldosas Córdova especialmente diseñadas por ella–, pintó los muros blancos y no los estucó para darle un aire más rústico, escogió un verde olivo para persianas y puertas, al techo le mantuvo las vigas originales y lo entabló, y transformó el comedor y un par de piezas en el living. Siete meses agotadores, según nos cuenta, en los que partía cada miércoles con las compras y dirigía los avances.
Para la decoración se inspiró en la Provence, un estilo que ya daba vueltas en su cabeza y que siempre quiso recrear en su nuevo espacio. Bajo estos parámetros, la elección de muebles y accesorios estaban bastante acotados, y además tuvo un ojo infalible para buscar en los lugares indicados. El resultado fue notable: muebles, tapices, colchas, copas, lámparas y hasta baldosas sólo en tonos verdes y morados, colores que surgieron a partir de las dos primeras compras que realizó, un jarrón y un florero.
También se preocupó de que todo fuera práctico y cómodo, como los sofás de terciopelo en los que se pueden subir los pies sin que se manchen o una mesa de centro de madera, traída de China, en la que es permitido sentarse en los bordes. “Es muy rico porque todo está lindo, perfectamente bien armado, pero es vivible y se puede usar sin aprensiones”.
Por lo mismo (y también por la exquisita comida de su querida Mari), la casa está siempre llena. “Todo el tiempo tengo algún invitado a alojar o a comer, desde los amigos de los niños, los nuestros o la familia. Es bien entretenida”.
El jardín da para un punto aparte. Josefina puso en práctica sus diez años de experiencia como paisajista para aterrazar el terreno y darle nueva vida. Lo dejó con cuatro niveles, una terraza con coloridas cerámicas, una de conchuela blanca sobre la que instaló las tumbonas, otra de pasto y un jardín inglés. En el límite de la cancha de golf plantó un macizo de arbustos bajos, como mirtos hamburgueses, pittosporum tobira, coloridos agapantos y lavandas, además de cipreses que dan altura y jacarandas puestos en lugares estratégicos para tener sombra sin tapar la vista. “En resumen”, explica, “un diseño súper geométrico, pero que se va desordenando y soltando gracias a la misma vegetación”. Todo pensado para que floreciera en enero, mes en el que literalmente se instala con toda su familia. Tal como lo había soñado.
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