Villa zapallo
POR ANDREA WAHR // FOTOS MAX DONOSO
Es el nombre de la casa de Edgardo von Schroeders en Zapallar, aunque por su arquitectura y vegetación pareciera que estamos hablando de un pueblo a orillas del Mediterráneo. La dedicación de su dueño, mucho verde y flores de colores, se mezclan con la flora y fauna del lugar.
Flores de otro tiempo, “de un Zapallar sin modas” y que él conoció de niño, ha ido eligiendo Edgardo von Schroeders para colorear su jardín. Madreselvas, jazmines, rosas, buganvillas, plumbagos e hibiscos perfuman y atraen pájaros a Villa Zapallo, como le puso a su casa, en los cerros de Zapallar.
Lo suyo son las alfombras persas antiguas, “sueños a color y añoranzas de jardines que tejían mujeres en zonas áridas”. Así Edgardo fue tejiendo el suyo, bien suelto y colorinche, en medio de una verde quebrada de bosque nativo y con el mar de fondo.
Su dueño fue el primero en venirse a este oasis de paz hace ya diez años, tiempo suficiente para que atrajera a sus amigos y conocidos, quienes fueron comprando terrenos y haciendo maravillosos parques. “Estamos todos los vecinos bastante de acuerdo en que este privilegiado entorno hay que preservarlo, hemos podido hacer reglas de silencio, nadie debiera oír la música de los otros, el sonido está a cargo de los pájaros”.
La estructura de su jardín estuvo a cargo de Taibi Addi, pero con el tiempo se convirtió en el gran pasatiempo de Edgardo, quien lo ha ido modificando con sus propias manos: “me he entretenido mucho y equivocado harto, también he aprendido”. Para todo cuenta con la inestimable ayuda del Rulo, su jardinero, juntos han plantado, arrancado y vuelto a plantar sectores completos, “por eso cada año trae una sorpresa diferente”.
El terreno es grande y los árboles nativos se internan en él desde la quebrada, dando lugar a dos bosquecillos de boldos, molles, maitenes y bellotos, a través de los cuales su dueño ha diseñado senderos con rústicas pircas de piedra y una pequeña plazoleta para sentarse bajo su oloroso follaje. También plantó un olivar que complementa el paisaje y no necesita mucha agua.
A la piscina llegan loicas, tordos, picaflores y pájaros carpinteros que chapotean en sus bordes. Le ponen poquísimo cloro para no dañarlos y hasta les dejan comida a una pareja de zorros que la reciben con astuta indiferencia. “La quebrada es de ellos, yo sólo se las cuido”.
El patio, donde transcurren los almuerzos, está lleno de maceteros con flores, mentas, melisas, hortensias, alegrías del hogar y manteles a cuadrillé que hacen de este acogedor rincón una verdadera isla griega, ese fue el encargo que recibió Noelle Echenique, la arquitecta de esta preciosa casa, cuando la llamó su amigo Edgardo. “Sólo falta aquí la vieja de negro y el burro… Los calamari fritti ya están en la mesa”.