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| ED Nº 189, Enero / Febrero 2011 | |
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Una vida en común
POR PABLO SIMONETTI // FOTOS MAX DONOS Pablo Simonetti nos habla de su jardín en Zapallar, en el cual se inspiró para escribir su novela La barrera del pudor. Heredé el gusto por el jardín de mi madre, Eliana Borgheresi. Ella fue paisajista e incluso publicó, en compañía de Raúl Silva, libros de jardinería básica, algunos de los cuales se usan hasta hoy en cursos introductorios. Como acostumbra a ocurrir, no me di cuenta de mi cercanía con las plantas hasta que tuve mi propio jardín. Entonces fui a revisar la extensa biblioteca de mi madre para aprender a convivir con ellas. Porque así lo siento, tener un jardín es llevar una vida en común con otros seres que en cierta medida dependen de uno. El diseño estuvo a cargo de mi gran amigo Taibi Addi. La tarea era que el jardín se afiatara con el paisaje del entorno, que le diera integridad a dos laderas de cerro cruzadas por una quebrada –respetando los árboles nativos existentes–, que tuviera zonas de estar, de circulación y de bosque, que no solo respondiera bien a la mirada aérea que se tiene desde la casa y la terraza, sino también a la experiencia de un paseo moroso por sus senderos. Entre los logros de Taibi Addi están los puentes que cruzan la quebrada como hilvanes, negros al igual que la casa; el dibujo de los senderos, con segmentos asoleados y otros umbríos al internarse en el bosque nativo; la bien matizada mezcla de tonos y colores; la zona del horno de barro; el claro que se abre al norte en medio de los árboles más altos del jardín; las pequeñas plazas que se forman en las encrucijadas de los caminos, en especial la plaza de la piedra que sirve de mirador; la replicación a distintas escalas de las formas predominantes en los cerros de Zapallar. El mejor pasatiempo que he podido encontrar –y que se complementa tan bien con mis horas de trabajo literario– ha sido hacerme cargo de la mantención de este jardín, que no habría sido posible sin la ayuda de Augusto Soto, jardinero experto a estas alturas en plantación, transplante, poda, almácigos, fertilización, compostaje, control de plagas, desmalezamiento selectivo, construcción de muros y caminos. Para poder llevar adelante este jardín con propiedad, ambos hemos tenido que aprender las necesidades de cada especie, sus ciclos vitales, entender cómo prosperan en el clima costero, sacar lecciones de la experiencia de ya nueve años de cuidado. Este jardín no es el típico jardín de ciudad, no se puede manejar de espaldas al clima ni a las condiciones topográficas. Es un jardín de clima mediterráneo, su esplendor lo alcanza a fines de invierno, a causa de las lluvias, y la caída de las hojas y el período recesivo toma lugar en verano. También hemos tenido que lidiar con la pendiente y su constante pérdida de tierra vegetal. A nuestro favor, hemos contado con las bendiciones de un clima benigno, sin heladas ni grandes calores, con más del cincuenta por ciento de los días nublados, muchos de ellos neblinosos, que envuelven a las plantas en un benéfico manto de humedad. A fin de cuentas, el jardín ha requerido de una dedicación tan esmerada como la que exige una novela, pero ha tenido grandes recompensas. Como la alegría de notar el crecimiento de cada año, la tranquilidad que siento mientras lo recorro, o el privilegio de sentarse a pensar en un banco bajo los árboles. |
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